Mudarse fue mi error. No por las cajas, ni por el colchón manchado que dejó el anterior inquilino. Fue por la ventana del edificio de enfrente. Exacta, a mi altura. Departamento 4B. Vacío, según la portera.
La primera noche noté la cortina. Blanca, vieja, corrida apenas dos dedos. Nadie detrás. Solo oscuridad. Pero sentí peso. Como cuando te miran en el colectivo y girás, pero no hay nadie.
Dejé de dormir con la luz apagada al tercer día. El insomnio me hizo mañoso: empecé a contar. Una mirada cada cuarenta minutos. Siempre desde ahí. Siempre igual.
Al quinto día compré binoculares. Error dos.
¿Y si el vacío también aprende a mirar devuelta?
Apunté. La cortina seguía corrida dos dedos. Pero ahora, en la negrura, había un brillo. No un reflejo. Un punto húmedo, con un ojo que no parpadea. No me moví en una hora. Él tampoco. Desde entonces, cronometro mis pestañeos.
Tengo miedo de perderlo. Más miedo me da que él no me pierda a mí...