Las raices: umbra

Capitulo 9

Emily

Eran las siete de la mañana cuando Emily y Edrick se despedían de su hermanita. Pasaron más de dos meses en esa casa con ella, viendo lo bien que la trataba la señora Mabel; con paciencia y amor le enseñaba cosas. Ahora que los gemelos ya tenían que mudarse al campus, debían explicarle a la pequeña Eva que solo podrían visitarla algunos fines de semana. La niña entendió a la perfección; más aún cuando le dijeron que se quedaría con la señora Mabel, esta rebozaba de alegría.

—Quiero inscribirla a primer grado —dice Mabel—, pero necesito su aprobación para anotarla con nuestro apellido. Así no llamaría la atención de las autoridades. Aunque ella tenga el permiso de estar aquí, no pedimos uno para que pueda estudiar, y tomará tiempo. Si alguien se enterara, Oliver saldría a nuestro favor y no pasaría nada grave —comenta Mabel.

—Está bien por mí —dice Edrick con una sonrisa—. Le hará bien convivir con niños de su misma edad —mira de reojo a Emily, que asiente.

—Sí, me asegura que no pasará nada si la descubren —la voz de Emily intenta sonar firme, pero se nota un hilo tembloroso en ella—, si es seguro que el tal Oliver salga a favor de nuestra hermanita.

—Claro que sí, él no dejaría que nada malo le pasara a un niño; es un príncipe excepcional y amable. No vemos la hora en que cumpla los veintiuno y pueda tener más poder, voz y voto en el trono —comenta esta, como si estuviera hablando de un hijo más. Emily se pregunta a sí misma si sería posible que el príncipe cambiara las cosas.

Llegando a la academia en el coche de Max, ya que Mael y Mar fueron por los demás a Umbra, los gemelos están cada vez más impresionados con el lugar, lleno de un verde y colores de flores, de alumnos entrenando en esos espacios llenos de vida. A lo lejos se ve la academia. Max estaciona en la parte de los dormitorios del campus y, al bajarse, les dice:

—Vamos a esperar a los demás aquí.

—¿Qué? —gruñe Edrick—. Tengo hambre. Hace unos metros por allá vi una cafetería —apunta con el dedo hacia esa dirección—. Desayunemos, solo tomamos una taza de café antes de venir.

—¿En serio tienes hambre? —comenta Emily—. Estoy de los nervios, no creo poder comer nada —miente esta; la realidad es que teme que las cosas en aquel lugar estén demasiado costosas. Edrick le lanza una mirada con el ceño fruncido a su hermana—. ¿Qué? —Este le hace un puchero—. No tienes seis años, ya madura —le dice esta, moviéndole la cara a un lado, haciendo que Edrick suelte una risita que pone nervioso a Max.

—Bien, vamos a ver la cafetería —dice Max, ya caminando hacia el lugar, adelantándose a los gemelos, que se miran entre sí confundidos pero lo siguen de igual forma. El lugar está rodeado de arbustos llenos de flores de colores. A esa hora de la mañana se ven pocos alumnos, para suerte de ellos, así que eligen una mesa cerca de las flores. Max saca unas tarjetas de su billetera.

—Mar me pidió que esperara a que estén todos juntos —comienza a decir este—. El proyecto no solo se encarga de darles una beca para que estudien en la academia, sino que también se ocupa de sus gastos aquí. Pueden comer gratis en el comedor que está dentro del edificio principal, pero también les dan un sueldo que se depositará en estas tarjetas; es un monto bastante bueno de diez mil monedas —aquí al dinero se le dice monedas; diez mil sería como un sueldo intermedio—. Así que pueden usarlo para estas cosas, o para ropa u otros gastos personales.

Emily observa un rato su tarjeta incrédula. Nunca había tenido una, y mucho menos con tanto dinero. Entre ella y Edrick apenas alcanzaban a cobrar tres mil al mes; ahora, con ese monto, podía hasta comprarse cosas innecesarias o comprarle cosas a sus hermanos. Aunque Edrick también tenga esa cantidad de dinero, el chico mira su tarjeta con muchísima emoción y con una sonrisa.

—Puedo pedir uno de estos pasteles —dice apuntando uno de chocolate en la carta de postres con el dedo—, con un café también —chilla este de emoción.

—Tranquilízate —le espeta Emily—. Tienes que calmarte o no te va a durar ni una semana.

—Tienes razón —suspira—. Me voy a calmar, pero igual voy a pedir esto.

—¿No te parece que es mucha azúcar? —comenta Max.

—Ahí está otra vez —le dice Edrick a su hermana, que suelta una risita—. ¿Ves? Te lo digo siempre: es un aburrido.

—Solo digo que si vas a entrar a Forja tendrás que consumir menos azúcar —se defiende Max. Edrick le rueda los ojos.

—Ves, con esto estuve lidiando cada vez que me dejaban en la casa —espeta Edrick con tono burlón. Emily solo se sigue riendo—. Y me decías exagerado.

—Esperen, ¿hablaban de mí? —Max se dio cuenta de que las veces que Emily soltaba carcajadas con Edrick en el cuarto, hablaban de lo aburrido que era. Los gemelos lo miran conteniendo sus risas; Max se pone rojo como un tomate, haciendo que ambos estallen—. ¡Ya paren! —gruñe este con voz firme. Los gemelos se siguen riendo sin tomarlo en serio, pero llega la mesera a tomar su orden, así que se calman un poco. El desayuno más caro que se han permitido los gemelos en toda su vida.

Cuando terminaron, Mar le avisa a Max que ya llegaron a los dormitorios.

—Hey —saluda Iris con su puño cerrado. Emily se acuerda de la diferencia de edad que tiene ella con el resto de los chicos. >>Así debe ser como saludan hoy en día los niños<<, se dice a sí misma. >>Aunque no es mucha diferencia, solo son dos años o tres<<, pensó Emily mientras veía cómo se saludaban y se presentaban unos a otros.

—Acomodémonos bien primero, que después les enseñaré el campus —dice Mar—. Las chicas síganme, por favor. Y ustedes tres compartirán habitación —dice apuntando a Max, Edrick y Parker.

—No otra vez —comenta Edrick, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Max solo lo ve con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

Parker les sonríe.

—Genial, al menos tendremos caras conocidas en la habitación —comenta este entusiasmado—. Dime, ¿qué tal son las chicas aquí? —rodea con el brazo a Max para que solo ellos tres puedan escuchar.




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