Las puertas de ferrisghat

Capitulo 8: Segundo turno

El sonido de la alarma no fue un despertar, sino un regreso. Alex no había estado profundamente dormido; había estado flotando en una capa superficial de inconsciencia, justo debajo de la cual acechaba el recuerdo de la figura pálida, el olor a podrido y el peso fantasmal sobre su cama. Cuando el timbre estridente cortó el silencio de la tarde, su cuerpo se tensó de inmediato, cada músculo recordando el pánico de horas antes.

Abrir los ojos fue un acto de valor. La luz anaranjada del atardecer se filtraba por la ventana sucia, bañando el desorden de su apartamento con una calidez que ya no sentía. Su mirada fue directamente a la puerta de su dormitorio, cerrada. La había dejado así, como una barrera simbólica. Luego, al espacio debajo del sillón, donde había pasado el resto de la noche acurrucado, temblando.

Se levantó, sintiéndose como un extraño en su propio cuerpo. Los movimientos eran lentos, pesados, como si llevara una armadura invisible de agotamiento y terror. El apartamento, normalmente una extensión de su apatía, ahora parecía un campo de batalla. Cada sombra en el rincón era un recordatorio, cada crujido del edificio un presagio.

Se dirigió al baño, Al encender la luz, se vio en el espejo. Parecía haber envejecido diez años. Ojeras profundas como moretones, piel pálida, ojos vidriosos que reflejaban una confusión profunda. ¿Qué había pasado? ¿Fue real? La lógica le gritaba que no, que era una pesadilla inducida por el estrés, un episodio de parálisis del sueño. Pero sus sentidos, la memoria vívida del olor, la imagen de aquellos pies pálidos y rojizos... eso no se sentía como un sueño. Se sentía como una memoria. Una memoria imposible.

Se lavó la cara con agua fría, frotándose la piel con fuerza, como si pudiera limpiar no solo la suciedad, sino la impresión de lo sobrenatural. El agua corrió por su rostro, pero la sensación de inquietud permaneció, incrustada en su ser.

La transición de su apartamento al mundo exterior fue como cambiar de dimensión. Al salir, el aire de la ciudad le golpeó, cargado de los olores familiares a escape y comida rápida, pero ahora le parecieron falsos, una delgada capa de normalidad sobre un abismo de locura. En la parada de autobús, rodeado de gente que volvía a sus casas, de sus vidas normales, se sintió como un impostor. ¿Cómo podían estar tan tranquilos? ¿No sentían que el mundo podía agrietarse en cualquier momento y dejar salir cosas que no deberían existir?

El autobús llegó. Subió y se sentó junto a la ventana. El trayecto fue un trance. Esta vez, no miró el paisaje. Miró su propio reflejo en el cristal, una figura fantasmagórica superpuesta a la oscuridad creciente. Cada vez que el autobús frenaba o aceleraba, su corazón se estremecía, esperando... no sabía qué. Un silbido. Un olor.

A medida que se acercaban a Ferrisghat, el cambio en la atmósfera fue palpable. La luz se desvaneció, el aire se volvió más frío y ese olor, ese dulzor podrido, comenzó a filtrarse nuevamente, como si lo hubiera estado esperando. No era su imaginación. Estaba ahí. Y con él, regresaron los ecos de la noche anterior, multiplicándose en su mente.

Bajó en la misma parada desolada. La noche estaba por caer sobre Ferrisghat, y la oscuridad aquí era diferente. Era activa, consciente. Caminó por el camino de gravilla, sintiendo la mirada de la hierba alta en su nuca. Cada susurro del viento entre los tallos le parecía un murmullo, cada sombra que se movía en su visión periférica era una silueta alta y pálida que se desvanecía justo cuando él giraba la cabeza.

Finalmente, llegó a la puerta principal de la central eléctrica. Se detuvo frente a ella, sin tocar aún. El edificio de hormigón se elevaba ante él, silencioso y ominoso. Ya no era solo un lugar de trabajo. Era el origen. El lugar donde Bob había enloquecido, donde Steve había desaparecido, el epicentro de la pesadilla que ahora parecía estar filtrándose en su vida, persiguiéndolo hasta su propio apartamento.

Levantó la mano para golpear la puerta, pero vaciló. Respiró hondo, conteniendo el temblor que quería apoderarse de sus dedos. Entrar significaba aceptar. Significaba sumergirse de nuevo en el zumbido, en la soledad de la caseta, en la posibilidad de que los golpes y los silbidos no fueran su imaginación. Significaba enfrentarse a la idea de que lo que había vivido en su casa no había sido un sueño, sino un aviso. Una visita.

Con un último esfuerzo por aferrarse a la cordura, Alex cerró el puño y golpeó la puerta. El sonido resonó, seco y final, en la noche silenciosa. Ahora no había vuelta atrás. La segunda noche estaba a punto de comenzar, y Alex entraba en ella no como un empleado desesperado, sino como un hombre que había visto el abismo mirarlo de regreso desde el lugar más seguro que conocía: su hogar.

El sonido de los cerrojos al descorrerse desde el interior fue tan abrupto como un disparo en el silencio de la noche. La pesada puerta de metal se abrió unos centímetros, revelando un ojo y una parte del rostro cansado de Marcos. Al ver a Alex, su expresión se suavizó en un gesto de reconocimiento y abrió la puerta por completo.

-Ahí estás -dijo Marcos, con una voz que sonaba áspera por las horas de turno ya acumuladas-. Pasa, pasa rápido.

Alex cruzó el umbral, y el familiar zumbido de la central lo envolvió como un manto pesado y vivo. El contraste con el silencio exterior era siempre brutal, pero esta noche el sonido le pareció especialmente agresivo, como si hubiera aumentado su frecuencia o su intensidad.

-Hola, Marcos -logró decir Alex, intentando que su voz no delatara el torbellino interno que lo consumía.

Marcos cerró la puerta, asegurando los cerrojos con una precisión que ya era rutinaria. Luego, se volvió y miró a Alex con más atención, escudriñando su rostro a la luz mortecina del vestíbulo.
-Oye,¿estás bien? Te ves... peor que anoche. ¿Lograste dormir algo? Porque no quiero que te quedes dormido ahí afuera, ¿entiendes? -Su tono no era de regaño, sino de genuina preocupación, teñida de la experiencia de saber lo que significaba un descuido en ese lugar.



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En el texto hay: muertesymisterios

Editado: 15.01.2026

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