El primer sentimiento fue el dolor. Un martilleo sordo y persistente en sus sienes, como si le hubieran insertado cuñas entre el cráneo y el cerebro. Luego, la sequedad. Su boca sabía a algodón viejo y cenizas, y su lengua era una lija pegada al paladar. Alex abrió los ojos con un esfuerzo titánico. La luz que se filtraba por las persianas cerradas le atravesó los globos oculares como un punzón.
Estaba en una cama desconocida. No era la suya. Las sábanas olían a suavizante barato y a un perfume que le resultaba vagamente familiar. Giró la cabeza, un movimiento que provocó una nueva oleada de náuseas. A su lado, dormida de espaldas y con la boca entreabierta, estaba Maya. Su cabello rojo oscuro se esparcía sobre la almohada como un halo desordenado.
Y a los pies de la cama, enrollado como un fideo en una manta y roncando suavemente, estaba Kane.
La confusión fue absoluta. ¿Qué había pasado? Intentó reconstruir la noche. La fiesta. La música. La bolsita de plástico con el polvo blanco que brillaba… «Pad». El recuerdo llegó como un fogonazo, seguido de un vacío aterrador. Recordaba la euforia inicial, la sensación de poder… y luego… nada. Solo fragmentos desordenados: luces que se convertían en serpientes, el suelo inclinándose, y una sensación abrumadora de pánico, de estar atrapado en un lugar oscuro y verde.
Con cuidado, para no despertar a nadie, se sentó en la cama. El mundo giró a cámara lenta. Buscó a tientas sus pantalones, tirados en el suelo junto a un vaso de agua medio vacío. Los revisó. La cartera estaba ahí, y en el bolsillo, su teléfono. Lo sacó y pulsó el botón. La pantalla iluminó su rostro mustio en la penumbra: 12:17 PM. Era martes. Había perdido la mañana.
La realidad de la hora y el día le golpeó con la fuerza de un yunque. Mañana era miércoles. La entrevista. Un nuevo golpe de ansiedad, esta vez mezclado con la resaca, le hizo llevar una mano a la boca del estómago.
—Kane —logró croar, su voz apenas un susurro ronco. Su amigo no se inmutó—. Kane —repitió, más fuerte, pateando suavemente el bulto que formaba con la manta.
Kane se movió, gruñendo. Un ojo se abrió, vidrioso y con legañas.
—¿Qué?¿Qué pasa? —murmuró, confundido.
—Maya —llamó Alex, tocando su hombro con torpeza.
Ella se revolvió, quejándose. Abrió los ojos y lo miró sin reconocerlo por un segundo. Luego, la conciencia volvió a su mirada, junto con un rastro de la misma miseria que Alex sentía.
—Dios…mi cabeza —gimió, llevándose las manos a las sienes.
—¿Qué… qué pasó anoche? —preguntó Alex, mirando alternativamente a los dos—. Después de… lo de Rufus. No recuerdo casi nada.
Maya se incorporó lentamente, apoyándose en los codos. Kane hizo lo mismo, frotándose la cara como si intentara quitarse una máscara.
—Fue… intenso —dijo Maya, con una voz áspera—. Ese «Pad» es una mierda potente. A Kane y a mí nos subió como un cohete, pero a ti… a ti te sentó mal. Muy mal.
Alex sintió un hueco en el estómago. «Mal» era una palabra demasiado simple para lo que él intuía.
—¿Qué hice?
—Empezaste a sudar frío —continuó Kane, recostándose contra la pared y cerrando los ojos, como si relatarlo le costara energía—. Te pusiste blanco como la pared. Te sentaste en el sillón y te quedaste ahí, tieso, mirando al vacío. Luego, de repente, te levantaste como un poseído. Empezaste a gritar.
—Gritabas que te estaban persiguiendo —añadió Maya, su voz cargada de preocupación—. Que había «cosas pálidas». Que te querían agarrar. Echaste a correr por el salón como si el diablo te pisara los talones. Tuvimos que sujetarte entre Kane y yo. Fue… aterrador, Alex. Para nosotros también.
Los fragmentos de la pesadilla regresaron con fuerza brutal. La hierba alta. El silbido. Las siluetas esqueléticas. No había sido solo un mal viaje. Había sido una inmersión total en su miedo más profundo. La droga no había creado nada nuevo; solo había destapado la olla de presión que llevaba días hirviendo dentro de él.
—Nos costó Dios y ayuda calmarte —suspiró Kane—. Al final, te desplomaste. Te trajimos aquí porque era más cerca que tu casa y no queríamos dejarte solo.
Alex miró sus manos, que temblaban levemente. La vergüenza se mezcló con el miedo. Ellos no entendían. Para ellos, había sido una mala reacción a una droga. Para él, había sido una premonición. Una advertencia en alta definición, grabada a fuego en su mente.
—Lo siento —murmuró, sin saber muy bien por qué se disculpaba. ¿Por asustarlos? ¿Por haber vislumbrado el horror que le esperaba?—. No debería haber probado esa mierda.
Maya le puso una mano en el brazo.
—Tranquilo. Todos hemos tenido malos viajes. Pero, Alex… —su mirada se volvió seria—. Esas cosas que gritabas… ¿De que hablabas?
El silencio que siguió a la pregunta de Maya era espeso, cargado con el olor a alcohol rezagado y el sudor de la resaca. Alex bajó la mirada, clavándola en el dibujo de la manta, incapaz de sostener la preocupación sincera en los ojos de ella. Fue Kane quien, con un suspiro que pareció sacar el último aliento de energía que le quedaba, rompió el hielo.
—Es por el trabajo —dijo, su voz ronca por la sequedad y la fatiga—. En Ferrisghat. Ayer, antes de la fiesta, Alex se la pasó dando el discurso de que todo tiene una explicación lógica, que no cree en monstruos… —Hizo una pausa y lanzó una mirada significativa a su amigo, que seguía sin levantar la cabeza—. Pero es mentira. Está cagado de miedo. Y esa mierda de «Pad»… solo le sacó todo a la superficie.
Alex apretó los puños sobre la manta. No era justo. Kane lo estaba delatando, exponiendo su vulnerabilidad frente a Maya. La vergüenza por su explosión de la noche anterior se transformó en un calorcillo de irritación.
Maya frunció el ceño, su preocupación virando hacia la confusión.
—¿Ferrisghat?—repitió, como si el nombre le resultara tan absurdo como a ellos al principio—. ¿Para qué demonios quieres ir a trabajar allí? Alex, en ese lugar no hay nada para ti. Es… es un pueblo fantasma. ¿Por qué no buscas algo aquí, o te vas a Northpines?