Las postales de Nart

Capítulo 17 - La Guardia Civil encuentra a la chica, muerta

En la caserna de la Guardia Civil de Bossóst, Jorge y Alberto hablan con el cabo.
   - Joder Alonso, solo te pedimos que entren en algunas casas, no todas - Alberto intentaba que que el cabo cediera a sus peticiones.
   - Nosotros no podemos hacer eso, ¿sabe usted lo que pasaría si los de arriaba se enteraran?- le contestaba el cabo, refiriéndose “a los de arriba”, a la comandancia de la Guardia Civil de la Vielha. 
   - Alonso, que ya hace tiempo que nos conocemos. Vosotros, la Guardia Civil, hacéis lo que os sale de cojones - le recrimina Jorge.
   - No podemos ir por ahí entrando en la casas de la gente, sin más. Los vecinos se asustaría nada más vernos, solo revolucionaríamos el gallinero, más aun de lo que esta - Contestaba Alonso quitándose el tricornio y pasándose la mano por la frente.
  - Quitamos la de los más allegados, la de los ancianos, las de lo que tienen niños pequeños. Al final quedan cuatro casa, mal contadas, y solo seria las que tengan bordas, graneros, pocilgas....- insiste Alberto. Tenemos que saber algo de Felipe (el padre de Nart), si esta vivo, y si no.., saber quien lo hizo. Los dos agente,”amigos” se miran, no saben que contestar, pero quiere ayudar.
   - No sabemos quienes fueron los que entraron en su casa, podrían haber sido Guardias Civiles, o un grupo fascista, y si fue así, nunca sabremos nada de él - habla el otro agente.
   - Va! cabo, lo sabríais vosotros, ¿no? -
  - Nosotros no podemos acceder a ningún informe, tampoco se hacen muchos. La Guardia Civil niega siempre las implicaciones en hechos parecidos, siempre. Usted lo sabe señor Alberto - explica el cabo Alonso. Después de una hora de insistir y negar, llegan a un acuerdo. Los Guardia Civiles sacan un plano, de Bossóst y Betlan, descartan las casa, las que Jorge y Alberto comentaron anteriormente. Deciden ir de paisano, para no levantar sospechas, solo con el arma reglamentaria, las pistola, solo por si acaso. - Mañana por tarde - comenta el cabo Alonso. - Solo nosotros dos.
   Al día siguiente, los dos agente de paisano empiezan por la primera casa, de piedra y madera, la siguiente más aislada a la de Felipe. Se presenta y piden que les enseñe la parte trasera de la casa. La borda esta medio derrumbada, ya no la hacen servir. Visitan cuatro casas más. Piden les dejen mirar los patios, las bordas. En alguna entran en las habitaciones, sin encontrar nada raro, tampoco saben bien que es lo que han de encontrar. Empieza a oscurecer, los agente, sin mucho animo ni empeño, piensan en visitar la ultima. Creen que es una perdida de tiempo, pero se comprometieron, terminaran su compromiso y volverán a sus casa. 
   - Iremos  Bausen, ¿que te parece?. Allí hay una taberna con unas barricas de vino, que quita en el hipo -  le comenta el cabo a su compañero.
   - Vamos a probar esos vinos, a esos dos le diremos que no hemos encontrado nada relevante, y es verdad - contento le contesta el cabo Alonso.
   - Me conocen y seguro que tenemos unas rondas gratis, y no estamos de servicio - Bausen les pillaba a pocos minutos desde Les, donde visitaron la última. Montados en el coche particular de uno de ellos, cogen la carretera que lleva hasta el pueblo, hasta la taberna. Un pueblo que parece salido de un cuento, por sus casas de piedra construidas, desafiando la ley de la gravedad, en laderas, en terrenos abruptos, junto al Bosque de Carlac, mágico por sus Hayedo. Circularon por la nacional cinco minutos, giraron a la izquierda por  el puente de la lana, después diez minutos de curvas, a cual más cerrada, llegaban a la “Tauerna”, la taberna, mareados, sin aún haber probado el vino del hipo. Dejaron el coche en la ladera del monte, junto al muro del cementerio, de tumbas sencillas, floridas, cavadas cada una al pie de una acacia. Un capricho de la naturaleza. Rodeado por un muro de piedra de casi dos metros de alto, y al final un camino que desemboca en una planicie, apartado, un terreno hundido, donde no llega nada ni nadie. Los dos jóvenes agentes entran en la taberna, el dueño reconoce a Alonso. Pasan media hora en la barra, tomando vinos, unos gratis, y otros pagados alternativamente por los dos agentes. Cuando salen es de noche, solo dos farolas intentan iluminar un pequeño espacio alrededor de la taberna, sin ser suficiente, por lo que los dos agentes, más amigos aún por la ingesta del dichoso vino, han de llegar al coche casi a tientas. Llegan al muro, pero no están en condiciones de conducir. Alonso abre el coche y coge una linterna, reglamentaria también. Se enciende un cigarrillo cada uno, y dan un paseo, dando pasos a través de la luz que va marcando la linterna. El camino les aleja del coche, tanto, que acaban llegando al final del camino, a la apartada planicie de terreno hundido. Un de ellos mete el pie en un socavón, no se cae, pero le hace que su cuerpo se clave en el suelo para no caer. El otro le da la risa y le empuja, en broma, para que caiga al suelo. Cae encima de un montículo, está húmedo y se mancha de barro.
   - Alumbra aquí, joder. Mi mujer me va a matar. 
   - Alonso lo alumbra, primero a él, a su ropa, de arriba abajo, luego al suelo, para ver donde ha caído.
   - Qué es esto, ostias - dice mirando el montículo de tierra.
   - Dame la linterna, joder - dice el otro, mientra le quita la linterna a Alonso. Algo sobresale por una pequeña porción de tierra. Los dos se arrodillan y apartan tierra con las manos. No tardan en deshacerse de dos palmos de tierra, cuando ven un trozo de tela. Alonso busca un palo para poderse ayudar a sacar tierra. Cuando lo encuentra lo coge, y comienza. Alonso le pide que alumbre el montículo. Al cabo de un rato, el trozo de tela se convierte en una manga, luego un brazo, y después todo el cuerpo. Los dos agentes se ponen de pie, como dos resortes.
   - Mecagoenlaputadeoros - todo seguido, sin espacios, chilla Alonso. El otro compañero se separa un poco, se inclina y vomita. Vuelve a  alumbrar. Es una chica, va vestida de chándal, y encima unos zapatos rojos. 
   - Esto es muy grande para nosotros, llama a Vielha, llama ya ostias - El cabo Alonso le chilla a su subordinado, ahora es una orden.




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