El viernes desde temprano comenzaron a preparar todo para la cena de esa noche. A pesar de que no eran muchos los invitados, Eva quería que todo saliera perfecto.
—Esta vez no haremos la ridiculez de vestirnos de los mismos colores. —Erick advirtió a su hermana.
—¿Por qué no? —Se cruzó de brazos.
—Porque no.
—Ay, vamos, es divertido. —Parpadeó repetidas veces.
—Ni hablar —dijo como punto final.
—Agh, qué aburrido eres…
Ambos chicos estaban en la sala de estar. En ese momento sus padres, junto con Emilia, se dirigieron hacia ellos.
—¡Aquí están mis bebés! —Exclamó Antonia yendo a abrazarlos. Ambos se levantaron de los asientos para corresponder el gesto—. ¡Ya diecinueve años! ¡Mis niños ya están viejos!
—Ya, mamá, no es necesario que lo recuerdes —rio Eva.
Ernesto, que llevaba a Emilia en brazos, la dejó en el sillón y también los abrazó.
—Mi princesa. —Se inclinó para besar la frente de Eva. La chica soltó una risita—. Te adoro.
—¡Y yo a ti!
—A ti también, Erick. —Lo miró.
—Gracias, papá, es mutuo. —Metió las manos en los bolsillos de su pantalón.
—¿Van a trabajar? —Preguntó Eva a sus padres.
—Iré un rato, pero primero quiero pasar un rato con mis bebés —comentó Antonia.
—Lo mismo —murmuró Ernesto.
—¡Genial!
Después de desayunar, como todavía tenían tiempo, Eva propuso jugar Damas Chinas.
—Solo un rato —dijo Ernesto. Los demás estuvieron de acuerdo.
Eva fue a su habitación por el juego y bajó a la sala con rapidez. Acomodaron el tablero en la mesa de centro y la acercaron a los sillones. En medio de la segunda partida, Ernesto miró su reloj de mano.
—Tengo que irme, los veo en unas horas.
—Claro —dijo Antonia.
Ernesto le dio un pequeño beso a su esposa, de nuevo abrazó a los mellizos, le hizo un gesto cariñoso a Emilia y se fue de ahí.
—Yo también debo irme. —Antonia se levantó y cargó a su bebé.
—¿Vas a llevarte a Emilia? ¿No quieres que la cuidemos? —Preguntó Eva.
—No, estaré un ratito, la puedo llevar —sonrió—. Los veo en un rato.
Después de despedirse de su madre, Erick se levantó del sillón.
—Ey, no te vayas —se quejó—, hay que terminar esta partida.
—Pero ya se fueron.
—¿Y qué? Podemos jugar nosotros. —Lo miró con atención. Erick la enfocó, recordando cuando eran pequeños y solo bastaba que estuvieran los dos juntos para tener diversión.
—Está bien. —Volvió a sentarse—. Si quieres después jugamos una partida de ajedrez para que te haga papilla.
—¡Ah! —Exclamó—. Ya quisieras, soy mejor que tú en ese juego.
—No lo creo.
—Ya veremos. —Entrecerró los ojos con diversión.
Después de terminar con las damas, Eva fue por el ajedrez. La chica ganó la primera partida, para disgusto de su hermano. En la segunda, una mujer de mediana edad los interrumpió.
—Erick, te buscan.
El chico alzó la mirada y se sorprendió de ver a Amanda. Unos días antes, ella afirmó que lo vería hasta la cena.
—¡Tengo que hablar contigo! —Exclamó con desesperación.
—¿Puedes esperar a que le gane a Eva en esta partida?
—¡No! —Los mellizos la miraron con atención.
—¿No? —Repitió con asombro—. Bien, tú ganas —se dirigió a su hermana, que hizo una reverencia—. No seas payasa.
—Ya cálmate, perdedor —rio.
—Agh… —Se levantó del sillón, dirigiéndose a Amanda—. Vamos a mi habitación.
—Claro… Por cierto, de una vez les doy sus regalos. ¡Felicidades, Eva! —Se acercó para darle un abrazo que correspondió en seguida—. Toma, espero que te guste.
—¡Gracias! —Exclamó.
—Toma, Erick. —Le dio su regalo.
—¿Y mi abrazo? —Colocó los brazos en jarra.
—Ahorita te lo doy, vamos —dijo con desesperación.
Una vez que estuvieron en su habitación, Amanda le contó a Erick toda la situación que vivió el día anterior.
—¿Qué opinas?
—Mmm… —Se quedó pensativo. Colocó sus codos en sus rodillas—. ¿Qué sentiste cuando te besó?
—No lo sé, todo sucedió muy rápido.
—Le correspondiste.
—Sí —comentó apenada.
—No la alejaste en seguida.
—No. —Hizo un puchero.
—¿Aún sientes algo por ella?
—Em, no, quiero decir… Me sentí mal por ella y por lo que está pasando.
—Ummm. ¿La agregaste a tus contactos?