Alex permaneció de pie en el centro del caos de su sala, como un náufrago en una isla de su propia miseria. El silencio del apartamento no era tranquilizador; era una campana de vidrio bajo la cual resonaban los ecos de la noche: el martilleo en la puerta de acero, la voz quebrada de "Steve", el zumbido orgánico, el crujir de la gravilla bajo un peso invisible. Su mente, entumecida por el shock, rebotaba entre esos recuerdos y la imagen grabada a fuego de los arañazos en el metal. Aún no procesaba la totalidad del horror; era como si su psique se negara a abrir esa puerta de golpe, dejando solo entrar la luz cegadora y devastadora de la verdad.
Finalmente, sus piernas cedieron y se dejó caer en el sillón. El mueble crujió, un sonido tan mundano que por un segundo lo ancló a la realidad. Respiró hondo, intentando ordenar el caos en su cabeza. "Estoy en mi casa. Estoy a salvo. Eso... eso de anoche fue... algo de allí. De Ferrisghat." Se aferró a esa frágil esperanza, la idea de que el horror tenía fronteras, de que no podía seguirlo hasta aquí, a su refugio.
Fue en ese preciso instante de frágil negación cuando la puerta de su apartamento retumbó con tres golpes secos, fuertes y urgentes.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Alex saltó del sillón como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. Un grito ahogado se le escapó de la garganta. Su corazón, que apenas se calmaba, se disparó de nuevo contra sus costillas. Su cuerpo reaccionó con puro instinto, girando hacia la puerta con los puños apretados, los ojos desencajados, esperando encontrar la madera combándose bajo la embestida de algo pálido y silbante.
-¡Bro! ¡Abre las puertas, que se nos hace tarde! -rugió una voz desde el otro lado. Era áspera, familiar, y estaba teñida de una impaciencia completamente humana. -¡Tenemos que llevar a Maya!
La voz de Kane.
La realidad, la normal y cotidiana, irrumpió en su tormento privado con la sutileza de un camión. Alex parpadeó, confundido, mirando la puerta que seguía intacta. Luego, el significado de las palabras penetró en su conciencia. Northpines. El paseo. Lo había olvidado por completo.
-¡Ahí va! -logró gritar, con una voz que sonó ronca y extraña.
Con manos que aún temblaban, pero ahora por un cóctel de adrenalina residual y vergüenza, descorrió los cerrojos y abrió la puerta.
La escena que encontró fue un bálsamo y un golpe al mismo tiempo. Kane estaba allí, con su melena pelirroja desordenada por el viento y una chaqueta de cuero raída. A su lado, Maya lo miraba con una sonrisa expectante, envuelta en un abrigo color mostaza. Detrás de ellos, en la calle, estaba el auto viejo pero funcional de la madre de Kane. Era una imagen de una vida normal, de planes sencillos, de una camaradería que él casi había olvidado en las últimas cuarenta y ocho horas.
-¡Por fin, dormilón! -exclamó Kane, y sin más preámbulos, lo envolvió en un abrazo fuerte y despreocupado.
Maya hizo lo mismo, su abrazo fue más suave pero igual de sincero. -Nos alegra que hayas podido venir, Alex -dijo, y en sus ojos había un destelo de la preocupación de los días anteriores, ahora disipada por la simple alegría del plan.
El contacto físico, la calidez humana, fue tan abrumadoramente normal que a Alex le costó procesarlo. Se sintió rígido por un segundo, todavía atrapado en la paranoia de la caseta, antes de rendirse y devolver los abrazos débilmente.
-Pasen -logró decir, apartándose para dejarlos entrar, sintiendo cómo el mundo real, con su desorden y sus olores a pizza y polvo, reclamaba su espacio, empujando momentáneamente a los fantasmas de Ferrisghat a los confines más oscuros de su mente.
Kane y Maya entraron al apartamento, y la energía del lugar cambió instantáneamente. La pesada atmósfera de soledad y paranoia se disipó un poco, reemplazada por el bullicio de sus presencias. Kane se dejó caer en el sillón como si fuera suyo, mientras Maya recorría el espacio con una curiosidad suave, sin juzgar, solo observando los cómics apilados y las cajas de pizza como si fueran piezas de un rompecabezas que era Alex.
-Oye, ¿te habías olvidado o qué? -preguntó Kane, estirando las piernas-. Te mandé like diez mensajes.
Alex cerró la puerta, sintiendo por primera vez que no era una barrera contra el mundo, sino simplemente una puerta.
-No, no me olvidé -mintió, pasándose una mano por el rostro-. Es solo que... me estaba durmiendo. Tuve una noche jodida en el trabajo.
Maya, que estaba examinando la portada de "The Lightning", giró hacia él. Su mirada era perceptiva.
-Alex, si estás demasiado cansado, en serio, no hace falta que vengas. Podemos hacerlo otro día. No queremos que sea una obligación.
La salida estaba allí. Podía decir que sí, que estaba agotado, encerrarse de nuevo y sumirse en su propio terror en soledad. Pero la idea de volver a quedarse solo en ese apartamento, con los recuerdos de la noche y la visita de la cosa en su dormitorio, le resultó de repente más aterradora que enfrentar la preocupación de sus amigos.
-No-dijo, con más firmeza de la que sentía-. No se hagan problema. Voy a ir. Necesito... salir.
Kane, que había estado observándolo con atención, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su expresión burlona se había esfumado, reemplazada por una seriedad inusual.
-Oye, hermano -dijo, su voz más baja-. Estás blanco como la pared y tienes unas ojeras que te llegan a la barbilla. Dijiste que todo fue "aburrido" anoche. Pero esto no es cara de aburrimiento. Esto es cara de... -hizo una pausa, buscando la palabra- ...de susto. ¿Quieres contar? ¿Qué pasó en esa "noche jodida"?
Alex los miró a ambos. A Kane, con su lealtad a prueba de balas, y a Maya, con su empatía silenciosa. Eran el ancla que lo mantenía atado a la orilla de la cordura. Y en ese momento, el muro que había construido a su alrededor, compuesto de negación y orgullo, se resquebrajó.
Se dejó caer en el único sillón libre, frente a Kane, y apoyó la cabeza en sus manos. La historia comenzó a salir, primero en trozos, luego en un torrente imparable. No les contó la versión edulcorada. Les contó todo. Los golpes secos y aislados que había racionalizado. La sombra fugaz en la hierba. Y luego, la segunda noche. El martilleo furioso. La voz quebrada y antinatural que se hacía llamar Steve. El olor a podrido que se colaba por las rendijas. El zumbido orgánico. Su propio pánico, agarrándose al comunicador mientras Marcos le gritaba que no abriera. Y finalmente, las marcas. Esos arañazos largos, pálidos y profundos en el acero de la puerta, la prueba física e innegable de que no había sido su imaginación.