Max
Las chicas se habían ido hace horas. Max llevaba bastante de un libro que estaba intentando terminar, así que decidió ir a la cocina por algo de comer. Vio que Edrick estaba en la puerta de esta, apoyado en el umbral; decidió ignorarlo por completo. «Lo que tiene de bonito, también lo tiene de molesto», pensó Max. Se dio cuenta de que este observaba cómo Mabel y Eva preparaban el almuerzo. Se volteó para verle la cara; lo miró fijamente para ver si podía adivinar su expresión. «Parece como si las estuviera analizando», se dijo a sí mismo. «Como si buscara algún tipo de comportamiento en Mabel que no le gustara, para poder interrumpir».
—¿Qué? —gruñó Edrick ladeando la cabeza—. ¿Por qué siempre te quedas viéndome así? —Frunció el ceño un microsegundo antes de cambiar la expresión a una más pícara—. ¿Te gusto o algo así? —le soltó este. Max enrojeció de vergüenza; algo que detestaba de sí mismo era cómo se perdía en sus pensamientos, perdido en un punto fijo—. Qué clase de fetiche tienen los niños ricos con nosotros los pobres —dijo negando con la cabeza.
—¿Qué? Claro que ninguno —contestó Max indignado—. ¿A ti qué te pasa? ¿Por qué estás aquí aislado y no las ayudas?
—Ni siquiera sé hervir un huevo; en Umbra apenas si se cocina.
—Aprende entonces.
—Eso se lo dejo a Eva, que aún es joven —le sonrió, separándose del umbral. Se cruzó de brazos y miró a Max—. Hablando de enseñanzas, ¿me enseñas a teñirme el cabello?
—¿Crees que me lo tiño solo? —dice Max llevándose una mano al cabello—. ¿Tu cabello es teñido?
Edrick se mordió el labio inferior intentando evitar soltar una carcajada que, de todas formas, soltó, haciendo que Max se volviera a poner rojo como una manzana.
—¡Ya para!
—¿Qué pasa ahí? —preguntó Mabel desde la cocina. Max sabe que si su abuela lo llega a ver así se pondrá aún más rojo, así que le gritó que nada y empujó a Edrick hacia la sala.
—Ya para.
—Es que, o eres muy inocente, o estás totalmente metido en tu mundo de lujos.
—Perdón... si quieres puedo llevarte con mi estilista —Edrick lo mira con el ceño fruncido, más por confusión que por enojo; este no puede creer que Max piense que puede pagar algo así.
—Dime que es broma. Estamos aquí de sanguijuelas sin poder aportar ni siquiera para el desayuno, ¿cómo piensas que voy a pagar eso? —Ladea la cabeza esperando la respuesta de Max.
—Te lo regalo.
—Eso no existe sin nada a cambio de donde yo vengo —de repente Edrick se pone serio—. Max... así empiezan las propuestas más horribles, y no pienso acostarme contigo ni muerto —volvió su semblante de extrovertido risueño—. Debe ser tan aburrido, sería un desperdicio de energía. O hacerlo con un pedazo de tronco.
—Eres un hijo de p... —Mabel le chifla para que se calle. Apareciendo en la sala.
—¿Qué pasa aquí?
—Max no quiere ayudarme con algo —dice Edrick fingiendo inocencia.
—Max, Edrick es invitado, ayúdalo en lo que te pide.
—Sí, abuela.
Max le hace un gesto con la mano para que lo siga al baño. Allí encuentra un tinte marrón oscuro, casi negro, de Mabel, que desde que le empezaron a salir canas se tiñe ella sola. Se lo muestra a Edrick.
—¿Te sirve este color?
—Sí, supongo. ¿Crees que tape el rojo?
—Yo qué sé.
Edrick pone los ojos en blanco y suspira. Toma una toalla, se la coloca en la espalda, mientras que Max fue por una silla.
—Toma, siéntate —acomoda esta enfrente del espejo—. Ya te advertí que no sé hacer esto, y no quiero oír ninguna broma más o comentario sugestivo. —Edrick hace un gesto como si su boca fuera un cierre que acaba de cerrar, que Max ve por el espejo—. Bien. —Max echa la mezcla en la cabeza del pelirrojo como si supiera lo que está haciendo, masajeando el cuero cabelludo para que, según él, tome mejor color—. ¿Por qué lo quieres de otro color?
—No me gusta. Nunca me ha gustado.
Esto sorprende a Max, que piensa que es un color hermoso.
—Es llamativo.
—Odio ser pelirrojo en general —suelta Edrick—. Odio mis pecas, los lunares, mis ojos... todo. —Max deja de esparcir la mezcla un minuto. «Pero si todo eso lo hace tan... bonito».
—¿Qué pasa?
Max se da cuenta de que se quedó demasiado quieto viendo un punto fijo otra vez. Al menos Edrick cumplió y no le comentó nada vergonzoso. Cuando estaba a punto de decirle algo, escuchan un ruido ahogado desde la puerta. Ambos voltean al mismo tiempo; Max piensa que lo va a regañar por usar uno de sus tintes.
—Te voy a comprar otro —alcanza a decir.
—¿Qué? El tinte no me importa, Max —dice Mabel con una mano en el pecho—. Pero ¿qué le has hecho en la cabeza a este pobre muchacho?
Max abrió mucho los ojos.
—¿Está muy mal?
—Edrick, querido, deja que arregle eso —la mujer apunta a su cabello.
—Si quiere —contesta Edrick con una timidez que no suele mostrar a menudo.
Así es como Mabel dejó el cabello de Edrick de un marrón oscuro. «No le queda mal, resalta sus ojos», se dijo a sí mismo Max, que lo veía desde la puerta del baño. Sacudió la cabeza al darse cuenta de que lo estaba viendo mucho.
«Mierda».
Max se dio media vuelta intentando alejarse de sus pensamientos.
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Editado: 20.02.2026