Las puertas de ferrisghat

Capitulo 7: El huésped

La luz que se filtró por el pequeño respiradero de la caseta no fue un amanecer, sino un lento y grisáceo despertar del mundo. Alex no había vuelto a dormir. Después de la llamada de Marcos, cada minuto había sido una batalla contra su propia mente, contra la fatiga que le pesaba los párpados como plomos y la adrenalina residual que le hacía ver movimientos en los píxeles estáticos de las pantallas. El zumbido de la central ya no era un sonido externo; era una vibración que se le había instalado en el hueso, un eco sordo que resonaba en su cráneo incluso en los breves momentos de silencio absoluto.

Cuando el reloj de los monitores marcó las 8:00 am, un sonido metálico y liberador resonó en la puerta. Clac. Clac. Clac. Las cerraduras girando desde fuera. Luego, el chirrido de la tranca siendo levantada. La pesada puerta de acero se abrió hacia afuera, revelando la figura de Marcos, recortada contra la luz pálida de la mañana. Traía dos tazas de café humeante en una mano.

-Buenos días, soldado -dijo, con una sonrisa cansada que le llegaba un poco más a los ojos que la noche anterior. Le pasó una taza a Alex-. Sobreviviste.

Alex la tomó con ambas manos, sintiendo el calor a través del cartón. Era un gesto pequeño, pero humano, y después de doce horas de encierro inhumano, le pareció un regalo de los dioses.
-Gracias-murmuró, y su voz sonó ronca y extraña-. Sobrevivir es la palabra correcta.

Bebió un sorbo. El café era fuerte, amargo, y le quemó la lengua, pero le devolvió una chispa de vida al cuerpo.
-¿Todo tranquilo?-preguntó Marcos, mirando por encima de su hombro hacia la hierba alta, que bajo la luz del día parecía inocente, casi mundane.

-Sí. Nada que reportar -respondió Alex, evitando mencionar los golpes, los silbidos o la sombra fugaz. No después de la reacción de Marcos la noche anterior.

-Bien. Así me gusta -asintió Marcos-. Bueno, te vas a casa, duermes, comes algo que no sea un sándwich prehistórico, y... nos vemos hoy a las 8 pm de nuevo.

Las palabras cayeron sobre Alex como losa. Hoy a las 8 pm de nuevo. La realidad de su nueva vida se estrelló contra él con toda su fuerza. Doce horas de encierro, de tensión, de luchar contra el sueño y la paranoia, seguidas de... ¿qué? Doce horas para intentar dormir, comer algo rápido y volver a encerrarse. No había fin de semana, no había descanso. Era un ciclo perpetuo. Una condena. Sintió una punzada de autocompasión mezclada con un profundo agotamiento. Nunca había tenido un trabajo de verdad, nunca había entendido el peso agotador de la rutina, el lento desgaste del alma que suponía vender tu tiempo, pedazo a pedazo, noche tras noche. Era inocente, sí, y en ese momento, esa inocencia se quebraba bajo el yugo de la adultez.

-Sí... claro -logró decir, con una falta de entusiasmo que no pudo disimular-. Hasta esta noche.

Marcos le dio una palmada en el hombro, un gesto que empezaba a volverse familiar.

-Ánimo, chico. El primer turno es el peor. Te acostumbrarás.

Alex dudaba mucho de eso. Salió de la caseta, sintiendo las piernas débiles y el cuerpo dolorido por la mala postura y la tensión. El aire de la mañana, aunque frío y cargado del mismo olor dulzón, le pareció mil veces más puro que el aire viciado de su celda de hormigón. Caminó hacia la salida principal de la central, su mente ya nublada por la necesidad de dormir.

Justo cuando salía al camino de gravilla, una voz jovial lo detuvo.
-¡Buenos días, Alex! ¡Tu primera noche en las trincheras!

Era Leo, el jardinero. Estaba cargando una podadora en la parte trasera de una camioneta destartalada. Llevaba su misma gorra grasienta y una sonrisa amplia y despreocupada que chocaba brutalmente con el estado de Alex.

-Buenos días, Leo -respondió Alex, forcejando por devolver la sonrisa.

-¿Y? ¿Cómo le fue al nuevo guardián de las Puertas? -preguntó Leo, apoyándose en la camioneta-. ¿Viste algún fantasma? ¿Oíste los aullidos del demonio? -Su tono era burlón, amigable, desmitificando por completo todo el horror que Alex había vivido.

-No, nada de eso -dijo Alex, y esta vez su sonrisa fue un poco más genuina-. Fue... aburrido, la verdad. Solo ruidos de la central.

-¡Eso es! -exclamó Leo, satisfecho-. Te lo dije. Puro cuento de viejas. Bob se volvió paranoico y se largó. Aquí lo único que te puede matar es el aburrimiento. -Se rió de su propio chiste-. Oye, y si quieres, un día de estos nos tomamos una cerveza después de tu turno. Te presento a un par de amigos. Gente normal, no como los agoreros de por aquí.

La oferta era tentadora. Una conexión con la normalidad, con gente que no veía monstruos en cada sombra.

-Suena bien, Leo. Gracias... Pásame tu número así lo agendo.

-Buena idea- Leo le pasa su número y Alex lo agenda en su teléfono con el sobrenombre "Leo Trabajo"

-Bueno Leo mándame cuando quieras.

-¡Dale! Ahora vete a descansar, te ves hecho polvo.

Se despidieron con un gesto y Alex continuó su camino hacia la parada del autobús. La breve charla con Leo había sido un bálsamo, un recordatorio de que existía un mundo fuera del miedo y la conspiración. Tal vez, solo tal vez, Marcos y Leo tenían razón. Tal vez él estaba dejando que su imaginación y el cansancio lo arrastraran a la paranoia de Bob.

El viaje en autobús fue un borrón. Se durmió casi de inmediato, cabeceando contra la ventana fría, y solo despertó cuando el conductor anunció su parada en Revers Creek. Caminó hasta su edificio en un estado de sonambulismo, las piernas moviéndose por inercia.

Al abrir la puerta de su apartamento, la recibió el mismo desorden, el mismo olor a encierro y derrota. Pero ahora, ese espacio le parecía un santuario. Estaba exhausto, pero había sobrevivido. Había ganado su primer sueldo, o al menos, la promesa de uno.

Se dejó caer en el sillón, que exhaló su quejido de siempre. No tenía hambre; había picado algo de la mini heladera de la caseta durante la noche. Solo tenía sueño. Un sueño profundo, pesado, que prometía arrastrarlo a un abismo sin sueños. Pero antes de que los párpados le vencieran, una última thought lo recorrió: había pasado su primera noche. Había escuchado los ruidos, había sentido el miedo, había conocido el secreto de las dos desapariciones. Y lo había logrado.



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En el texto hay: muertesymisterios

Editado: 15.01.2026

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