El autobús lo dejó en el mismo desvío polvoriento a las 7:30 pm exactas. Esta vez, la parada no estaba desierta. La tarde estaba muriendo, tiñendo el cielo de un morado profundo y amenazador, y el viento que soplaba desde la Verdasca traía un frío cortante que se colaba hasta los huesos. El olor dulzón y podrido era ahora más fuerte, casi palpable, como si la noche intensificara su esencia. Alex ajustó la chaqueta y comenzó a caminar hacia la silueta de la central, que se recortaba contra el cielo crepuscular como una fortaleza abandonada por una civilización olvidada.
Al acercarse a la puerta principal, esta se abrió antes de que pudiera tocarla. En el marco, recortado por la luz amarillenta del interior, había un hombre. No era el operario de overol de la mañana. Este era más joven, quizá unos treinta y tantos años, con una complexión fornida que delataba algo de fuerza, aunque una ligera barriga sugería que esa etapa quizá quedaba atrás. Llevaba un uniforme de seguridad azul marino, un poco arrugado, y en su rostro cansado había una sonrisa fácil, casi de alivio.
-¡Ahí estás! -dijo con una voz más cálida de lo que Alex esperaba-. Pensé que te habrías echado atrás. Soy Marcos. El de las noches de dentro.
-Alex -respondió Alex, estrechando la mano que le ofrecía. El apretón fue firme, sincero-. No, aquí estoy.
-¡Bienvenido al infierno, entonces! -bromeó Marcos, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos, que parecían estar constantemente evaluando los alrededores-. Pasa, pasa, que aquí fuera ya empieza a ponerse feo.
Alex entró y Marcos cerró la pesada puerta. El zumbido, familiar y opresivo, los envolvió de inmediato.
-Vamos, te doy el tour express. Holloway es un pesado con los horarios -dijo Marcos, guiándolo por el mismo pasillo de cemento que Alex había recorrido por la mañana.
El Recorrido Interno:
Esto es lo aburrido -explicó Marcos, señalando las puertas cerradas-. Salas de generadores, cuadros de mando, la sala de servidores... mi reino. Mi trabajo es asegurarme de que todo este cacharro no explote. Aburrido como picar piedra, pero es mejor que estar fuera, te lo aseguro. -Llegaron a una pequeña sala con monitores que mostraban diferentes ángulos del interior de la central-. Esta es mi madriguera. Desde aquí veo todo lo que pasa dentro. Y esto -señaló un intercomunicador en la mesa- es tu línea directa con Dios. O conmigo, que en este turno es lo mismo. Si pasa algo, aprietas el botón y hablas. Nada de salir a investigar por tu cuenta. ¿Queda claro?
-Cristalino -asintió Alex, sintiendo un primer escalofrío. La regla era clara: el exterior era su territorio, pero estaba prohibido pisarlo.
-Bien. Ahora viene la parte bonita -dijo Marcos, y su tono perdió un poco de su jovialidad.
La Caseta:
Salieron por una puerta trasera que Alex no había visto antes, que daba directamente al exterior, en la parte trasera del edificio principal. La noche había caído por completo. La oscuridad era casi absoluta, rota solo por los potentes focos que iluminaban la explanada de gravilla y la fachada de la central. A unos cincuenta metros, pegada al muro perimetral como un crecimiento parasitario, estaba la caseta.
Era aún más pequeña de lo que Alex había imaginado. Un cubo de hormigón macizo, sin ventanas, sin adornos. Parecía un búnker de la guerra fría. No había nada hermoso en ella.
-Ahí es donde pasarás las próximas doce horas -dijo Marcos, entregándole una llave grande y pesada-. Es a prueba de bombas. O casi. La puerta es de acero reforzado, con tres cerraduras. -Marcos le mostró cómo funcionaban: una llave normal, una cerradura de seguridad con pestillo y una tranca manual de acero que se bajaba desde dentro-. Una vez dentro, bajas esta -dijo, señalando la tranca-. Y no la levantas por nada del mundo. ¿Nada? ¿Entendido?
Alex asintió, sintiendo el peso frío de la llave en su mano.
Al abrir la puerta (que se movió con un crujido sordo y pesado), el interior los recibió con una bocanada de aire viciado, a polvo y a café rancio. La caseta era un espacio claustrofóbico, iluminado por la misma luz fluorescente parpadeante. Las paredes de hormigón, de un grosor brutal, estaban desnudas. A la izquierda, contra la pared, había un sillón de oficina viejo y gastado, con la funda desgastada. Frente a él, un banco de cuatro monitores de seguridad mostraban vistas en blanco y negro y verde fantasmal de la zona: la valla perimetral, la hierba alta, los focos iluminando la nada. Bajo los monitores, un pequeño panel con un único botón grande y rojo: el comunicador con Marcos.
En un rincón, una mini heladera zumbaba débilmente. Marcos la abrió.
-Agua,refrescos, algún sándwich que parece de la prehistoria. Para emergencias. No esperes un menú gourmet.
Alex miró a su alrededor. Era una celda. Una celda de "alta tecnología", pero una celda al fin y al cabo. No había escape. No había distracciones. Solo él, las pantallas, el zumbido de la central y la oscuridad impenetrable al otro lado del hormigón.
-El protocolo es simple -resumió Marcos, de pie en la puerta, listo para salir-. Te sientas. Miras las pantallas. Si ves algo que se mueve y no es un zorro o el viento moviendo la hierba, me avisas por el comunicador. No sales. Repito: NO SALES. Da igual lo que veas, lo que oigas. Esta caseta es tu iglesia, tu castillo y tu ataúd por doce horas. La puerta se abre a las 8:00 am, ni un minuto antes. ¿Alguna pregunta?
Alex tenía mil preguntas. Sobre Bob. Sobre los silbidos. Sobre la mujer ahorcada. Pero miró la cara seria de Marcos y supo que ninguna tendría respuesta.
-No. Ninguna.
-Bueno -dijo Marcos-. Entonces, suerte. La vas a necesitar. -Le dio una palmada en el hombro, un gesto que pretendía ser de ánimo pero que solo transmitió pesar. Salió y la pesada puerta de acero se cerró tras de él.
Alex oyó el sonido de las llaves girando en las cerraduras, uno tras otro. Clac. Clac. Clac. Luego, el chirrido metálico de la tranca exterior siendo bajada.