Emily
Acordaron con Mar que los gemelos y Eva se mudarían a la casa de esta una vez empezara el verano, que era exactamente en una semana. Ese plazo ya terminó y los gemelos estaban esperando ser recogidos por Mael, el hermano mayor de Mar. Estos están terminando de empacar sus cosas en bolsos de mano ya que no tienen muchas, y la mayoría son de Eva. Mientras Emily terminaba de recoger las últimas medias de Eva, se escuchó un motor fuera de la casa. «Debe ser el tal Mael», pensó Emily.
—Ed, ¿puedes salir a ver si es para nosotros ese ruido? —le pidió a su hermano en un tono de voz no tan alto; no quería que el tal Mael pensara que eran unos maleducados.
—Ya voy —contestó el pelirrojo que estaba en el sillón; sería su última vez sentado en aquel lugar—. Espero que no sea para nosotros —comentó Edrick volviendo a entrar en la casa.
—¡¿Qué?! —exclamó esta levantándose del suelo—. ¿Por qué?
Emily se asomó por su pequeña ventana. Lo vio.
Mael Arias es un hombre un poco intimidante con sus tatuajes en todo su brazo o su postura desafiante; también está el hecho de que mide casi un metro noventa, sin contar que es puro músculo. Emily y Edrick no son precisamente grandes: son delgados, un poco altos, con extremidades largas, pero para nada tienen musculatura, consecuencia de donde viven. Allí estaba Mael, recostado en el costado de su auto negro y reluciente. «¿Lo habrá lavado para buscarnos?». Llevaba una camiseta negra a juego con este y unos pantalones de jean. «Claramente sabe cómo no llamar la atención con su ropa, pero se le olvidó el detalle del auto». Mael al parecer se sintió observado, levantó la vista y con la mano saludó a Emily. Esta, descubierta, salió de su casa para saludar.
—Hola —dijo está acercándose—. Soy Emily, tú debes ser Mael.
Mael la miró de arriba abajo antes de decir algo; Emily se sintió un poco insegura.
—Tu mamá era fotocopiadora —mencionó este sin que llegara a ser una pregunta. Emily entendió de inmediato, recordando que su hermano había salido hace unos minutos antes, así que solo soltó una risita.
—Sí, soy Mael y tú debes ser la chica que hizo llorar a un gorila... sin ofender a los pobres gorilas.
—Sí, soy ella.
—Bien, ya están listos para que nos larguemos de aquí —este miró a su alrededor—. Sin ofender —aclaró este.
Emily fue a buscar a sus hermanos, los cuales ya estaban listos para ir a la parte cara de la ciudad. Edrick empezó a despedirse de cada parte de su casa, hasta de las manchas de humedad de las paredes. Él salió primero con Eva en brazos, seguido de su hermana melancólica. «Es por nuestro bien», se repetía a diario desde que aceptó la propuesta de Mar. Emily cerró la puerta detrás de ella y caminó hacia sus hermanos; la tristeza se les veía a los tres más de lo que les gustaría.
—Si siguen con esas caras de funeral, voy a cobrarles el viaje —soltó Mael. Sus tatuajes asomaban por todo su brazo derecho; Emily no le encontró forma a ninguno, eso sí, le dan un aire peligroso que hizo que ella se enderezara—. Vamos, suban. Su nueva vida está a punto de empezar —por fin este les regaló una sonrisa genuina.
Emily subió con la mirada baja, sintiendo que traicionaba a sus amigos, mientras Edrick no dejaba de tocar los asientos de cuero. Eva miraba por la ventana, confundida por el movimiento suave.
El viaje fue corto, pero el cambio de paisaje fue brutal: de los grises y marrones deprimentes de Umbra al mármol, piedra natural que vestía los edificios, casas y los jardines podados llenos de flores de la Ciudad Alta.
—Ya casi llegamos —comentó Mael.
La casa de Mar no era un palacio, pero para los gemelos los techos altos y la limpieza eran abrumadores, pero hermosos al mismo nivel. Mabel los recibió con un abrazo cálido que desarmó a Emily. Para los gemelos, la gente de la edad de Mael o Mabel era un poco incómoda de tratar, ya que no conocieron a sus padres. Según los rumores de su barrio, ambos fueron devorados por los monstruos del bosque, lo que ya sería un trauma más para ellos si fuera cierto aquello.
Emily sabe que Eva no lleva su sangre. La pequeña apareció un día en la puerta de la casa de la familia Osorio con una nota que solo pedía que la cuidaran. Esto era común en Umbra; a menudo terminan bebés en puertas de gente que se sabe que no podrían ignorar a estos pequeños. Ese fue su caso: no era un secreto que su abuela ayudaba mucho a la gente del barrio.
—Eva estará conmigo. Ustedes concéntrense en lo que Mar tiene planeado —dijo la mujer mayor con una sonrisa, llevándose a la pequeña a la cocina, donde ya olía a galletas recién horneadas. «Me parece dulce», le dijo con la mirada a su hermano; este solo asintió con una sonrisita. Mar, que estaba allí viendo la situación, habló.
—Vengan por aquí, por favor —indicó Mar. Los guió a un cuarto en el que había dos camas separadas, un armario y una mesita de luz. Justo allí se encontraba una ventana que daba al jardín de la familia, el cual le pareció hermoso a Emily: un lugar lleno de flores con una mesa de té en la que no le molestaría sentarse a leer en la paz de la flora.
—Es hermoso —la voz de Edrick la sobresaltó de golpe.
—Sí —contestó esta, aún sorprendida de su reacción; no por la voz de su hermano, sino por la situación. De repente estaban en un lugar super contrario a su hogar. ¿Pero por qué su hogar era tan hostil? ¿Por qué la gente aquí está tan bien y ellos tan mal? Los pensamientos de Emily eran incontrolables, pero decidió ignorarlos por ahora, ya que debían ordenar sus cosas; pasarían allí casi tres meses hasta mudarse al campus de la academia.
Esa noche, Emily batalló con el sueño. No podía dejar de tener pesadillas, las que siempre tenía cuando se sentía estresada. La misma pesadilla se repetía. Lo que pasó aquel día la destrozó, pero como solía hacer, esta solo ignoraba las cosas que la hacían sentir vulnerable. «Tengo que ser fuerte». «No debo darle atención a los sentimientos tontos», se decía a sí misma.
#746 en Fantasía
#364 en Thriller
#150 en Misterio
fantasia, monstruos asesino bosque embrujado, fantasía animales
Editado: 20.02.2026