Las puertas de ferrisghat

Capitulo 3: Euforia

La racionalización había traído una calma frágil, como una capa de hielo sobre aguas profundas. El apartamento ya no resonaba con el eco de pesadillas o las sombras de criaturas imaginadas, sino con el silencio incómodo de una decisión tomada. Kane se levantó del sillón, sus huesos crujiendo después de horas de inmovilidad y tensión concentrada.

-Bueno... -dijo, estirándose como un gato largo y flaco-. Supongo que esto es todo por hoy. La sesión de terror y misterio ha terminado. -Intentó que sonara a broma, pero la nota fallida delataba su preocupación.

Alex se levantó también, sintiendo el peso de la conversación en cada músculo.
-Sí...Gracias, Kane. En serio. Por... por escuchar toda esta locura.

-Para eso están los amigos- respondió Kane, encogiéndose de hombros con una naturalidad que ambos sabían era un poco forzada. Se acercó a la puerta y se quedó allí, jugueteando con la manija-. Oye, mira... para despejarte un poco de todo esto. Esta noche hay una fiesta en lo de Maya. Nada del otro mundo, cerveza barata y música que no ha actualizado su playlist en una década. Pero es... normal. ¿Te apetece?

Alex miró hacia la mesa, donde el papel con el número de Holloway parecía latir con una luz propia. La idea de una fiesta, de gente riendo, de música estridente que ahogara sus pensamientos, era tentadora. Era la vida que conocía, la distracción perfecta.

-Lo pensaré-dijo, y esta vez no era una evasiva-. En serio. Ahora mismo necesito... hacer esto. -Señaló el teléfono con la cabeza.

Kane asintió, entendiendo.
-Bueno. Pero piénsalo. Hacer algo estúpido y normal podría ser bueno para ti- Abrió la puerta, y el sonido monótono de Revers Creek entró en el apartamento como un recordatorio del mundo exterior-. Y Alex... -añadió, volviéndose una última vez-. Mucha suerte. Con la llamada. Con todo.

-Gracias, hermano.

La puerta se cerró. El chirrido de la cerradura sonó como un punto final. Alex se quedó solo, sumido en el repentino silencio. La presencia de Kane había sido un escudo contra la realidad, y ahora que se había ido, la enormidad de lo que estaba a punto de hacer cayó sobre él con toda su fuerza.

El apartamento parecía más pequeño, más desordenado, más miserable que nunca. Cada caja de pizza vacía era un monumento a su fracaso. Cada cómic de "The Lightning" era un recordatorio de evasión infantil. Respiró hondo, intentando absorber el valor que Kane.

Caminó lentamente hacia la mesa de centro. Su mano se cernió sobre el papel arrugado. Lo tomó con dedos que apenas temblaban. Desdoblarlo fue como abrir un pergamino antiguo que contenía su destino. El nombre "Señor Holloway" y el número de teléfono parecían inocuos, simples dígitos negros sobre papel blanco.

Se sentó en el borde del sofá, con la espalda rígida. Agarró su teléfono. La pantalla se encendió, mostrando una foto de él y Kane haciendo el ridículo en un parque, en tiempos mejores. Tragó saliva. Su pulgar se cernió sobre la pantalla táctil, listo para marcar.

Por un instante, dudó. Podía guardar el número. Podía inventarse una excusa. Podía aceptar la invitación de Kane y perderse en la anestesia de una fiesta, postergando lo inevitable.

Pero entonces su mirada recorrió las cuatro paredes de su prisión voluntaria. Olfateó el aire viciado. Recordó la certeza helada en la voz de su madre. La desesperación, una compañera más fiel que cualquier amigo, le susurró al oído: "No hay otra salida".

El miedo a lo desconocido en Ferrisghat era grande, pero el miedo a seguir pudriéndose en Revers Creek era, en ese momento, mayor.

Con un movimiento brusco, como arrancándose una tirita, Alex marcó el número. Puso el teléfono en altavoz y lo dejó sobre la mesa. El tono de llamada sonó, agudo y impersonal, llenando la habitación silenciosa. Cada "brrr" era un latido de ansiedad. Miró fijamente el teléfono, esperando, conteniendo el aliento, a que alguien al otro lado del umbral contestara y decidiera el siguiente paso de su vida. El hielo se había quebrado. Ya no había vuelta atrás.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Cada brrr era un martillazo en el silencio del apartamento, un latido de ansiedad pura que resonaba en el pecho de Alex. Se inclinó sobre el teléfono, como si acercarse pudiera acelerar la respuesta. Sus palmas sudaban.

Al cuarto tono, se cortó. Una voz seca y cansada, carente de toda inflexión, llenó el altavoz.

-¿Diga?

Alex se aclaró la garganta, forzándose a sonar firme.
-Buenos días.¿Podría hablar con el señor Holloway, por favor?

Un breve silencio, como si la persona al otro lado estuviera evaluando la molestia.
-De parte de quién?

-De... de Alex. Me dio su número Leo, el de mantenimiento. Por el puesto de seguridad.

La mención de Leo pareció actuar como una contraseña. Hubo un ruido seco, como de un objeto siendo movido sobre un escritorio.
-Un momento.

La línea se quedó en un silencio muerto por unos segundos que se le hicieron eternos a Alex. Podía casi imaginar una oficina gris, iluminada con fluorescentes, en algún lugar de Ferrisghat. Luego, una nueva voz llegó al auricular. Era más grave, más autoritaria, pero con el mismo deje de fatiga profunda, como si cada palabra fuera un esfuerzo.

-Holloway al habla. ¿Dígame?

-Señor Holloway, buenos días. Le habla Alex. Como le decía a su compañero, Leo, el jardinero, me pasó su número. Estoy interesado en el puesto de guardia de seguridad.

-Leo -repitió Holloway, y Alex pudo casi verlo arqueando una ceja-. No suele... recomendar gente. ¿Dónde se conocieron?

La pregunta era directa, casi un interrogatorio. Alex sintió un pinchazo de nerviosismo.
-En la gasolinera«Último Resuello». Ayer por la tarde. Estaba preguntando por trabajo y él... bueno, me dijo que había una vacante y me dio su contacto.

-Ya veo -la voz de Holloway era impasible-. ¿Y tiene experiencia previa en seguridad? ¿O en turnos nocturnos?



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En el texto hay: muertesymisterios

Editado: 14.01.2026

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