Ximena se sentía desesperada y muy nerviosa. Estar a la expectativa no era algo que le agradara. Su madre la llevó hasta la mansión de los Quintana. El portero ya no se acordaba de la chica, así que cuando se presentó como amiga de Eva, preguntó su nombre.
—Ximena Grijalva —respondió.
—Permítanme… —Se metió a la caseta. Minutos después, salió y abrió la reja—. Pueden pasar —sonrió.
Rita entró con el auto y, una vez que se colocó frente a la enorme puerta, Ximena bajó del mismo.
—¡Éxito en todo!
—¡Gracias, mamá!
—Me hablas cuando quieras que venga por ti.
—Sí.
La chica se dirigió hasta la puerta y tocó el timbre. Sus nervios aumentaban cada vez más, incluso sintió el estómago revuelto. Segundos después, una chica abrió la puerta y le permitió entrar. Caminó unos pasos y vio a Ernesto, Antonia y Emilia. La bebé estaba dentro de una andadera, dando algunos pasitos por el lugar; se veía hermosa y saludable.
La primera en notar su presencia fue la señora Huerta, que al mirarla le sonrió con ternura.
—¡Ximena, tanto tiempo sin verte! —Fue hasta ella y le dio un gran abrazo, gesto que en seguida correspondió—. ¿Cómo estás, querida? —Se separó de ella.
—Bien —respondió sonriente. Temía que su presencia no fuera bien recibida pero al parecer era todo lo contrario—. ¿Y ustedes?
—Muy bien. Lo último que supe de ti fue que te mudaste.
—Sí, mamá y yo nos fuimos con una tía pero ya regresamos.
—Me alegro, sé que pasaste por mucho. —La miró comprensiva—. Y cualquier cosa que necesiten tú y tu madre pueden decirnos, con confianza.
—Gracias, en verdad.
—De seguro quieres ver a mis hijos. Están en sus habitaciones, ya sabes cuál es el camino.
—Gracias… Por cierto, buen día, señor Quintana. —Se dirigió a Ernesto, que le hizo un gesto de saludo con la mano—. Con su permiso, voy a ver a Eva y a Erick.
—Pasa, estás en tu casa.
Ximena subió las escaleras con lentitud. Caminó hacia la habitación de Eva, pues quería charlar con ella acerca de unos temas, pero se la encontró en el pasillo con su celular en mano.
—Ajá, Vane… No, no… ¡Hola! —Exclamó al ver a Ximena.
—Hola, Eva.
—¡¿Cómo estás…?! —Fue hacia ella y la abrazó—. No, Vane, no te digo a ti, le digo a Ximena, ¿la recuerdas…? Sí, permíteme… —Miró a la castaña con atención y alejó su celular de su rostro—. ¡Tanto tiempo sin saber de ti! Cuando el portero me dijo tu nombre me emocioné.
—Lo siento, yo… Pasé por algunas cosas.
—Me imagino… ¿Sabes qué? Estoy en una llamada con Vanesa, pero ahorita nos ponemos al corriente… —Se acercó el aparato y su amiga le dijo que le marcaba después—. No, Vane, termina, ahorita hablo con Ximena… Y tú —se dirigió a la castaña—. Ni se te ocurra irte sin hablar conmigo.
—No lo haré. —Negó con la cabeza.
—Más te vale. Mientras aprovecha para ver a mi hermano. —Le guiñó el ojo.
Ximena quería preguntarle si sabía si él salía con alguien pero Eva se alejó y bajó las escaleras con rapidez. «Bien, tendré que averiguarlo sin ayuda» pensó dando un gran suspiro.
***
Ximena tocó la puerta de la habitación de Erick. Recordó que la última vez que estuvo ahí, tuvo un encuentro apasionado con el chico, estaba segura de que, de no haber sido por la interrupción de Antonia, se habría entregado a él sin dudarlo, lo amaba y le hacía sentir cosas que nunca antes había sentido.
—¿Qué? —Escuchó la voz gruesa y varonil del chico.
Contuvo el aliento. Quiso hablar pero las palabras no salieron de su boca, así que volvió a tocar.
—¿Qué quieren…? Si eres tú, mamá, ya te dije que no esta… —Abrió la puerta y se interrumpió a sí mismo al ver a la chica frente a él—. Tú…
—Sí, soy yo —sonrió un poco. Al ver que la expresión seria del chico no cambiaba, se maldijo en su interior. Esperaba una reacción diferente a la apatía.
—¿Qué haces aquí?
La chica desvió la mirada y tragó grueso, ¿por qué no la estrechaba entre sus brazos?
—Vine a verte.
—¿Ah, sí? —Preguntó con tono indiferente.
—Sí. —Rechinó los dientes. Estaba comenzando a molestarse. Sin embargo, comprendió su reacción, así que suspiró y trató de mantener la calma.
—¿Para qué?
—¿Por qué eres tan frío? —Se cruzó de brazos, mirándolo de arriba abajo. Él imitó su acción.
—Mira quién lo dice —masculló.
Ximena frunció el entrecejo. Recordó los viejos tiempos, cuando él se mostraba odioso e insensible y a ella le parecía insoportable.
—¿Cuál es tu problema?
Erick salió de la habitación y cerró la puerta tras sí.
—Mi problema, Ximena, es que me dejaste de hablar así sin más. Dejaste de responder mis mensajes, cambiaste tu número, no me agregaste —reclamó—. ¡Me hiciste a un lado!