Las puertas de ferrisghat

Capitulo 10: El reflejo de otro mundo

Northpine se extendía ante ellos no como una ciudad, sino como un sueño de ciudad, un espejismo de normalidad y vida que a Alex le parecía casi ofensivo en su intensidad. Después de la paleta gris y ocre de Revers Creek y el sepia opresivo de Ferrisghat, los colores aquí eran agresivos. Letreros de neón anunciaban cafeterías de cadena con nombres optimistas, escaparates de tiendas de ropa exhibían maniquíes ataviados con prendas que Alex solo había visto en internet, y las fachadas de los edificios, aunque no nuevas, estaban pintadas de tonos vivos: azules, amarillos, rojos.

El "Cardenal" avanzaba lentamente por una avenida principal, atrapado en un tráfico ligero pero constante. Alex, con la frente pegada al cristal de la ventanilla, observaba el espectáculo con la mezcla de asombro y desconcierto de un explorador que llega a una civilización desconocida. Revers Creek era un suspiro cansado; Ferrisghat, un gemido de agonía. Pero Northpine… Northpine gritaba. Gritaba con el claxon ocasional de un auto, con la música de moda que se filtraba desde los negocios abiertos, con el murmullo constante de gente conversando en las esquinas.

Los olores también eran nuevos, una cacofonía nasal que reemplazaba el hedor único de la podredumbre. El aroma dulzón del café recién hecho se mezclaba con el de la comida rápida, el del asfalto caliente por un rayo de sol fugaz, y el de un perfume caro que una mujer dejó a su paso en un semáforo. Para Alex, cuyos sentidos habían sido secuestrados por el terror y la miseria, era un bombardeo abrumador.

Pasaron frente a un cine multiplex, su marquesina iluminada anunciando películas de superhéroes y comedias románticas. Alex vio el cartel de una película de "The Lightning" y un escalofrío irónico le recorrió la espalda. Aquí, su héroe escapista era solo entretenimiento, un producto más en un mundo que no necesitaba escapar porque, aparentemente, ya estaba a salvo.

Las paredes de los edificios laterales y los callejones estaban cubiertas de graffiti. No eran simples firmas, sino murales elaborados, explosiones de color y forma que hablaban de rabia, de esperanza, de aburrimiento urbano. Dragones serpentinos junto a retratos realistas, consignas políticas junto a tags ilegibles. Era el caos, sí, pero era un caos vivo, un caos que gritaba "estamos aquí", no el silencio mortal que gritaba "huye" en Ferrisghat.

El contraste era tan brutal que a Alex le costaba procesarlo. Esto era lo que la gente llamaba "mejorar", "progresar". Esto era a lo que Maya había "escapado". Por un momento, una punzada de amargura y envidia lo atravesó. ¿Era esto lo que él había perdido? ¿O era solo otra capa de pintura sobre el mismo vacío?

Después de unos minutos de conducir en silencio, absorbidos por el nuevo entorno, Alex se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en los respaldos de los asientos delanteros.

—Kane— dijo, su voz sonando extraña después de tanta observación silenciosa. —¿Sabes por dónde debemos ir para llegar a… a "Las Colinas Grises"?

Kane, que estaba siguiendo el GPS de su teléfono con una expresión de concentración fingida, frunció el ceño. Bajó la ventanilla para orientarse mejor y aspiró el aire urbano como un sabueso confundido.
—Bueno— dijo, con una seguridad que sonaba completamente inventada —El nombre lo dice, ¿no? Colinas. Y Grises. Así que… busquemos unas colinas que se vean particularmente deprimentes—Señaló vagamente hacia el este, donde los edificios bajos daban paso a una ligera elevación del terreno cubierta de casas residenciales.

Maya, que había estado mirando con nostalgia los lugares que reconocía, se volvió.
—Yo no conozco mucho más allá de la cuadra de mi edificio y del centro comercial— admitió, con un deje de vergüenza. —Northpine es… más grande de lo que parece cuando solo vives en un rincón. Y un manicomio no es exactamente un punto de referencia turístico.

Alex asintió, sintiendo cómo la realidad de su misión volvía a asentarse sobre sus hombros, más pesada ahora contra el brillante telón de fondo de Northpine. No estaban allí para disfrutar de la ciudad. Estaban allí para adentrarse en una de sus sombras más profundas, a buscar respuestas en la boca de la locura. El contraste entre el bullicio colorido de la avenida y la fría institucionalización que imaginaba en el manicomio no podía ser más grotesco. Habían cambiado un tipo de horror por otro, pero el objetivo seguía siendo el mismo: encontrar una verdad que quizás fuera mejor dejar enterrada.

El "Cardenal" avanzaba a paso lento, explorando ahora calles laterales más tranquilas, donde las casas con jardines bien cuidados reemplazaban a los comercios. La incertidumbre sobre la dirección empezaba a teñir el ambiente dentro del auto con un leve tono de frustración. El GPS de Kane solo mostraba calles sin un destino claro para "Manicomio" o "Colinas Grises".

—Esto es como buscar una aguja en un pajar, pero el pajar es una ciudad pretenciosa— murmuró Kane, doblando en otra esquina idéntica a la anterior.

Fue entonces cuando vieron a un hombre mayor caminando con paso decidido por la acera. Llevaba una chaqueta de tweed a pesar del clima templado y empujaba un carrito de la compra vacío con una elegancia que parecía desaprobar el simple acto de caminar. Tenía el rostro serio, cincelado por arrugas de disgusto más que de edad, y miraba al frente con una fijeza que ignoraba por completo el mundo a su alrededor.

—Ahí— dijo Maya, señalando.
—Preguntémosle.

Kane asintió y, con una suavidad que demostraba su respeto (o su temor) por el "Cardenal", detuvo el auto junto a la acera. Bajó su ventanilla y, con su mejor sonrisa, una que intentaba ser respetuosa pero que siempre mantenía un deje de ironía, se asomó.

—Disculpe, señor— llamó, su voz sonando extrañamente alta en la calle tranquila. —¿Podría decirnos cómo llegar al hospital mental? Al… Manicomio de las Colinas Grises.

El hombre no se detuvo. Ni siquiera aminoró el paso. Giró la cabeza lo justo para que sus ojos, fríos y claros como vidrio, pasaran por encima del auto rojo y algo desgastado, sobre los rostros jóvenes de sus ocupantes, y luego volvieron a fijarse en el frente. No hubo un gesto de reconocimiento, ni una negativa con la cabeza. Fue una omisión tan completa, tan deliberada, que fue más hiriente que un insulto. Siguió caminando, el crujido rítmico de las ruedas de su carrito sobre el cemento marcando su alejamiento, un sonido que parecía decir "no están aquí".



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En el texto hay: muertesymisterios

Editado: 15.01.2026

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