Las postales de Nart

Parte 2 - 1985 Nart queda en Vielha con Ernesto

Caía una  lluvia torrencial que le acompañaba desde hacía un buen rato. Apenas podía ver el exterior a través del parabrisas de su Toyota MR2, aunque el vaivén de las varillas deslizaban a un lado el exceso de agua del cristal. El continuo repicar del agua en el capó y el techo, no le hacía perder la concentración en la carretera y podía escuchar la canción, que en ese momento sonaba en la radio; livin’ thing, de Electric Ligth Orchestra. De vez en cuando, de reojo, miraba el retrovisor, este le devolvía a través de sus ojos la inquietud, que durante tres horas le seguía desde que salió de Barcelona. Le pesaba la duda si era buena idea volver después de tantos años. Había cosas que era mejor dejarlas como estaban. El recuerdo de aquellos años, que aunque lejanos, seguían clavados en su memoria.
   Había recibido una llamada dos semanas antes. En  principio no aceptó la invitación de Ernesto, la conversación fue corta, excusándose que le pillaba en mal momento. Durante la semana hubo un par de llamadas más, y aunque también las rechazó de entrada, sintió como una pequeña parte de él quería ceder o quizás enterrar, fuese como fuere aceptó, y allí estaba de camino a Vielha. Recordaba la última vez que estuvo, durante un fin de semana, el último que pasó con Moisés antes que este se fuera definitivamente. Desde ese día, guardaba en su memoria una imagen de él vestido de traje, en la presentación donde se exponía una colección de sus fotografías en una moderna galería del mismo sitio.
   El Hotel Urogallo se encontraba en el centro de la ciudad, era uno de los lugares más concurridos por los visitantes, convirtiéndose en el hotel preferido, cuyo mayor reclamo turístico era la nieve en temporada de esquí. 
   Llegó una hora antes de lo previsto, buscó aparcamiento en el parking del hotel, que se encontraba justo delante. Aparcó y con su única maleta de mano se dirigió al hotel. Subió los cuatro escalones que salvaba la diferencia de altura de la calle.  Entró a la recepción; un habitáculo de no más de dos metros cuadrados, rodeado de estanterías con archivos y una pequeña fotocopiadora. Delante, un pequeño mostrador, recortado para el acceso de la recepcionista. En el, un estante repleto de folletos de sitios para visitar, se escondía una chica entrada en carnes, manejando su teléfono móvil. Esperó unos segundos, aunque no era una persona muy impaciente, incomodo, llamó su atención carraspeando su garganta. La chica, sin mucha prisa, apartó un mechón de pelo rubio, dejó el móvil, miró a Nart con indiferencia, y le pidió el DNI. Tras unos largos y tediosos minutos tecleando el teclado, realizó el registro e indicó que su habitación era la 322. Nart le pidió que le dijera donde estaba el restaurante, tras  indicárselo cogió el ascensor y subió a la habitación, donde se cambió de camisa y bajó. Rodeó el hotel, pensativo, aún le quedaba un buen rato para la comida. Se sentía incomodo, nervioso. Lo que le preocupaba no era lo que le pudiera proponer Ernesto, si no la idea de volver a revivir toda aquella época. Tenía cuarenta y cinco años y ahora era fotógrafo freelance, independiente, idealista, trabajando para varios periódicos nacionales y colaborando con algunos independientes de fuera de España. 
   Ernesto era el director de la conocida Ediciones Babylon, un referente en los trabajos de investigación. La ciencia, la pseudociencia, los enigmas de la historia, la antropología. La investigación en general.
   Entró en el restaurante, ubicado en la segunda planta. Uno de los camareros se acercó con las manos a las espaldas, y haciéndole reverencia, preguntó si tenía reserva, Nart asintió.  
   - Por favor, ¿la mesa de Ernesto Urribia?- 
El joven con amabilidad y sin molestarse en mover ni una pierna, le indicó con el brazo una mesa al final de la sala.
   - Aquella allí, en la que está solo el señor de espalda - le indicó el camarero, sin más.
