Las peripecias de Ximena

Capítulo 14.

Al siguiente día, al despertar, Ximena le mandó un mensaje de buenos días a Erick. No recibió una respuesta rápida, así que supuso que el chico seguía dormido. Se levantó y fue hasta la sala, donde su madre estaba haciendo las cuentas de los gastos que tenían.

—Buenos días, mamá.

—Buenos días.

—¿Papá ya se fue a trabajar? —Sabía que la respuesta era afirmativa pero aún así preguntó.

—Sí, desde hace unas horas —respondió sin dejar de ver la calculadora.

—Mmm… —Desde que entró de sus vacaciones, lo veía muy estresado, hecho que le preocupaba.

—Ve a desayunar para que me ayudes a poner la ropa en la lavadora.

—Está bien.

Algunos de sus compañeros del bachillerato tenían gente que les apoyara con el quehacer, incluso los Quintana tenían más de un empleado doméstico, pero ellos no tenían ese tipo de ayuda. A pesar de que en un inicio de su matrimonio, Mateo contrató a alguien para que los auxiliara con esas actividades, ya no contaban con la posibilidad de seguir costeando eso, tenían muchas deudas, así que los tres se encargaban de sacar adelante su hogar, ¡eran un gran equipo!

Después de colocar la ropa en la lavadora y poner las cantidades exactas de detergente, Ximena subió a su habitación. Se puso los auriculares y empezó a escuchar música. Después de tres canciones, le llegó una notificación.

Erick Q: Buenos días.

Yo: ¿Cómo amaneciste? :)

Se extrañó al no recibir una contestación inmediata, últimamente él le contestaba muy rápido. Se preocupó un poco pero quitó los pensamientos negativos de su cabeza. «A lo mejor se volvió a dormir». Después de quince minutos, recibió una respuesta.

Erick Q: No muy bien.

Yo: ¿Qué tienes? :(

Erick Q: Me duele muchísimo la cabeza.

Yo: Oh :(

Erick Q: Siento que mi cabeza estalla. No voy a poder responderte, cariño. Hablamos después, te quiero.

Ximena releyó el mensaje unas cinco veces. Una parte de ella estaba feliz por la forma en que se refería a ella, pero la otra estaba preocupada por el chico. Sin pensar más, se vistió con rapidez y salió de su habitación. Su mamá estaba en la suya, usando su computadora portátil para llevar el inventario de sus productos en una hoja de cálculo.

—Mamá —se asomó—, voy a ver a Erick.

—¿Hoy también? —Alzó una ceja sin dejar de ver su laptop.

—Sí.

—¿Vendrá por ti?

—No, se siente mal, por eso iré a verlo.

—Oh. —Volteó hacia su hija y sonrió un poco. Desde pequeña era así, si Mateo, ella, Víctor o las gemelas enfermaban, Ximena siempre trataba de cuidar de ellos —. Ten cuidado, ¡y llega temprano!

—Sí.

Tomó un taxi que la llevó hasta la mansión de los Quintana. El portero, que ya la había visto con anterioridad, la dejó pasar. Una vez dentro, aunque ya conocía el camino hacia la habitación del chico, una joven la dirigió hasta allí.

—No ha salido de su habitación en todo el día —explicó—, creo que no se siente bien.

Ximena asintió con la cabeza y tocó la puerta muy despacio, por si él estaba durmiendo. No recibió una contestación, así que abrió con mucho cuidado y vio al chico acostado.

Erick, que solo reposaba pero no podía dormir por el dolor, abrió los ojos, entrecerrándolos para que la luz del exterior no lo lastimara. «De seguro no vio el último mensaje que le mandé» pensó.

—Ximena, me siento mal, no voy a poder pasar el rato contigo —comentó en voz baja—. Me parece que Eva está en su habitación cuidando a Emilia, si quieres ve con ellas para que no hayas venido en vano.

—¿Me podrías traer un envase con agua fría? —Preguntó a la joven, que todavía no se iba—. Y un trapo o algodón… Si puedes conseguir aceite de lavanda te lo agradecería muchísimo.

—Claro.

—¿Todavía te duele mucho? Caminó hacia él.

—Sí, no sé ni por qué. —Se sentó en la cama—. Me siento terrible. —Su estómago estaba revuelto, le dolían las sienes, la frente y los ojos.

—¿Ya tomaste algún analgésico?

—Ya, pero no me hizo efecto.

—Recuéstate y cierra tus lindos ojos —pidió en voz baja. Él obedeció—. Voy a cuidar de ti —le susurró, acercando una silla de escritorio para sentarse junto a él.

—¿Eh?

—Shh… —Comenzó a masajear su frente con delicadeza, usando sus dedos pulgares. Pronto llegó la chica con los utensilios que le pidió, dejándolos en el buró, se excusó y salió de la habitación. Ximena abrió el frasco de aceite de lavanda y lo colocó en la mano del chico—. Aspira un poco, te ayudará.

Erick, aun con los ojos cerrados, hizo lo que la chica le dijo. Le quitó el frasco y siguió con el masaje. De vez en cuando le ponía tantita agua fría en la frente.

—Gracias —susurró él luego de unos minutos. Nadie, aparte de su madre, lo había cuidado de esa manera. Antonia lo hacía cuando era pequeño, pero ya tenía mucho tiempo que no pasaba eso por dos motivos, el primero era que, después de los diez años, casi nunca enfermaba y el segundo porque pasaba muchas horas en el trabajo, incluso ese mismo día no pudo atenderlo, simplemente le deseó que se recuperara y les ordenó a sus empleadas que cuidaran de él, pero claro, Erick no era tan confiado como para dejar que entraran a su habitación.




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