Una luna blanca y brillante estaba en el cielo oscuro y despejado, los oficiales podían ver bastante bien gracias a ese astro, eran dos oficiales, Vázquez y Valenzuela caminaban con las lámparas en mano por una zona cerca del Lago Luna, desde donde estaban se podía ver el sexto puente, pero no era lo que buscaban. Habían sido alertados de la desaparición de tres policías en menos de veinticuatro horas por las zonas más peligrosas de la ciudad, y estaban aquí por un reporte de avistamiento.
Esa zona, en particular cerca del lago, era de almacenes, y fábricas un poco más lejos, a esas horas de la noche estaban vacíos o eso pensaban los policías. Escucharon un movimiento, como una suela arrastrarse dando vuelta a una bodega a su izquierda. Valenzuela sacó su arma, se acercó furtivo y se puso de espaldas contra la esquina antes de dar la vuelta, la dio y apuntó la lámpara hacia el fondo de ese espacio entre las edificaciones.
Vásquez miraba hacia su compañero dar esa vuelta y apuntar, y después fue algo difuso, Valenzuela cayó de espaldas inconsciente, fue jalado hacia dentro del pasillo en menos de pocos segundos, Vásquez preparó su arma, corrió hacia callejón y apuntó dentro.
La sombra de la bodega volvió negro aquel espacio, nadie sería capaz de ver con la simple vista por lo que el oficial apuntó también con su linterna para observar un hombre, y apuntándole con un alargado objeto similar a una flauta extraña, esta no hizo sonido alguno, disparó su proyectil encajándose por arriba del pecho del oficial, este trató de disparar, pero la sorpresa pudo con él.
Esperaba que la sangre empapara su camisa azul del uniforme y su chaleco antibalas, pero lo que tenía encajado en el pecho era un dardo, plateado con un pompón morado colgando, peor aún miró en el dardo dibujado el símbolo de la Reina Araña.
El pobre oficial, incrédulo y aterrado, miró al hombre frente él y su linterna que ahora temblaba con sus manos, apuntó al cuello del hombre dejando ver su tatuaje negro de una araña con una corona muy estilizada sobre esta.
No pudo hacer nada, era muy tarde ya, solo se impactó hacia el suelo de espaldas perdiendo cada vez la conciencia y las sensaciones en sus extremidades, dirigió la mirada hacia arriba mirando la luna blanca y resplandeciente, le recordaba tanto a su hija.
Antes de cerrar los ojos pudo ver cómo era arrastrado por el suelo y peor aún que no podría haberse despedido de su familia o su querida hija, Abigail.
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La noticia no se hizo pública, esa mañana era otro día mejor en la ciudad y en casa de Abigail las cosas solo habían cambiado un poco, la chica salía de su cuarto lista para ir a la escuela, al bajar se sorprendió de ver a todos en su familia, tía, abuelos y primos desayunando, pero a quien no veía era a su padre, que recién terminado su turno llegaba a compartir el desayuno con ellos. Entre tanto tumulto en la mesa, solo faltaban tres lugares para llenar, el señor Raúl Vázquez, su esposa y su hija, aunque el segundo siempre se quedaba vacío.
—¿No ha llegado mi papá?
—No aún —respondió su tía—, seguro lo verás para la comida, debió atravesarse algo.
—Es que es raro que tarde tanto ¿no?
—La que se está tardando en irse eres tú —dijo su abuela caminando hacia ella para darle la bendición—, el empleo de tu padre es impredecible, y en veinte años que lleva no le ha pasado nada ¿Qué podría cambiar ahora?
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«¿Qué podría cambiar ahora?» esa pregunta no salió de la cabeza de Abigail en el resto del día escolar, trataba de no mostrarse preocupada e interesarse en la charla de sus amigos, pero la situación era una piedra en el zapato que no se podía quitar, no ahora, lo haría llegando a casa.
Su mejor amigo, Andrés, la entendería en la situación que atravesaba, pero por esa razón no quería que se enterara, no era para tanto ¿no?, prefería verlo discutir con Arturo algo sobre un videojuego tonto sobre ladrones en su reciente expansión.
La campana sonó y Abigail no esperó, dijo que tenía prisa y se adelantó a sus amigos, corrió por las calles cercanas a la escuela y en un par de vueltas llegó a su colonia, casas blancas de dos pisos, era habitual la paz y el aire fresco, aunque ese día no se sintió.
Caminó y llegó a casa expectante a ver a su padre, pero al entrar a la cochera, sintió ese ambiente que seguía en la habitación de al lado, la sala, al entrar encontró un mar de llanto y preocupación, y enseguida preguntó.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está mi papá?
—No lo sabemos —le dijo su abuela entre llantos, una imagen que le partió el alma a Abigail, mientras se acercó uno de sus primos, era el mayor de los dos, que también llegaba de la escuela.
—Hace rato apareció en las noticias que cinco policías desaparecieron ayer —le dijo y después tragó para soltarle la bomba—, se cree que fue la Reina Araña.
Sus palabras eran muy difíciles de digerir, le dieron vueltas hasta marearla y casi hacerla caer, en su mente, pasaron aquellas anécdotas de su padre que le hablaban de aquella mujer tan peligrosa.
—Esto no… Esto no puede ser verdad ¿Hay alguien haciendo algo?
—La Policía prefirió mantener distancia, ya sabes, con Reina Araña no se juega.
Abigail respiraba con dificultad, era impensable para ella lo que pasaba, no podía permitirlo, no se podía permitir perder otro familiar, no así.