Las Piedras Del Olvido

El precio del regreso

Elena no quería irse. Quería tomar a Lara de la mano, correr hacia el sendero y no detenerse hasta volver a casa. Pero vio la determinación en los ojos de su hermana —y algo más: un miedo silencioso, como si cada segundo que pasaba, algo la arrastraba más lejos—.
—Corre —repitió Lara, con voz quebrada—. Antes de que la puerta se cierre para las dos.
Elena asintió, apretó los labios para contener el llanto y salió de la casa. La piedra en su mano ya no latía con fuerza; su luz se había vuelten tenue, como si supiera que el tiempo se acababa.
Al llegar a la plaza central, la fuente sin rostro brillaba con una intensidad cegadora. La piedra grande en su centro pulsaba con un ritmo lento y pesado, como un corazón gigante. Y alrededor, decenas de sombras se alzaban entre la niebla: personas de todas las edades, mirándola en silencio. Eran los que se habían quedado. Los que ya no podían volver.
Una de ellas se adelantó. Era Damián.
—La puerta solo permanece abierta mientras alguien recuerda de dónde viene —dijo él, su voz ya no sonaba como antes; estaba más débil, más lejana—. Ya casi no queda tiempo. Si olvidas tu nombre o el de tu hermana antes de cruzar… te quedarás aquí para siempre.
Elena apretó la piedra contra su pecho, repitiendo una y otra vez, como un rezo: “Soy Elena. Lara es mi hermana. Soy Elena. Lara es mi hermana.”
Corrió hacia el sendero. Las piedras azules bajo sus pies se encendían al pasar, pero se apagaban casi al instante, dejando tras de sí una oscuridad absoluta. El bosque parecía luchar contra ella: ramas se interponían en su camino, raíces intentaban hacerla tropezar, y entre los árboles, voces susurraban nombres que casi la hacían detenerse.
—Quédate con nosotros… —decían—. Aquí no hay dolor. Aquí no hay despedidas.
“Soy Elena. Lara es mi hermana.”
Corrió más rápido, ignorando el cansancio que le pesaba en los huesos, ignorando cómo la niebla empezaba a borrar el camino de regreso. Cuando por fin vio la línea —la frontera entre su mundo y este lugar—, la luz de la piedra en su mano estaba casi apagada.
Dio un salto, cruzando la línea sin mirar atrás.
En el instante en que su pie tocó la tierra del pueblo, todo cambió. El viento volvió a soplar entre los pinos. El frío de la noche volvió a clavarse en su piel. Y la piedra en su mano se apagó por completo, volviéndose negra, fría y sin vida.
Elena cayó de rodillas, jadeando, en el mismo lugar donde la había encontrado horas antes. Al levantar la vista, vio las luces de las casas de Piedra Negra, tenues y cálidas, a lo lejos. Estaba de vuelta.
Estaba sola.
Apretó la piedra contra su pecho y lloró. Lloró por Lara, por Damián, por todos los que se quedaron allí atrapados. Lloró por el regreso que había conseguido al precio de una despedida.
Cuando las lágrimas se secaron, miró la piedra oscura en su mano. El nombre de Lara seguía ahí, grabado para siempre. Y supo entonces que no podía quedarse callada. No podía dejar que otra familia sufriera lo mismo.
Se puso de pie, limpió la tierra de su ropa y miró hacia el bosque una última vez.
—No será en vano —susurró—. Te lo prometo, Lara.
Caminó de regreso al pueblo, no como la chica que había salido buscando a su hermana, sino como alguien que ahora cargaba con una verdad que nadie quería escuchar. Y sabía que el verdadero trabajo apenas comenzaba: convencer a un pueblo entero de que el peligro no estaba solo en el bosque… sino en ignorarlo.




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