Un mes atrás… Arturo estaba en su casa anterior, en la zona exterior, el abrasador sol del verano comenzaba a anunciar su caída intensificando se energía al oeste. El padre de Arturo estaba en el piso de arriba mientras su hijo estaba en la sala revisando su celular, ambos esperaban que en unas horas la señora de la casa volviera del trabajo, pero, Arturo se vio sorprendido pues la iluminación del lugar cambió con la entrada de la mujer, tenía un semblante tan serio que heló a Arturo.
«¿Mamá? ¿Saliste temprano?... ¿Pasó algo en el trabajo?» —preguntó con un hilo de preocupación al ver a su madre tan temprano y tan mal, ella ni siquiera lo miró, solo caminó hacia la escalera junto a la puerta y subió a un paso lento, Arturo miraba la escena, incrédulo hasta que una ráfaga de viento le recordó que la puerta siquiera había sido cerrada.
Su padre, José, tuvo la misma suerte. Arturo escuchó un saludo audible, pero de inmediato pasaron a ser murmullos ininteligibles, solo los había visto actuar así hacia como un mes, cuando vieron en familia el noticiero y supieron lo del primer ataque en la base naval de Veracruz, se pusieron tensos y subieron a hablar de la misma manera.
El chico estaba al pie de la escalera, deseando subir o tan siquiera escuchar que tema tan serio hablaban, pero no se atrevió, mejor se sentó en su sofá y esperó lo peor. En un principio buscó en su teléfono alguna notica que pudiera haber puesto a su madre así, pues ya habían pasado tres ataques en México y su madre al enterarse siempre era de las más preocupadas.
El sol había comenzado a ocultarse ya en el horizonte, cuando ambos padres comenzaron a bajar las escaleras, Arturo escuchó un sonido familiar, los pasos de los mayores eran acompañados por maletas resonando en las escaleras, eso tensó a Arturo que se levantó algo nervioso de ver a sus padres listos para otro viaje.
«Van a salir» soltó un suspiro, pero no dejaba de angustiarse por las mismas razones, siempre iban a Viena, por trabajo y en esos pocos días que iban Arturo se quedaba en el departamento de su tía, pero algo preocupó a Arturo, esas maletas eran bastante grandes, parecían para un viaje de semanas. «¿A dónde van?».
Ambos se vieron algo nerviosos ante la pregunta, pero la madre sacó una pequeña caja de madera de su bolsillo, se puso frente a Arturo y sacó el collar que hoy en día le otorgaba los poderes del viento, el ignorante de Arturo se impresionó de ver que el collar que su madre siempre usaba en ese entonces, se lo estaba poniendo a él.
«Este collar es muy especial, ha pasado en mi familia por muchas generaciones. Necesito que lo cuides con tu vida» dijo la madre mientras ajustaba el collar al cuello de Arturo, mientras le recorría un viento frío por la espalda.
«No entiendo… nada» dijo preocupado Arturo mientras que su padre lo tomó del hombro y le dijo: «Si todo sale bien, te lo explicaremos todo al volver. Confiamos en ti, hijo».
«¿Cuándo volverán?».
«Pronto» respondió su padre después de pensarlo varios segundos.
«No suenas muy seguro».
«¿Cuándo te hemos fallado?» dijeron ambos en coro abrazando al Arturo que no pudo disfrutar ese último abrazo debido a la angustia que lo comía por dentro. Ambos padres salieron rumbo al aeropuerto, esa sería la primera vez que se quedaría solo en casa, un tema que habían discutido después de su último viaje hace más de tres meses.
Para cuando Arturo cerró la puerta, la luna se alzaba en el cielo y los colores más oscuros del atardecer reinaron los cielos. Tomó la Piedra en su cuello y le dio un beso como si se lo diera a sus padres para desearles suerte en su viaje… en vano.
Pasaron dos días, para la hora el sol apenas comenzaba a despertar, pero seguía oscuro, el crepúsculo más oscuro que Arturo presenció al despertar, unos incesantes golpes en la puerta de abajo, estaba viendo el cielo a través de una pequeña raya entre sus cortinas, pero decidió abrir la ventana para ver quién era, y al ver la patrulla de la policía, el viento entró descontrolado llenando de frío la habitación, pero no tan frío como tenía la sangre en ese momento.
Bajó de inmediato y abrió la puerta tratando sin fortuna concebir calor con sus brazos, «¿Eres Arturo Orozco?» preguntó la mujer frente a él cuya cara ya había olvidado, al lado de ella estaba un hombre que hoy en día lo seguía molestando más que sus airosos accidentes. Fernando, debajo de un grueso suéter estaba vestido de traje sujetando con ambas manos una tabla con un sobre ajustado a la pinza superior.
«S- sí» respondió temblando y no sabía el porqué, sería el incesante viento helado entrando por la puerta combinado con que iba en short corto y camiseta o los nervios que le revolvían el estómago. Le pidieron que saliera para hablar mientras el hombre sacaba aquel sobre entregándoselo a Arturo, en el que ni alcanzó a leer por la explicación de la oficial. Una orden de cateo, la cual entró en efecto al instante que dejó libre la entrada para un grupo de policías.
«¿Por qué hacen esto?» preguntó Arturo con los ojos bien abiertos, pero la oficial solo respondió «Por el incidente de sus padres».
«¿Qué pasó con mis padres?».
«¿No se ha enterado?» preguntó Fernando con un tono tan infantil que solo le faltaba tomar Arturo por las mejillas que ardían en enojo.
Sacó su teléfono y le enseñó el video que lo marcó para siempre, por lo que podía ver era una malla y una reja que prohibían el paso a hacia lo que parecía una mina, de ellas se pudo ver salir a sus padres, ambos salían rápido por arriba de la reja y a los pocos segundos mientras unos pocos trabajadores salían corriendo del hueco de la cueva hubo un destello, que se vio poco menos de un segundo surgir de la cueva, había sido una explosión que destrozó la cámara dejando solo estática en la pantalla. Arturo estaba atónito, sin palabras como si aquel video le hubiera quitado el aire, miles de preguntas hacían su cerebro marearse y tan solo pensar en aquello le hacía doler el estómago.