La puerta de la central eléctrica no cedió de inmediato. Alex tuvo que empujar el pesado panel de metal con el hombro, y cuando finalmente se abrió, fue como cruzar el umbral de una cámara de aire hacia otro mundo. El sonido lo golpeó primero: un zumbido bajo, profundo y omnipresente que no solo se oía, sino que se sentía en el pecho, en los dientes, en los huesos. Era el latido del lugar, un ritmo industrial que vibraba a través del suelo de cemento y se impregnaba en el aire, que olía a aceite caliente, ozono y un polvillo metálico.
La recepción era un espacio frío y funcional. Una luz fluorescente parpadeante iluminaba paredes desnudas de un gris sucio. Detrás de un mostrador de formica vacío, había una silla giratoria y un teléfono antiguo. No había carteles de bienvenida, ni plantas, ni el más mínimo intento de hacer el lugar acogedor. Parecía el vestíbulo de una prisión de mínima seguridad.
Alex se quedó parado un momento, desorientado por el estruendo silencioso del zumbido. Esperaba... no sabía qué esperaba. ¿Un guardia de seguridad? ¿Un recepcionista? Solo había el vacío y el ruido constante.
-¿Buscas a alguien?
La voz lo hizo saltar. Provenía de un hombre con overol azul manchado de grasa que salía de un pasillo lateral. Llevaba una linterna colgando del cinturón y una expresión de fastidio en el rostro.
-Eh... sí -tartamudeó Alex, intentando que su voz sonara firme por encima del zumbido-. Tengo una entrevista con el señor Holloway. A las ocho.
El hombre lo miró de arriba abajo, sus ojos se detuvieron un instante en su camisa a cuadros, la más presentable que tenía.
-¿Eres el nuevo?-preguntó, con un deje de escepticismo.
-El... el candidato -corrigió Alex.
El hombre emitió un resoplido que pudo haber sido una risa o un simple bufido.
-Sígueme.
Sin más preámbulos, dio media vuelta y se adentró en el pasillo del que había salido. Alex lo siguió, sintiéndose como un escolar detrás de un prefecto. El pasillo era largo, iluminado por las mismas luces fluorescentes que parpadeaban intermitentemente. Las paredes de cemento sin pintar estaban recorridas por gruesos cables metálicos y tuberías que subían hacia el techo, donde el zumbido era aún más fuerte. Por las puertas abiertas que flanqueaban el corredor, Alex alcanzó a ver enormes salas con maquinaria reluciente: generadores del tamaño de camiones, tableros de control llenos de luces parpadeantes, todo en funcionamiento, todo contribuyendo al rugido sordo que llenaba cada rincón.
Era imposible hablar. Cualquier palabra habría sido devorada por el estruendo. Solo seguían caminando, y con cada paso, Alex sentía que se adentraba más en las entrañas de la bestia. El aire se volvía más caliente, más pesado. Empezó a sudar, no solo por el calor, sino por una claustrofobia creciente. Este lugar no estaba construido para el confort humano; estaba construido para albergar máquinas. Los hombres eran solo un añadido necesario, un engranaje más en un mecanismo demasiado grande para comprender.
Finalmente, el hombre del overol se detuvo frente a una puerta de madera oscura, mucho más sólida que las otras que habían visto. En ella, una placa de metal grabada rezaba simplemente: S. HOLLOWAY - DIRECTOR.
El hombre golpeó la puerta con los nudillos, un gesto rápido y sin ceremonia. Desde dentro, una voz seca, apenas audible por encima del zumbido, dijo: «Adelante».
El operario giró la manija y abrió la puerta lo justo para asomar la cabeza.
-El chico para la entrevista, señor Holloway.
-Que pase -respondió la voz desde dentro.
El hombre le hizo un gesto a Alex con la cabeza y se dio la vuelta, alejándose por el pasillo sin una palabra más, dejándolo solo frente al umbral.
Alex respiró hondo, intentando que el aire cargado de electricidad le diera valor. Ajustó inconscientemente el cuello de su camisa. Este era el momento. Empujó la puerta y entró en la oficina de Silas Holloway.
El contraste con el pasillo fue brutal. El zumbido, aunque aún presente, se había reducido a un murmullo lejano, amortiguado por los paneles de madera que cubrían las paredes. La habitación era amplia, ordenada hasta la obsesión. Un escritorio monumental y vacío, excepto por un teléfono y un ordenador, dominaba el espacio. Detrás de él, en un sillón de cuero que crujió ligeramente con su movimiento, estaba Silas Holloway.
Era tal como Alex se lo había imaginado: un hombre alto, de postura rígida, con el cabello gris peinado con rigurosa precisión. Su rostro era delgado, con facciones afiladas y una buela delgada y firme. Pero lo que más impresionó a Alex fueron sus ojos. Eran de un gris frío, como el acero, y carecían de cualquier calor o curiosidad. Examinaron a Alex con la misma atención impersonal con la que se revisa una pieza de maquinaria.
-Señor Holloway -logró decir Alex, cerrando la puerta tras de sí-. Soy Alex. Teníamos una cita.
Holloway no se levantó. No sonrió. Solo hizo un gesto casi imperceptible con la mano hacia la silla de madera que había frente al escritorio.
-Pase. Siéntese -dijo su voz, tan plana y carente de emoción como en el teléfono-. Hablemos de su futuro aquí.
La silla de madera era dura e incómoda. Alex se sentó, sintiendo la mirada de Holloway como un peso físico. El escritorio entre ellos era un abismo de madera pulida que separaba dos mundos: el de la autoridad impasible y el de la desesperación temblorosa.
—Bien, Alex —comenzó Holloway, entrelazando sus dedos largos sobre el escritorio vacío. Su voz no era hostil, pero era tan fría y precisa como el zumbido amortiguado de la central—. Empecemos por lo básico. ¿De dónde viene?
—De Revers Creek, señor —respondió Alex, intentando mantener la voz estable.
—Revers Creek... No tan lejos —repitió Holloway, como si catalogara la información—. ¿Y sus antecedentes? ¿Alguna experiencia en seguridad? ¿Turnos nocturnos?
—He tenido trabajos que requieren responsabilidad —dijo Alex, repitiendo la misma vaga respuesta que había practicado—. Aprendo rápido. Y puedo manejar la soledad.