El zumbido era lo primero. Un bajo continuo y omnipresente que vibraba en los huesos, un latido mecánico que había aprendido a ignorar. Era el sonido de la Central Eléctrica de Ferrisghat, el sonido de la sangre que corría por las venas de la ciudad, y también, la banda sonora de sus interminables y solitarios turnos de noche.
Bob respiró hondo, el aire cargado de olor a aceite, hormigón y el rancio aroma de su estofado recalentado. La habitación era un cubo de cemento, un búnker iluminado por la luz mortecina y parpadeante de dos tubos fluorescentes que tintineaban en su carcasa de metal. No había ventanas. Las paredes, de un grosor brutal, estaban diseñadas para disuadir cualquier idea de intrusión, pero tras tantas noches, a Bob le parecían más bien los muros de una celda de alta seguridad. Su celda.
Se ajustó el cinturón sobre su vientre blando y hundió el tenedor de plástico en el guiso grumoso. En la tablet apoyada sobre sus piernas, un partido de fútbol transmitía con una señal tan débil que los jugadores se convertían en fantasmas pixelados, congelándose en plena carrera para luego precipitarse en cámara rápida hacia una nada estática. Maldijo entre dientes, golpeando el costado del dispositivo con una mano engrasada. La imagen se recuperó, titubeante.
Su mirada vagó hacia el banco de monitores de seguridad. Cuatro pantallas divididas en dieciséis cuadros cada una mostraban el mundo exterior. Eran vistas granulosas en blanco y negro, bañadas en el verde fantasma de la visión nocturna. La valla perimetral, coronada de alambre de púas. Los vastos campos de hierba alta, que más allá del alcance de los focos se convertían en una masa oscura e inquieta, susurrando secretos al viento que soplaba desde el mar invisible. Y al fondo, la silueta ominosa y familiar de la fábrica, sus chimeneas como dedos huesudos apuntando a un cielo sin estrellas.
Todo tranquilo. Siempre tranquilo. O eso decía el manual.
Un bostezo le desencajó la mandíbula. La soledad pesaba más que el silencio. Aquel zumbido constante, el calor pegajoso de la estancia y la luz fluorescente creaban una atmósfera gris, aburrida y profundamente claustrofóbica. Era una rutina que adormecía los sentidos, que te convencía de que el mayor peligro era el aburrimiento mismo. Bob se acomodó en la silla reclinable, que crujió protestando bajo su peso, y se rascó la barba de dos días. Falsa seguridad. Era el calmante más peligroso de todos.
Y fue en ese preciso instante, justo cuando llevaba el último bocado a su boca, cuando el primer golpe resonó en la puerta.
No fue un ruido cualquiera. Fue un impacto seco, metálico, contundente. Como si alguien hubiera embestido la plancha de acero con un ariete.
Bob se quedó paralizado, el tenedor a medio camino de sus labios. El estofado le supo de repente a cenizas. El zumbido de la central pareció amplificarse, volviéndose agresivo, acusador.
Silencio.
Su corazón, que había dado un vuelco contra su caja torácica, comenzó a latir con fuerza desproporcionada en la quietud. Bajó la comida lentamente. Su respiración era el único sonido orgánico en la habitación, y de repente le pareció obscenamente alto.
"¿Un animal?" musitó, y su propia voz le sonó débil y patética, ahogada por el hormigón. Ningún animal de la zona era capaz de generar un impacto así. Los perros salvajes merodeaban a veces, pero no así.
Se levantó, las articulaciones protestando. Se acercó a la pantalla principal, la que mostraba el ángulo frontal de la caseta. Su dedo, sudoroso, pasó por el control del joystick, moviendo la cámara de un lado a otro. La imagen, verde y negra, barrió el área iluminada por los focos. La gravilla, la valla, la oscuridad más allá.
No había nada.
Estaba a punto de atribuirlo a un fallo estructural, a un ruido de la misma central, a su imaginación alimentada por el cansancio, cuando el sonido rasgó la noche.
Era un aullido.
Pero no era de lobo, ni de perro, ni de ningún animal que Bob hubiera escuchado en su vida. Era una cosa desgarrada, antinatural. Demasiado agudo, como el chirrido de metal contra metal, pero con una profundidad gutural que vibraba en el plexo solar. Sonaba a cuerdas vocales rotas, a pulmones vaciados de algo que no era aire, a una perversión de sonido que no debería poder existir. Venía de lejos, de allá afuera, de la espesura de la hierba alta, pero se coló en la caseta como si las paredes no existieran.
El color se drenó de la cara de Bob. La apatía se evaporó, replaceda por un hormigueo gélido de puro instinto de supervivencia. Apagó la tablet de un manotazo. El partido desapareció, sumiendo la mitad de la habitación en una penumbra aún más profunda. Ahora solo quedaban el zumbido y el eco de aquel aullido imposible, retumbando en su cráneo.
Los golpes recomenzaron.
Golpe... golpe-golpe... golpe...
No eran aleatorios. Era un patrón. Una prueba deliberada. Algo estaba ahí fuera, y estaba evaluando la resistencia de su jaula.
Bob se lanzó hacia el panel de comunicaciones, sus dedos temblorosos buscando a tientas el botón de emergencia, grande y rojo.
"¡Central, soy Bob, en la caseta norte! ¿Me leen?" Su voz era un chillido, estrangulada por el pánico. "¡Hay algo fuera!"
La respuesta llegó cargada de estática y una urgencia contenida. "Bob, estamos viendo fluctuaciones de energía en tu sector. Confirma tu situación." Era la voz del operador de turno, una voz que de repente sonaba terriblemente lejana e inútil.
"¡No es un maldito animal! ¡Golpea la puerta! ¡Escúchalo!" En ese momento, un impacto más violento que los anteriores sacudió el marco de la puerta. Un fino polvillo de cemento se desprendió del techo, lloviendo sobre los monitores.
La voz al otro lado se volvió más cortante, más rápida, siguiendo un guion aterrado. "Mantén la calma. Refuerza las cerraduras. El protocolo prohíbe salir, Steve de mantenimiento fue para tu lado... Espera que llegue"