Max
Desde que Max Arias vive con la familia que le dio un nuevo nombre y apellido, siempre ha intentado ser lo más servicial y agradecido posible. Por eso, ahora que faltan pocos meses para entrar en la Academia La Raíz —una reconocida institución de formación para futuros soldados, médicos e incluso científicos fieles a la corona—, se siente emocionado. Quiere demostrarle a la familia que lo rescató de las calles más oscuras de Umbra que puede ser un excelente soldado y, quién sabe, tal vez llegar a ser capitán como su queridísimo padre adoptivo.
Max es consciente de que aún le falta mucho camino por recorrer, además de las complicaciones que podrían surgir sabiendo que tiene como tía a Mar. Ese día, ella llegó de quién sabe dónde, completamente extasiada, y subió las escaleras a toda prisa para encerrarse en su cuarto.
El silencio que dejó tras de sí en el comedor, donde Max desayunaba con Mael y su abuela Mabel, fue tan pesado que los tres se quedaron mirándose unos a otros, llenos de preguntas mudas que ninguno se atrevía a formular: «¿Qué le habrá pasado?», «¿Habrá vuelto de una cita secreta con algún chico apuesto?».
Sin embargo, las dudas no pudieron durar mucho; en cuanto terminaron de desayunar, Mar bajó a toda prisa y se plantó frente a ellos con una determinación arrolladora.
—¡Encontré a mi chica! —espetó Mar, emocionada, en un tono alto pero no lo suficiente como para ganarse un regaño de Mabel.
—¿Sales con una chica? —preguntó Mael, levantando una ceja—. Me esperaría eso de este... —con el pulgar apuntó a Max, quien estaba dándole un sorbo a su café y casi se ahoga, tosiendo un par de veces mientras Mabel le daba unas palmadas en la espalda—. Pero de ti...
—¿Es linda? —preguntó Mabel, sonriente.
—¡Ya basta, no me expliqué bien! —comentó Mar, poniéndose de brazos cruzados y ladeando la cabeza—. Quiero decir que encontré a la primera persona para mi proyecto, ese que le propuse a oliver. —Hizo una pausa—. Ahora tengo que ir a ver si la encuentro, pero no creo que me permitan ir sola, ¿cierto? —Otra pausa—. Así que... ¿quién me acompaña? —preguntó extendiendo los brazos.
El primero en levantarse de la mesa fue Mael, bajo la mirada atenta de Mabel y Max.
—Yo no —le dijo él, imitando su entusiasmo de forma burlona—. Tengo trabajo que hacer. Ustedes dos son los que tienen vacaciones y juventud —dijo apuntándolos con el dedo índice, primero a Mar y luego a Max—. Así que sean buenos y háganse compañía. Nada de llamar mucho la atención en aquel lugar; esto va más por tu tono de voz, mocosa.
Mael llevó sus trastes a la cocina para lavarlos, dando por terminada su participación.
—Yo tampoco —dijo Mabel, esbozando una sonrisita—. Soy demasiado vieja para eso, además tengo mi clase de tejido.
Mabel también se levantó tras su hijo, dándoles un beso en la frente a Mar y a Max mientras les deseaba suerte, dejándolos finalmente solos. Mar observó a Max mientras este terminaba su café.
—¿Qué? —preguntó él. Max pensaba que, a veces, ella podía ser muy pesada, especialmente cuando algo se le metía en la cabeza.
«Solo quería desayunar tranquilo», pensó. «Ahora no puedo dejar de pensar en la reacción de Mael ante la idea de que traiga una chica a casa. Es culpa de Mar que ahora me pregunte cómo reaccionaría él, cuando ni siquiera me gustan las chicas. Pero si con ella reaccionó bien, ¿lo hará igual conmigo si traigo a un chico? ¿O me echará de la casa?».
Se perdió tanto en sus pensamientos que no se dio cuenta del momento en que Mar se sentó justo enfrente de él, con su propia taza entre las manos.
—¿Te falta mucho? —dijo Mar con una pequeña sonrisa, una tan parecida a la de su madre que daba escalofríos.
—Sí... ¿Te molesta?
—No, solo que... vienes conmigo, ¿verdad?
—¿Tengo opción?
—Claro que sí —respondió ella. Esperó unos minutos antes de seguir y le dio un sorbo largo a su café—. Pero quedará en tu conciencia si me llegara a pasar algo.
Lo dijo más como un intento de amenaza que como otra cosa, lo que provocó que Max soltara una carcajada.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella, fingiendo ofensa
—Está bien, voy —cedió él, volviendo a sus panqueques con miel y fresas.
Mar soltó un chillido de alegría, como si fuera una niña pequeña que acaba de recibir exactamente lo que pidió para Navidad.
—¡Gracias, gracias, gracias! —repitió con clara emoción—. Iré a cambiarme; esto llamó demasiado la atención allí —añadió, señalando su vestido de volados rosas con detalles en azul claro.
Se levantó de la mesa dejando atrás su taza de café a medio tomar. «Habrá pensado que le tomaría más tiempo convencerme», pensó Max mientras la veía desaparecer.
En un abrir y cerrar de ojos, ya estaban deambulando por las calles de Umbra. Para Max, el lugar estaba plagado de recuerdos horribles que no le había contado a nadie excepto a Mael, quien los guardaba bajo llave por petición suya. Mar le había descrito cómo lucía la chica que vio en el mercado: la que frenó a Ben con un solo movimiento.
Una vez allí, Mar decidió que era mejor separarse para abarcar más terreno; la única condición fue no salirse de la zona comercial. Así fue como Max llegó a una tienda de suministros. Era un sitio escaso, pero lo suficiente como para que hubiera un flujo constante de gente, ya que vendían lo básico: leche, cereales y algunas verduras (pocas, pero al menos había, a diferencia de otros puestos).
Allí fue donde lo vio. «Mar dijo cabello rojo y ojos azules».
Había un chico con esas mismas características. Max dudó, ya que buscaban a una chica, pero de igual forma se le acercó para comprobarlo. «Definitivamente no es una chica», pensó al estar más cerca. «Tiene exactamente los rasgos que me dio Mar, pero en versión masculina. Y es lindo».
—¿Hola? —saludó el chico pelirrojo.
Max no se había percatado de que se le había quedado viendo demasiado hasta que este habló, sacándolo de su trance.
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Editado: 03.02.2026