La clase de matemáticas financiera había concluido, antes de que los alumnos salieran del aula, el profesor les dio las calificaciones que sacaron en el segundo parcial. Erick obtuvo un nueve, estaba satisfecho con su resultado. Recogió sus cosas y salió del salón junto con otros tres chicos. Al principio le costó hacer amistades, ya que era muy serio y se mostraba desinteresado con todos, pero ese semestre decidió ser más abierto con ellos para que le tuvieran confianza, cosa que estaba funcionando.
—Agh, saqué seis con Don aburrido —refunfuñó un chico llamado Ronaldo, diciendo el apodo que le puso al maestro a inicios de semestre. Era un chico de estatura media, rollizo y con algunas pecas por su rostro; a Erick le agradaba bastante, le parecía muy divertido, pues siempre se la pasaba diciendo chistes—. No es mi culpa que sus clases me duerman.
—Deberías echarle más ganas —aconsejó Romina, la estudiosa del grupo. Era una chica bajita, de cabello rojizo y un poco enmarañado. Una mañana le comentó a Erick que ella y su cepillo no se llevaban bien; él asintió con la cabeza, no le negaría lo obvio.
—Yo saqué siete pero me supo a diez —murmuró otro chico, cuyo nombre era Leandro. Era un joven de apariencia descuidada, vestía con ropa holgada y deshilachada, sus pantalones siempre los llevaba debajo de la cadera, mostrando parte de su ropa interior, para disgusto de sus profesores y de Romina. A pesar de las constantes quejas, él seguía usándolos de esa manera—. ¿A ti cómo te fue, Erick?
—Bien —murmuró.
—¿También sacaste un siete que te supo a diez?
Erick soltó una risita; esos chicos, si bien eran muy diferentes a él —y entre sí— le agradaban bastante. Empezaba a considerarlos sus amigos.
—No.
—¿Cuánto sacaste?
—Nueve —murmuró.
Ronaldo y Leandro pusieron una expresión de asombro.
—Ey, eres un chico listo… Cuídate, Romina, que te va a ganar —se burló Leandro.
Romina le sacó la lengua.
—No somos competencia, ustedes también deberían sacar buenas calificaciones… Además yo saqué diez —agregó a la defensiva.
Los tres chicos rieron al escuchar eso.
—Ojo, pero no es competencia —se burló Leandro, acariciando con brusquedad el cabello de la muchacha.
—¡Déjame! —Chilló ella.
Erick sonrió al verlos, tenía la impresión de que terminarían siendo pareja. Dieron la vuelta para rodear el salón y el pelinegro sonrió al ver una cabellera larga y ondulada que le era muy familiar. Ximena, que estaba recargada en el barandal, volteó hacia él y le mostró una gran sonrisa.
—Ey, Erick, ya llegó tu novia —comentó Ronaldo como si el chico no lo hubiera notado. No la conocían porque el pelinegro no había tenido oportunidad de presentarla, pero sí la habían visto una que otra ocasión esperando por él.
Erick apresuró el paso para llegar junto a ella y la abrazó.
—Hola. —Enterró su nariz en su cuello.
—Hola. —Lo rodeó con sus brazos.
Los viernes Ximena salía más temprano de la universidad, así que acordaron que, cuando tuvieran tiempo y no anduvieran ajetreados con tareas y proyectos, ella fuera hasta la facultad de él a esperarlo un rato, para después salir a comer o a pasear por ahí.
Los compañeros del chico se colocaron delante de ellos. Erick se separó de la castaña y la presentó.
—Ey, chicos, ella es Ximena, mi novia. —Entrelazaron sus manos.
—Mucho gusto —respondió Romina por los tres.
—Y ellos son Romina, Leandro y Ronaldo.
—Un placer —sonrió con amabilidad. Muchas cosas habían cambiado desde que salió del bachillerato, incluida ella misma. Anteriormente, ese tipo de chicos le habrían parecido desgarbados, sin chiste, y no habría tenido el mínimo interés en hablar con ellos, pero ya no era así, se decidió a no juzgar a las personas por su apariencia, sería más cordial con todos, no sólo con quien le diera la gana como en la preparatoria, cuando solo era agradable con las porristas y los jugadores de basquetbol.
—Bueno, Erick, planeamos ir al centro comercial, tal vez compre unas figuras coleccionables que acaban de llegar —comentó Ronaldo. Él era aficionado de esas cosas—, y después vamos a comer por ahí. Íbamos a invitarte pero supongo que prefieres salir con tu novia.
Erick volteó hacia ella con duda.
—¿No quieres ir? —Le susurró.
—Claro, sería genial —comentó—. ¿Puedo ir yo también? —Le preguntó a Ronaldo.
—¿Te gustaría ir? —Abrió los ojos con asombro. No imaginaba que a una chica como ella le gustara ver esas cosas y salir con jóvenes como ellos.
—¡Sí! —Exclamó, dando unos pequeños aplausos.
—Pues vamos —dijo Erick—. ¿Ya nadie tiene otra clase?
—Yo sí pero me la voy a saltar —murmuró Leandro.
—¡Leandro, no hagas eso! —Se quejó Romina.
—Relájate, Romi…
—¡Relájate, Romi! —Lo imitó con tono molesto—. Ya verás cuando te vayas a extraordinario. —Se cruzó de brazos.