Ximena estaba en casa de su tío Mario. Le encantaba ir allí cuando era una niña para jugar con Victoria, su prima más cercana, tenían la misma edad y muchas cosas en común.
—¿Cómo está mi tío Mateo? —Fue lo primero que preguntó Victoria al verlos llegar.
—Está en observación —respondió su madre.
—Oh… ¡Lo siento tanto, Ximena! —Corrió hacia ella y la abrazó. La chica correspondió el gesto.
—Estará bien —murmuró Mario—. Mi hermano estará bien…
Quisieron que Ximena comiera algo pero no tenía apetito, así que su tía le preparó la habitación de huéspedes para que fuera a dormir. Victoria insistió para que se quedara en su cuarto pero no quiso, deseaba estar sola.
Se dio una ducha rápida y entró a la habitación. Allí, se sentó en la cama y miró su maleta con fijeza. Se desvistió con lentitud y se puso un camisón color rosa con estrellas blancas, apagó la luz y se acostó para tratar de dormir. Después de un rato de insomnio, se sentó en la cama y rezó por su padre.
«Ojalá me hubiera dado cuenta antes que tenía problemas del corazón, que el estrés lo estaba afectando…» se lamentó. Miró la hora en su celular, eran las diez en punto. Volvió a acostarse y dio vueltas en la cama, hasta que no aguantó, las lágrimas se hicieron presentes y comenzó a sollozar.
***
Erick leía uno de los libros que le regaló Ximena, cuando sonó su celular. Contestó sin ver quién llamaba, por la hora, imaginó que Amanda tenía algo que contarle.
—¿Sí?
—E-Erick. —Escuchó los sollozos y se preocupó.
—¿Ximena? ¿Qué sucede, cariño? —La chica se soltó en llanto—. ¿Quieres que vaya donde tú estás?
—¡S-sí, p-por favor!
—Mándame tu ubicación, llego en unos minutos.
—Cla-claro…
Erick se vistió rápido con un pants y una camisa deportiva y salió de su habitación. Estaba oscuro, señal de que todos estaban a punto de dormir. Aprovechó para salir sin que nadie se diera cuenta y subió a su auto. Cuando el portero le abrió la reja, bajó la ventanilla.
—No le digas a nadie que me fui a menos que pregunten.
—Está bien.
Condujo con velocidad hasta la dirección que Ximena le mandó minutos atrás. Cuando entró a la colonia, notó que las casas no eran tan grandes como las del fraccionamiento de la chica, incluso algunas estaban un poco descuidadas.
Al llegar a la casa correcta, vio a Ximena sentada en los escalones de la entrada; tenía escondido el rostro entre sus rodillas. Estacionó el auto y bajó para ir hacia ella.
—¿Qué pasa, cariño? —Preguntó, agachándose. Al escuchar su voz, Ximena alzó el rostro y se echó a sus brazos—. Tranquila —acarició su espalda—, estará bien.
Después de unos minutos de consuelo, Ximena comenzó a hipar.
—Lo-lo siento, Erick, sé que no te gusta que llore pero…
—¡No te disculpes! —Exclamó—. Quiero consolarte, quiero ser tu soporte.
Ximena le sonrió un poco y siguió hipando. Decidieron charlar un poco pero el molesto hipo no se le quitaba, así que entraron a la casa y fueron hasta la cocina, donde se sirvió un vaso de agua.
—¿No quieres? —Le preguntó pero Erick negó con la cabeza. Una vez que terminó, se dirigieron a la puerta.
—Supongo que tengo que irme —suspiró—. Cualquier cosa, no dudes en llamarme.
—Emmm, ¿no podrías…? —Se quedó callada.
—¿Sí? —La instó a continuar.
—¿Te gustaría quedarte conmigo? —Se ruborizó, aunque gracias a la oscuridad no se notó. El chico se quedó boquiabierto—. No quiero estar sola. —Aceptó en un susurro. Se arrepentía de no haber aceptado quedarse con Victoria, necesitaba un abrazo y mucho consuelo.
—¿Qué pensará tu familia?
Ximena se encogió de hombros, no quería pensar en consecuencias banales, suficiente tensión tenía con el asunto de su padre.
—Está bien —aceptó—. Me quedo.
La castaña se dirigió a la puerta para cerrarla con llave, en seguida caminó hacia Erick, tomó su mano y lo dirigió a la habitación. Agradeció que los cuartos de sus tíos y su prima estuvieran en el segundo piso y el de invitados en el primero.
Ximena se acostó en la cama y Erick la imitó.
—Lamento no tener algún pijama para prestarte.
—Usualmente duermo en ropa interior, pero no me quejo de esto, es cómodo.
Ximena soltó una risita.
—Si quieres puedes quedarte en calzoncillos.
—Tentador, pero no quiero incomodarte.
—No me incomodarías.
—Ummm… Así estamos bien. —La abrazó y ella se acurrucó junto a él.
—Erick, tengo miedo.
—Es normal, pero ya verás que todo saldrá bien.
—En el hospital no me dejaron verlo más que unos míseros minutos —se quejó—. Casi en seguida nos fuimos.