Las puertas de ferrisghat

Capitulo 1: El último resuello

Ferrisghat estaba en el mapa. No era un secreto, Se aferraba a la costa del suroeste continental con la tenacidad de un percebe a una roca, un accidente geográfico más que un asentamiento humano.

La ciudad en sí era una herida mal cicatrizada en el paisaje. Una media luna de edificios de madera carcomida y ladrillos, que miraba con resentimiento a un mar gris y siempre embravecido. Las calles sin asfaltar, se convertían en barrizales con la marea alta, y el aire permanecía eternamente húmedo, salobre, con ese tono dulzón y podrido que venía de la zona verde. Todo en Ferrisghat parecía inclinarse lejos de ese vasto territorio interior, como árboles que huyen de una tormenta perpetua.

Porque al este de la última calle, terminaba el mundo conocido.

Ahí empezaba las puertas de ferrisghat.

Nadie recordaba ya el origen del nombre, pero era perfecto. No era una selva, ni un bosque. Era una masa vegetal primordial, un muro de verde oscuro, casi negro, que se alzaba de repente, sin transición. Los árboles no crecían rectos; se retorcían unos sobre otros, enredados en lianas gruesas como serpientes, formando una bóveda impenetrable que ahogaba la luz del sol. Las puertas no invitaba a explorar; amenazaba con tragar. Era un silencio demasiado denso, un susurro de hojas que no sonaba a vida, sino a un hambre antigua. De ella emanaba ese olor constante, el mismo que Alex había notado al bajar del autobús: una mezcla de flores en descomposición, tierra húmeda y algo metálico, como la sangre seca. Era la frontera natural que había condicionado la existencia de Ferrisghat. La razón de su puerto (para no tener que adentrarse en el interior) y, quizás, la razón de ser de la propia central eléctrica, cuyo zumbido era el único sonido que parecía mantener a raya el silencio abrumador de la vegetación.

justo en ese límite, en la última intersección antes de que el camino de gravilla se perdiera para siempre en la boca de las puertas, estaba la Gasolinera "Último Resuello".

Era el faro de la civilización, un faro cuya luz era débil y parpadeante. Un edificio de una sola planta, de ladrillo visto sucio, con un letrero de neón que rezaba "LTIMO RES UELLO", donde las letras muertas eran tan emblemáticas como las que quedaban. Tenía dos surtidores anticuados, sus números girando con un clic audible en la quietud. Era el lugar donde los camioneros que se atrevían a hacer el recorrido hasta Ferrisghat daban la vuelta, llenaban el depósito y se marchaban sin mirar atrás, el rostro pálido.

Dentro, el ambiente era una cápsula de tiempo. Olía a café quemado, a gasolina y a polvo. Las estanterías estaban medio vacías, con productos cuya fecha de caducidad era una sugerencia lejana. Chester, el hombre que la regentaba desde hacía cuarenta años, era una extensión del lugar: piel curtida, ojos pequeños y alerta que parecían haber visto demasiado, y un silencio que pesaba más que cualquier conversación.

La gasolinera era el puesto de observación de las puertas. Desde su ventana sucia, Chester veía el límite. Veía cómo, al caer la noche, la oscuridad detrás del primer seto de árboles era más absoluta que en cualquier otro sitio. No era la ausencia de luz, sino su negación. A veces, decían, se veían luces tenues, bailando entre los troncos. No eran fuegos fatuos. Eran demasiado altas, y se movían con una lentitud inquietante. Chester nunca confirmaba ni desmentía esas historias. Solo cobra el café y la gasolina, y aconsejaba a quien quisiera oírle: "Nunca te quedes después del anochecer. Y si oyes silbar... no contestes. Los pájaros de aquí no cantan melodías".

Era aquí, en el "Último Resuello", donde la normalidad de Ferrisghat se quebraba. Donde el rumor del mar era ahogado por el susurro de las puertas. Donde los habitantes bajaban la voz y apuraban el paso. Este lugar no era solo una gasolinera; era el último aviso. La línea entre lo que era humano y lo que había crecido en la sombra de esa zona verde. Y todos sabían, en el fondo de sus huesos, que las cosas que salían de allí... no siempre necesitaban caminar por el camino. A veces, simplemente se materializaban en la penumbra entre las bombas de gasolina, altas, pálidas y silbando una canción que no era de este mundo.

La puerta de la gasolinera chirrió como un alma en pena, un sonido agudo que cortó la densa capa de silencio que envolvía el "Último Resuello". Alex entró, y el mundo exterior, con ese viento húmedo que olía a sal y a vegetación podrida, quedó sellado tras de sí. El interior era una pecera de aire estancado, con olor a café quemado, nafta vieja y un polvo que había tenido décadas para asentarse en cada superficie. La luz era amarillenta, procedente de una lámpara fluorescente que zumbaba con menos convicción incluso que las de la central.

Detrás del mostrador, encajado en una silla de enea que parecía haberse moldeado a la fuerza alrededor de su cuerpo, estaba Chester, y sus ojos, pequeños y profundos como pozos secos, siguieron a Alex desde la puerta hasta el mostrador con la lentitud deliberada de un depredador que no tiene prisa porque el mundo ya viene a él. Un brazo descansaba sobre el mostrador, los dedos manchados de grasa jugueteando con un trapo sucio.

Alex se aclaró la garganta, sintiendo la sequedad del polvo del camino.

-Buenas tardes-dijo, y su voz sonó estridente en aquel espacio cargado de silencio.

Chester no respondió. Solo inclinó la cabeza un milímetro, un gesto que podía significar cualquier cosa.

-Vi el aviso -continuó Alex, señalando con el mentón hacia fuera, donde un pedazo de cartón ajado, plastificado por la humedad, anunciaba con letras temblorosas: "SE BUSCA PERSONAL".- El que está en la ventana. ¿Sigue disponible?

Los ojos de Chester recorrieron a Alex de arriba abajo: la chaqueta raída, la postura desgarbada, la mirada que intentaba proyectar una seguridad que no tenía. Una sonrisa seca, casi un tic, le retorció un lado de la boca.



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En el texto hay: muertesymisterios

Editado: 14.01.2026

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