Las Piedras del Poder

Capítulo 8 | Nevada Monstruosa - Primera parte

«Vive tu vida como tú quieras, hijo, no importa que pase, recuerda que es lo que está bien» eso fue lo que la señora Alejandra le dijo aquel día hace más de cuatro años, él solo era un niño, y aun así tuvo que aprender sus responsabilidades, no se trataba de ser como su madre o como su padre, debía ser un Guardián digno de la Piedra de la oscuridad.

Eso era lo que estaba bien. Aunque ahora le costaba ser un Guardián, un buen hijo y estudiante. Había demasiadas expectativas sobre él. Y aunque estaba bien, no sabía si era lo mejor.

La ciudad de Nuevo San Bernardo recibía otro aniversario de su inauguración y el peor clima de todo el año, estas eran dos grandes razones para no asistir a clases, pero los finales de parcial retuvieron a los chicos en aquel salón.

Arturo ponía el peso de su cabeza en su mano recargada en el pupitre, aburrido de la clase de Ciencias Sociales que le hacía arrepentirse de escoger el área de humanidades, usaba un suéter grueso por el frío como todos sus compañeros. En su aburrimiento su mente divagaba en seguir pensando lo que Marco les había dicho aquel día que lo conocieron.

Estamos solos” resumió.

Hacía tres días tuvieron una reunión más tranquila con Marco, esperando que les contara algo nuevo como información que ellos no intuyeran o supieran, él no les pudo decir nada nuevo. Otro tema para discutir era que el mundo entero estaba agradecido con los Guardianes cuyos nombres eran bien sabidos por la entrevista que dieron aquel día.

El día siguiente, la misma ONU ofreció apoyo (moral), a los héroes para que resolvieran la crisis que azotaba la ciudad, y aunque eso debía ser un día soleado de esperanza para los ciudadanos fue cuando el clima empeoró, las tardes estaban envueltas en nubes de aire frío y en la noche solo incrementaba, en la ciudad no era raro que bajaran así las temperaturas pues daban paso a los esporádicos días de nieve que sucedían a finales de año, no en agosto.

El profesor seguía con su clase hasta que de una de las ventanas se le rompió su pestillo y se abrió dejando entrar el aire frío al lugar provocando quejas y chillidos de Lizbeth, aun así, Arturo seguía con aquella frase en mente “Somos los últimos portadores”.

—¿Todo bien? —preguntó Daniel mientras el tumulto seguía y el profesor trataba de cerrar la ventana a la fuerza—. No —respondió Arturo.

—¿Dormiste anoche? —Arturo solo le dedicó una mirada cansada respondiendo la pregunta— A mí también me cuesta aceptarlo, pero no tenemos de otra ¿sabes?

Antes de que la conversación siguiera el profesor trabó el marco de la ventana con cinta de manera muy torpe y continuó con la clase, todos se acomodaron excepto por Lizbeth que seguía mirando hacia las ventanas.

—¿Pasa algo, señorita Montenegro?

—Creo que está nevando afuera, profe —dijo entrecerrando los ojos, la atención de los estudiantes se centraron en los ventanales y se levantaron a ver los copos caer, mientras que el profesor al verlos salió del salón. Los alumnos aprovecharon para acercarse al frío vidrio de las ventanas para ver la nieve caer en los jardines verdes de afuera, Arturo aprovechó para recostarse en su banca mientras los demás Guardianes se sentaron junto a él sacando cartas para jugar, ya que en estos casos las clases se suspenderían por las bajas temperaturas que provocaban la nevada.

—Deberíamos ir al desfile de inauguración de la feria —dijo una de las chicas junto la ventana mientras otra respondió—. Lo cancelarán por la nieve obviamente, deberíamos ir a la feria, ahí si habrá algo bueno —Arturo no se preocupaba ni por el juego, la nevada o el desfile, en cambio, la segunda le traía recuerdos de cómo su madre le hablaba de las que vivía en su país natal, Estados Unidos.

—¡La nieve está morada! —gritó un chico pegado al ventanal, eso hizo girar la cabeza de los cinco Guardianes con desconcierto y miedo. Mientras los demás lo veían fascinados.

Siquiera pudieron hablar cuando la mal pegada ventana se abrió dejando pasar aquellos copos cristalinos color lila, sobrevolaron los estudiantes mientras ellos trataban de alcanzarlos con las manos alzadas, uno de estos cayó frente Arturo que lo miró horrorizado al ver que era cristal similar al de las Piedras.

—¡No los toquen! —gritó Daniel mientras que Arturo solo cruzó sus antebrazos en forma de equis en modo de reflejo, lo que terminó por alejar los copos con viento, el revoloteo los hizo caer en las pieles de los estudiantes.

Los cuerpos de ellos brillaron cegando el lugar.

Marco estaba sentado sobre su cama con una llama entre sus manos para darse calor, escuchaba la música y multitud de gente afuera del edificio, se acercó a mirar por una pequeña ventana el desfile que hacían afuera. La Sra. Claudia le había hablado del día feriado apenas un par de días después de conocer la situación de Marco referente a que no era de ahí, en ese día de descanso aprovechó para ir a ver aquel desfile.

Salió del edificio, la banda de guerra tocaba, varios niños usaban su uniforme deportivo mientras hacían una coreografía que tenía al público, gente en las banquetas, observando y grabando incluso ante el clima nuboso.

En el pueblo de Marco, Meztli, vivían hasta peores tiempos donde ni meterse al fuego era suficiente, pero recordaba estar a escondidas junto a las brasas del fuego leyendo, conociendo más aquel mundo que quería visitar, pero su padre en cambio solo lo sacaba a cazar al bosque o para comprar cosas al pueblo. Recordaba aquellas nevadas blancas donde su padre yacía dormido en un sillón junto varias botellas, mientras, Marco seguía devorando aquellos libros que para él eran más cálidos que su padre, el bosque, su hogar e incluso el fuego, pero no tanto como su madre. Recordarla lo sacó de los pensamientos hasta incluso quitó una lagrima que ya caía por la cicatriz de su cara. Aun así, era feliz de recordarla.



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En el texto hay: lgbt, batalla, héroe

Editado: 16.09.2026

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