Las Piedras Del Olvido

Los que no olvidaron

A la mañana siguiente, Elena amaneció con la luz grisácea entrando por la ventana. Lo primero que vio fue la piedra sobre la mesa: fría, oscura, sin rastro del brillo azul que la había guiado. Se levantó, la tomó y la guardó en un bolsillo interior de su chaqueta, como si fuera un corazón que debía proteger.
Al bajar a la cocina, encontró a su abuela esperándola, con una taza de té humeante sobre la mesa. No había tristeza en su rostro, sino una determinación serena que Elena no había visto antes.
—Si vas a luchar —dijo sin levantar la vista—, no lo hagas sola.
Elena se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
—Ven —le indicó, tomando su bastón y saliendo hacia el patio trasero—. Hay algo que debes saber.
Caminaron hasta un viejo roble al borde del jardín. Allí, tallado en la corteza, había media docena de nombres, cada uno rodeado por un círculo profundo. Algunos estaban borrados por el tiempo, otros aún se veían claros.
—Estos son los que se fueron —explicó la abuela, acariciando uno de los nombres—. Mi hermano. Tu tío. La madre de Damián. Nadie los nombra en voz alta. El pueblo prefiere creer que se fueron, que se perdieron… que ya no existen. Pero yo nunca dejé de buscarlos.
—¿Tú sabías? —susurró Elena—. Sabías lo del bosque.
—Sospechaba —asintió—. Pero no tuve el valor de cruzar la línea. No como tú. Y ahora, al menos, sé que no murieron. Que están ahí, esperando.
En ese momento, la puerta del jardín se abrió. Elena dio un paso atrás, lista para defender la piedra. Pero quien entró no era el alcalde, ni nadie de la multitud del día anterior. Era una chica de su misma edad, con el cabello recogido y una mirada valiente y cansada a la vez.
—Soy Mara —dijo, sin rodeos—. Mi hermano desapareció hace tres años. Vi que te paraste frente a todos ayer. Vi la piedra. Y quiero saber la verdad.
Elena dudó. ¿Podía confiar en ella? ¿Y si era una trampa? Pero entonces vio que Mara llevaba en su cuello una cadena de la que colgaba un trozo de piedra oscura, idéntica a la suya, sin grabado.
—Yo también encontré una —dijo Mara, tocando la piedra—. El día que él desapareció. Nadie me creyó. Me dijeron que era solo una piedra cualquiera. Pero yo sabía que no.
La abuela asintió suavemente.
—Las piedras llaman a quienes no olvidan —dijo—. Esa es la verdad que el pueblo teme. Mientras olvides, el bosque te deja en paz. Pero si recuerdas… si amas lo suficiente… la piedra te encuentra.
Elena sacó la suya de su chaqueta. Al ver las dos juntas, sintió algo que no había sentido desde que regresó: esperanza. No era una batalla que debía librar sola.
—Vi el pueblo al otro lado —les dijo—. Vi a Lara. No pueden volver por sí solos. Pero si logramos que el pueblo deje de mentirse… si todos recuerdan a los que perdieron… quizá podamos encontrar una forma de abrir la puerta desde aquí. O al menos de cerrarla para que nadie más caiga.
—No será fácil —advirtió Mara—. El alcalde y los ancianos llevan décadas ocultando la verdad. Temen que si hablamos, el bosque se lleve a más.
—El bosque ya se lleva a más —respondió Elena con firmeza—. Porque callamos. Porque fingimos que no existe. Eso es lo que lo alimenta.
Esa tarde, en la habitación de Elena, se unieron otros: dos chicos cuyos padres desaparecieron años atrás, una mujer que perdió a su esposo cuando eran jóvenes. Todos guardaban algo: una piedra, un recuerdo, una certeza que nadie más compartía. Eran pocos, pero eran suficientes para empezar.
—No podemos hacerlo de golpe —dijo Elena, mirando las caras de todos—. No podemos ir contra todo el pueblo en un solo día. Pero podemos recordar. Podemos hablar. Y poco a poco… la verdad se abrirá paso.
Tocó la piedra de Lara, guardada entre sus manos. Por primera vez desde que volvió, no sentía solo pesar. Sentía propósito.
—Lara y los demás nos esperan —dijo—. Y no vamos a dejarlos solos.
Esa noche, cuando Elena se quedó sola, la piedra brilló débilmente, apenas un par de segundos. Como si supiera que ya no estaba sola. Como si supiera que la esperanza había vuelto a nacer.




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