Nart, se quedó mirando unos segundos, con la pachorra que se movía ese camarero, movió la cabeza con negación y se dirigió a la mesa indicada.    
   Ernesto Urribia era un señor de mediana edad, rondaría los cincuenta o cincuenta y cinco. Hijo de una familia humilde. Estudió ciencias de la información sin llegar a acabarla. Fotógrafo y reportero en el sur de Francia durante la posguerra. En junio de 1944 estuvo cubriendo la información del cierre del túnel de Sompor, en el pirineo aragonés. El Gobierno de Franco dijo que lo cerraba como medida, para prevenir la invasión desde el norte por los maquis. Tras un par de meses, huyó desde el sur de Francia a través de Canfranc hasta Vielha. En Octubre del mismo año cubrió los hechos acaecidos, también de los maquis, en Bossóst. Desde entonces colaboró en libros, películas y diarios internacionales.
   Hacía un par de años que, a través de la  noticia de un diario, vio una  fotografía antigua que le llamó la atención, estaba firmada por  “s n”, hacía referencia a unos hechos ocurridos en 1963 en Vielha. Después de unos años, y por casualidad, supo que el autor del reportaje y la fotografía era de Nart Aron.
   - ¿Ernesto? - preguntó Nart. 
Ernesto apartó la carta, que en ese momento miraba, y saludo.
   - Sí, tu eres Nart, supongo -
   - Sí, espero no haberte hecho esperar mucho -
   - No te preocupes, acabo de llegar hace un momento - mintió este.
   Ensalada de aguacates con salmón y de segundo lubina a la plancha, fue lo que Ernesto pidió, y Nart repitió  - lo mismo - y enseguida se pusieron a hablar del asunto para el que habían quedado. 
    - Me gustan mucho tus fotos y como trabajas. La editorial conoce las colaboraciones que haces en los periódicos. A través de una de nuestras sucursales en Barcelona y gracias a su directora, la  señorita Ramirez, nos hizo llegar la propuesta de escribir un libro sobre lo que pasó en Septiembre de 1961 y principios del 1962, aquí en Vielha - 
Nart guardaba silencio, un silencio que a Ernesto le pareció denso y molesto, tal vez, pensó, la idea de volver a remover aquella época le volcaría a volverse a Barcelona sin que aceptara. Ernesto volvió a tomar la palabra.
   - Por supuesto usaríamos algunas de tus fotografías para ilustrar la historia. Solo tendrías que pasarnos, eso sí, a tú ritmo, el manuscrito en sucio, nosotros lo repasaremos, siempre consultándolo contigo, luego nos encargaríamos de editarlo, publicarlo y distribuirlo - 
Nart continuaba debatiéndose entre el niño aventurero que llevaba dentro, y el adulto que quería  dejar enterrado una parte de ese niño.
   - No será fácil, ni rápido. Me lo he de combinar con mi trabajo, además tendría que venir de vez en cuando por aquí, lo que supondría un gasto y un esfuerzo extra - 
   - No habrá ningún problema, tendrás un adelanto de los derechos y márgenes de las ventas -  
   - Me parece bien las condiciones que, en principio, su secretaria me envió por mail - habló Nart tras beber un sorbo de agua para aclararse la garganta -
   - Solo una condición más -  añadió. 
   - Tú dirás - contestó Ernesto.
   - La fotografía de la portada, ha de ser una de las que conservo de la última exposición de Moisés - dijo Nart con tono que denotaba que no aceptaría otra opción.
   - De acuerdo, hecho - contestó Ernesto con una media sonrisa de satisfacción.
Durante el café, Ernesto le explicó el recorrido desde que se escribe un libro, hasta que llega a las librerías y todo su proceso:  
correcciones, ideas que se consideren oportunas para poder mejorar el libro o hacerlo más comercial. Diseño. Estudio del mercado, cuántos libros se van a imprimir, en qué parte del mundo, en qué librerías se distribuirá y el tiempo que se requerirá para todo ello.
   - Un año es el tiempo del que dispones, si necesitaras más, lo hablaríamos - acabó diciendo Ernesto, dando por concluida airosamente la reunión. Nart aceptó, a la espera de las nuevas condiciones. Se estrecharon las manos y quedaron en pesarle por mail las allí habladas.




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