A la mañana, mi ventana amaneció escrita. Vaho. Tres palabras TE VEO. Adentro. Yo duermo solo. Las cerraduras estaban puestas.
Limpié el vidrio con lavandina hasta que me ardieron los dedos. Esa noche no miré hacia el 4B. Miré mi reflejo. Tenía ojeras nuevas, de alguien que no duerme hace semanas. Detrás de mi cara, en el vidrio. Apareció otra. No en el 4B. En mi cuarto. Desdibujada, como si alguien apoyara la frente del otro lado de mi propio aire.
Corrí a la cocina por un cuchillo. Cuando volví, no había nadie. Solo las tres palabras otra vez, formándose lento con el frío: TE VEO.
¿Cuántas veces hay que ver algo para que se vuelva real?
Llamé a la portera. Me dijo que el 4B lleva 8 años deshabitado. Que la última inquilina se fue después de jurar que las paredes la miraban. Me reí, nerviosa. La portera no. Dijo que la mujer dejó todo, hasta la ropa. Y que una vez por mes, alguien paga el alquiler desde una cuenta sin nombre. Colgué. El 4B tenía la luz prendida.