Las Piedras Del Olvido

El guardián del sendero

Cada paso que daba, el bosque se sentía más vivo. Los árboles parecían observarla, sus ramas se movían sin viento, como si señalaran el camino que debía seguir. Las piedras azules bajo sus pies brillaban al contacto, apagándose apenas ella las dejaba atrás, dejando un rastro de luz que se desvanecía en la oscuridad.
Llevaba caminando lo que parecía una eternidad, cuando de pronto se detuvo. Algo se movió entre las sombras.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz firme, apretando la piedra contra su pecho.
Una figura alta y delgada emergió de entre los árboles. No era un monstruo, ni un espíritu. Era un hombre, vestido con ropas gastadas de tonos grises y verdes, tan parecidas al bosque que parecía parte de él. Su rostro era joven, pero sus ojos… sus ojos eran viejos, como si hubiera visto pasar siglos.
—Nadie cruza la línea sin que el bosque lo llame —dijo él. Su voz sonó como hojas secas arrastradas por el viento—. Y nadie lleva una piedra de regreso. ¿Sabes lo que haces, niña?
—Busco a mi hermana —respondió Elena sin retroceder—. Su nombre está aquí. Ella me llamó.
El hombre miró la piedra que ella sostenía, y su expresión se volvió sombría.
—Las piedras no son mensajes. Son cadenas —dijo él, dando un paso hacia ella—. Te está llamando, sí. Pero no para que la salves. Para que te quedes con ella.
Elena sintió un escalofrío, pero no soltó la piedra.
—¿Quién eres tú?
—Me llamo Damián —respondió él, bajando la mirada—. Hace mucho tiempo, yo también crucé la línea por alguien que amaba. Como tú. Y aquí sigo. Esperando.
—¿Es que no se puede volver? —preguntó Elena, sintiendo que el miedo empezaba a ganarle.
Damián negó con la cabeza.
—El bosque no deja ir a nadie fácilmente. Aquí el tiempo no pasa igual. Los que se quedan… no envejecen, pero tampoco son libres. Tu hermana está viva, eso es cierto. Pero cada hora que pases aquí, será más difícil que ambas regresen.
Se acercó más, y sus ojos se encontraron con los de ella.
—Si quieres seguir, lo harás. No puedo detenerte. Pero te advierto: cuanto más te adentres, más olvidarás de dónde vienes. Y cuando olvides tu nombre… la piedra dejará de brillar. Y entonces serás una más de nosotras, esperando que alguien venga por ti.
Elena miró la piedra, que seguía latiendo con luz azul. Pensó en Lara, sola, asustada, esperándola. Alzó la vista hacia Damián.
—No olvidaré —dijo con voz segura—. Mi nombre es Elena. Mi hermana es Lara. Y voy a llevármela de aquí.
Damián la miró un largo momento, y por primera vez, una sombra de esperanza cruzó su rostro.
—Entonces ve —dijo, señalando el sendero que se abría tras él—. Pero ten cuidado. No todo lo que brilla es luz. Y no todas las voces dicen la verdad.
Elena asintió y siguió caminando. Detrás de ella, Damián se quedó solo, mirando cómo la luz azul se perdía entre los árboles, esperando —quizás— que ella fuera la primera en romper la regla.




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