Las raices: umbra

capitulo 4

Emily

Emily seguía sentada en el sillón con una taza de su té favorito entre las manos, mientras veía un programa de juegos en la televisión vieja que tenían en la sala. El programa la estaba poniendo de los nervios porque los participantes no podían adivinar rápidamente las palabras. «Yo podría ser mucho mejor en ese juego», pensó ella, cuando el sonido de la puerta se abrió de golpe.

Edrick entró en la casa con la bolsa de comida y una expresión que Emily reconoció de inmediato: estaba ocultando algo. Emily lo observó mientras guardaba la compra; vio cómo metía el cereal en la alacena y la leche en el refrigerador mientras pensaba para sí misma: «Está demasiado serio, definitivamente algo le pasa». Se acomodó más erguida en su lugar para ver cómo Edrick se le acercaba con un paquete de sus galletas preferidas de vainilla.

—Toma —dijo Edrick, tendiéndole la caja.

—¿Qué te pasa? —soltó ella, con una ceja enarcada. Edrick se acomodó junto a ella en el sillón.

—¿Por qué?

—Por esa cara —espetó ella, mientras empezaba a sacar galletas de la bolsa—. Parece que viste a un fantasma.

—Peor —respondió Edrick, dejando el teléfono viejo sobre la mesa—. Vi a un niño rico. Me siguió desde el mercado.

Emily se tensó, dejando una galleta a medio camino. —¿Ben? ¿Volvieron para buscar pelea?

—No, este no era como los otros. Era... —Edrick hizo una pausa, recordando la mirada de Max— diferente. Menos ruidoso, pero igual de prepotente. Me preguntó por ti. Dice que su "tía", una rubia bajita, tiene una propuesta para nosotros. Algo sobre no tener que luchar cada día en este lugar.

Emily soltó una risa seca, sin rastro de alegría. —¿Una propuesta? ¿Desde cuándo los de la Ciudad Alta dan algo sin pedir el alma a cambio? Seguramente quieren una sirvienta nueva o debe ser para hacer algún trabajo sucio.

—No lo sé, Em. Pero anoté su número. Dijo que, si te interesaba, los viéramos en un lugar neutral. —Edrick la miró fijamente—. Tenía la misma desconfianza que tú cuando me dio el número.

—No los llamaré —dijo Emily tajante, levantándose de su lugar para prepararse para ir al trabajo—No insistas —le advirtió a su hermano.

Se puso un abrigo y salió hacia "El Refugio de Umbra", el bar donde trabajaba. A diferencia de otros bares de la zona que servían alcohol industrial que dejaba ciegos a los hombres, este lugar tenía suministros reales, aunque el ambiente fuera igual de peligroso. Pasó la noche esquivando manos largas y limpiando vasos sucios, rotos sin contar que también estaban siempre pegajosos , con la fuerza de sus brazos siempre lista para actuar por si algo se salía de control y se ponía fea la situación pero ese día no paso nada fuera de lo normal. «Qué día más aburrido», se dijo a sí misma mientras observaba las mesas que tenia que limpiar, emily no era especialmente amate de los tragos pero a veces se quedaba un rato charlando con sus compañeras y se bebía uno o dos, para la suerte de esta hoy no fue uno de esos días .

Fue una noche extrañamente tranquila. Emily no sospechaba lo que le esperaba en casa.

Al regresar, el silencio era diferente; no era la calma de la noche, sino un vacío pesado. Encontró a Edrick pálido y encorvado sobre la cama de Eva, pasándole un paño empapado por la frente. La niña respiraba con dificultad, con las mejillas encendidas por la fiebre. Emily miró a sus hermanos intentando que no se le notara la angustia que en realidad estaba sintiendo al encontrar aquella situación.

—No baja, Em —susurró Edrick con la voz quebrándose. Emily notó que le temblaban las manos—. Ha estado delirando.

Sin pensarlo, Emily buscó rápidamente la cobija con figuras de animalitos que tanto le gustaba a su hermana y la envolvió en ella. «Debemos irnos», pensó Emily antes de poder pronunciarlo.

Salieron a las calles de Umbra, donde la niebla del bosque cercano empezaba a hacer presencia como nubes grises y el sonido de la gente que se embriagaba alegremente se empezaba a oír en las esquinas. «Mierda, hoy sí que está helando», pensó Emily, apretando a Eva contra su pecho para darle calor mientras esquivaba los baches llenos de agua del suelo.

Llegaron a la casa de las Jover, una construcción pequeña que siempre olía a medicina y se notaba siempre limpia. «Huele a enfermería», se dijo Emily mientras golpeaba la puerta con desesperación. Kate, una chica de manos suaves, y su madre las recibieron de inmediato. Ambas, poseedoras del don del agua, se pusieron en marcha al ver el estado de la pequeña.

—El agua escucha el dolor de los niños —dijo Kate, sumergiendo sus manos en un cuenco.

El brillo azulado que emanaba de sus dedos mientras tocaba a Eva fue lo que finalmente quebró la resistencia de Emily. Pequeñas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, y Edrick, en un gesto silencioso, las limpió con una suave caricia de su pulgar.

Esa misma noche, las Jover permitieron que se llevaran a Eva a casa para que descansara en un lugar cómodo. La niña ya estaba estable, aunque seguía débil. Emily sacó del bolsillo el papel arrugado con el número de Max y miró a Edrick buscando una muestra de aprobación; esta llegó con un leve movimiento de cabeza de su hermano.

Emily marcó el número. «Esto es lo mejor para los tres», se repitió a sí misma como un mantra para darse valor.

—¿Hola? —dijo Emily cuando contestaron—. Soy la chica del mercado. Acepto hablar con ustedes. Pero no iré sola.

El encuentro se pactó para la noche siguiente en el bar donde Emily trabajaba. Eran las nueve y el frío arreciaba en Umbra. Eva ya se encontraba mucho mejor, así que la dejaron al cuidado de una amiga de confianza. Mar llegó vistiendo ropas inusualmente sencillas para alguien de la Ciudad Alta: una falda azul y una blusa blanca de mangas pomposas. «Al menos su abrigo tapa un poco su atuendo», pensó Emily al verla desentonar con el entorno grisáceo del suburbio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.