Emily
Emily Osorio estaba teniendo un día de mierda que solo empeoraba a medida que pasaban las horas. Para empezar, cuando se despertó para ir a su trabajo de medio tiempo en una peluquería local —donde barre el cabello cortado, limpia la suciedad y ayuda a lavar la cabeza de las clientas—, recibió un mensaje de su jefa. Magaly le avisaba que no abriría porque no tenía citas. En Umbra, el dinero es tan escaso que un tratamiento capilar es un lujo que pocos se pueden permitir; por eso, era común que el negocio cerrara varios días a la semana.
Eso la dejaba solo con su segundo empleo: el turno nocturno en un bar. Allí se encargaba de servir a los borrachos del "basural", tipos que se gastaban lo poco que tenían con tal de intentar mirarles el cuerpo a las chicas de aquella lúgubre taberna de mala muerte. Era el trabajo que Emily más odiaba, ya que a menudo le tocaba echar a los clientes más agresivos. Siempre había tenido fuerza, a pesar de ser tan escuálida. «Estoy tan flaca por no alimentarme bien», pensaba a menudo. No sabía de quién había heredado esa potencia, pues no conoció a sus padres.
Vivió con su abuela toda la vida, hasta que esta enfermó y el gobierno se la llevó a un asilo. Es un protocolo habitual: a los ancianos se los llevan a la Ciudad Alta. Aunque parece un acto solidario, Emily sospecha que es para evitar que aumente la tasa de mortalidad en las calles. A los jóvenes los creman y a los viejos se los llevan, seguramente como tapadera de algo. «Creo que es para que pensemos que no son tan crueles».
Desde que la abuela se fue, la vida de Emily cambió: ahora debe cuidar de Eva, su hermana de seis años. Ella y su hermano siempre tienen que hacer malabares para ver con quién dejarla, ya que ambos trabajan de noche. Hace ocho meses, su hermano cambió de empleo y pudo estar con Eva todo el día mientras se acostumbraban a la rutina sin la abuela, llevándola a la escuela y ayudándola con las tareas. Pero ahora que él consiguió otro puesto, los horarios volvieron a complicarse.
Afortunadamente, lo llevan mejor de lo que esperaban. El empleo de Edrick, el hermano gemelo de Emily, consiste en atender un local de ropa que, por falta de compradores, siempre cierra temprano. Así, él puede quedarse con la pequeña Eva a partir de las nueve de la noche. Esto convierte a Emily en el principal soporte económico de la casa al mantener dos empleos. Aunque termina exhausta, no le importa: al menos le alcanza para cubrir los gastos básicos y llevar comida a la mesa, que es justo lo que fue a hacer ese día después de dejar a Eva en el jardín de infantes.
Fue por lo básico al mercado, una calle repleta de tiendas y puestos de comida, ropa o medicinas que ella conoce de memoria por haber ido con su abuela durante casi diecinueve años consecutivos. «Claro que creo que no cuenta cuando era solo una bebé», pensó con amargura.
Recorrió cada puesto en busca de los cereales favoritos de Eva; quería darle una linda sorpresa para cuando regresara de la escuela. Fue en ese preciso momento cuando los vio: los chicos ricos que habían estado apareciendo por esa parte de la ciudad desde hacía unos días. Era el mismo grupo que solía molestarla.
«Mierda, otra vez», se dijo, «son como un puto grano en el trasero».
Intentó no llamar la atención, si es que eso era posible midiendo un metro setenta y teniendo el cabello de un tono cobrizo tan poco común en ese lugar. Obviamente, no tardaron en verla. La líder, una niña malcriada de cabello oscuro y no mucho más baja que ella, giró bruscamente en su dirección en cuanto cruzaron miradas. Emily se dio la vuelta para evitar la confrontación, pues la chica no paraba de insultarla cada vez que se encontraban, pero el intento resultó inútil: en un parpadeo, ya la había alcanzado.
—¿Otra vez con esa ropa? —escuchó detrás de ella.
«Era Lira, la líder de estos niños ricos que, por alguna razón, disfrutan paseándose por este lado del charco. ¿Cómo me alcanzó tan rápido esta perra?», pensó Emily con fastidio.
—Déjame en paz —respondió sin girarse.
—Es que es imposible no verte. Pareces sacada de la basura.
En las palabras de Lira solo resonaba odio y asco. Emily apretó los dientes; no quería problemas, y menos hoy, que ya estaba de mal humor por haber perdido su turno de la mañana.
Pero, de repente, una mano tiró de su hombro obligándola a girar. El tirón fue tan brusco que tuvo que detenerse en seco para no caer al suelo. Lira la observaba con una expresión llena de prejuicio, típica de los de su clase, que poco a poco se fue transformando en una sonrisa maliciosa.
Detrás de ella, uno de los chicos de su grupo, un grandulón llamado Ben, se acercaba con paso pesado. Tras dedicarle unos cuantos comentarios a Lira, logró encender las alarmas y las risas de su séquito de imbéciles domesticados.
Emily ya se estaba preparando para lo que se avecinaba, así que no dudó en defenderse. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba retomando su camino por los puestos del mercado, pero no contó con una cara nueva. Aquella chica hizo que se detuviera en seco al lanzarle una pregunta.
Esta nueva integrante del grupo de los matones de clase alta era bajita, de cabello rubio ceniza y con una piel tan pálida y limpia que Emily no pudo evitar verla de arriba abajo. Intentaba entender cómo alguien que transmitía una vibra tan dulce y angelical podía llevarse bien con ese tipo de cucarachas bañadas en oro.
—¿Qué te importa, niña rica? —contestó Emily, dándose la vuelta y retomando sus pasos hacia casa.
Se pasó casi todo el recorrido de regreso pensando si realmente había sido correcta la forma en la que le respondió, ya que la joven parecía sentir una curiosidad genuina. Caminó esquivando baches llenos de agua estancada en las calles rotas y angostas por las que debía pasar para llegar a su pequeño hogar. Su casa no era la gran cosa, pero los protegía de la lluvia, las heladas y, en la próxima temporada de verano, del sol. Con su techo de madera, paredes de ladrillo y pisos de cerámica, resultaba bastante acogedora para tres personas. Tenía un espacio de cocina integrado a la sala y el comedor, un pequeño baño y un solo cuarto.
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Editado: 03.02.2026