Las Piedras Del Olvido

La línea prohibida

La mano le temblaba, pero no soltó la piedra. La luz azul seguía latiendo, débil pero constante, como si tuviera su propio pulso. A su alrededor, la niebla parecía haberse espesado aún más, cerrando el camino de regreso al pueblo.
—¿Lara? —susurró, esperando escuchar de nuevo la voz. Pero el bosque volvió a quedar en silencio.
Dio un paso hacia los árboles. Luego otro.
En Piedra Negra todos crecían escuchando la misma advertencia: Nunca cruces la línea de los últimos pinos. El bosque se come a los que se atreven. Nadie hablaba de lo que pasaba después. Nadie lo sabía. Solo sabían que quienes iban, nunca volvían.
Elena se detuvo justo donde terminaba la hierba corta del pueblo y empezaba la tierra oscura y las raíces retorcidas. Aquí estaba la línea. Invisible para los ojos, pero todos la sentían. Un escalofrío que no era solo frío. Una presión en el pecho, como si el aire mismo pesara más.
Miró hacia atrás. Las luces del pueblo se veían borrosas, lejanas, como si estuvieran a kilómetros de distancia cuando apenas había caminado unos minutos.
—Si doy un paso más… no hay vuelta atrás —murmuró.
La piedra en su mano brilló con más fuerza, como respondiendo a sus palabras. Y de nuevo, el susurro de Lara, más cerca esta vez:
Por favor, Elena. No me dejes aquí.”
Cerró los ojos, apretó los dientes y cruzó.
En el instante en que su pie tocó el suelo del bosque, todo cambió. El sonido del viento entre las ramas se detuvo. El frío se volvió diferente: no era el frío de la noche, sino algo antiguo, quieto, que parecía haber estado esperando durante siglos. La niebla se disipó de golpe, como si una cortina se hubiera corrido… y vio el camino por primera vez.
Los árboles no eran iguales. Eran más altos, sus troncos tenían grabados que parecían moverse si los miraba mucho tiempo. Y entre ellos, un sendero de piedras azules que brillaban débilmente, marcando el camino hacia lo profundo.
—Esto no es posible —susurró. Pero la piedra en su mano le decía que sí. Que todo lo que le habían contado de niña era solo la mitad de la verdad.
Avanzó siguiendo el rastro de luz. Cada paso la alejaba más de su mundo, y la acercaba más a algo que nadie del pueblo había visto jamás. No sabía qué encontraría al final. No sabía si podría traer a Lara de vuelta. Pero una cosa era segura:
El bosque no era un lugar para perderse. Era un lugar para ser llamado.
Y ella ya había respondido.




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