Arturo estaba en un escritorio de su cuarto, miró la hora en la esquina de su laptop, eran las «4:32» de la madrugada del jueves, ese día era la segunda prueba, pero él seguía despierto investigando las cosas que no dejaban su cabeza: La cuarta familia, Viena, la Flor Eterna, la Guardia de la Flor; todo lo que buscaba en internet no ayudaba en nada.
Fue cuando su tía abrió la puerta— ¿Arturo? ¿Qué haces despierto a esta hora? —dijo un poco soñolienta por haber llegado del trabajo.
—Solo investigaba algo…
—Me recuerdas a tu padre —dijo con una sonrisa melancólica—, solía quemarse las pestañas en la universidad por obtener una ingeniería.
—¿Puedo preguntarte algo? —tenía esa pregunta atorada hace tiempo.
—Sí —respondió un poco extrañada.
—¿Sabes en que trabajaban mis padres en sus viajes a Viena?
—Realmente… jamás fue específico con eso ¿Por qué lo preguntas?
—Solo me salió la duda —Arturo solo cerró su computadora con una ligera cara de decepción. Le parecía extraño las casualidades.
—Sin más preguntas me iré a dormir, tú deberías hacerlo también —dijo entrecerrando la puerta—. Arturo, te quiero, buenas noches.
—Buenas noches.
◊
Era medio día y Arturo tenía la cabeza pegada al pupitre con mucho cansancio— Daniel, consejo de vida: No te desveles a lo tonto.
—Lo anotaré —dijo escribiendo algo en su nuevo teléfono, estaba chateando con Marco que en ese momento estaba trabajando en la biblioteca—. Marco dice que no ha encontrado nada extraño entre los visitantes y que… obvio, que nos verá allá.
—Bien —dijo con la boca pegada al pupitre.
—Marco es muy gracioso escribiendo —dijo viendo aún los mensajes—, escribe bien, pero tarda varios minutos en mensajes cortos, no sé si es porqué está trabajando o porqué es su primer teléfono.
—¿Dónde están los demás?
—Afuera ¿Qué esperabas que hicieran en una clase libre?
—La tarea que se encargó.
—Es una investigación de tarea, podemos hacerla a provechando la estancia en la biblioteca.
Arturo se levantó de la banca— Iré con ellos —dijo saliendo de su silla—. Te acompaño.
Solo tuvieron que pasar la lona que reemplazaba la pared destruida en la nevada para llegar donde estaban varios de sus compañeros, eso incluía a sus amigos, jugando cartas sobre el pasto verde.

—Hola, Arturo, ¿Qué te sacó del salón? —preguntó Elena.
—Solo quería estar con ustedes —dijo sentándose mientras los demás hacían espacio para los dos.
—¿Juegas? —dijo Andrés con siete cartas en la mano ofreciéndoselas.
—Paso —dijo Arturo—. Yo si —dijo Daniel tomando las cartas.
—¿Todo bien con tus heridas? —preguntó Elena—. Se curaron ayer solas. Por cierto, ¿Como hicieron para pelear así?
—¿Por qué lo preguntas? —preguntó a Abigail poniendo una de las cartas con varias más en el pasto— Me refiero a… ¿Cómo volviste tus piernas luz? o tu Andrés ¿Cómo te metiste en la sombra de Queen?
Ambos cruzaron miradas— Tú nos inspiraste en la nevada —dijo Andrés.
—¿Cómo?
—Fue cuando te convertiste en viento contra el Cristalizador, eso nos recordó los capítulos de nuestros libros donde decidimos entrenar y aplicarlo en partes, bueno, ya lo practicábamos desde antes, aunque no nos atrevimos a usarlo —explicó Abigail—, yo decidí solo usarlo en las piernas mientras Andrés fue más allá metiéndose en sombras.
—Pero nuestras Piedras pueden ir más allá —dijo Andrés emocionado.
Arturo miró a su Piedra y recordaba aquel ataque— ¿Cómo lo has llevado, Elena?
—Yo no, estoy entrenando el crecimiento remoto —dijo con una sonrisa de vergüenza.
—¿Y tú, Daniel?
—En realidad no entreno nada en específico… pero debería convertirme en agua, me meto en una botella y me infiltro a donde sea ¿Qué les parece?
El grupo rio y finalmente Arturo aceptó jugar, esa paz y convivencia entre amigos no se había dado desde que se conocieron, era como si se hubiera ido la preocupación, pero esa clase de momentos son como relámpagos, duran nada.
◊
A la hora acordada, los chicos habían llegado a la biblioteca para reunirse con Marco en la mesa de siempre, faltaban pocos minutos para las seis de la tarde y no había rastros de algo extraño, la biblioteca a lo mucho tenía unas quince personas ocupadas en su lectura o investigación, pero nada sobre las chicas.
—Moví mi hora de comida para esto, más vale que valga la pena.
—Tú fuiste de los que más querían hacer las pruebas en primer lugar —regañó Abigail.
—Lo sé, pero de alguna manera todos queríamos ¿o no?
—¿Seguro qué no viste nada raro? —preguntó Arturo.