Las reglas del olvido

Capítulo 4

—A pesar de las tácticas empleadas por uno de los participantes, la victoria se ha obtenido dentro de los márgenes permitidos. Por lo tanto, felicidades a los vencedores de esta ronda —declaró, ignorando los murmullos de descontento—. Que los herederos heridos sean atendidos de inmediato. Y ahora... que comience el enfrentamiento final.

Al escuchar el anuncio del Rey, los herederos se prepararon para el cierre de esta etapa. Mientras Katsuki e Inuyasha descendían a la arena con pasos pesados y miradas de fuego, Castiel aprovechó el último segundo de calma para encarar a su compañero. Con una voz gélida, cargada de una decepción profunda, el mitad ángel sentenció:
​—Ya seguí tu juego y tus reglas. Ahora las cosas se harán a mi manera. Y si no estás de acuerdo... no me importa perder la vista o la audición para asegurar que mi voluntad se cumpla.
​Shigaraki soltó una carcajada cínica, una nota de arrogancia pura que erizó la piel de los presentes. Con su habitual tono sarcástico, respondió:
​—Vaya, parece que el angelito finalmente perdió la paciencia. Bien, si tantas ganas tienes de liderar, no me opondré. Después de todo, ya obtuve la diversión que buscaba por hoy.

En cuanto se dio la señal, la arena estalló en un caos de poder. Katsuki e Inuyasha se lanzaron al ataque con una combinación de furia pura y una estrategia nacida del deseo de victoria, pero sus oponentes no cedieron terreno.
​El campo de batalla se dividió en dos mundos opuestos. Por un lado, el heredero demoníaco intercambiaba ataques con el príncipe de los lobos; Shigaraki se movía con una agilidad inquietante, mostrando una sonrisa divertida que contrastaba con la ferocidad de Inuyasha. Por otro lado, nuestro ángel, ahora firme en su redención, mantenía un duelo solemne y justo contra Katsuki. No había trampas ni palabras vacías, solo el choque del fuego de los dragones contra la luz ancestral, en una exhibición de poder que dejó a todo el castillo en un silencio expectante.

Conforme la batalla se prolongaba, el agotamiento empezó a mellar la resistencia de los herederos, afectando especialmente a Katsuki. Castiel, con una mente táctica impecable, había diseñado un plan de desgaste progresivo: mantenía un ritmo solemne pero constante, obligando al príncipe de los dragones a consumir sus reservas de energía en ataques que el ángel neutralizaba con elegancia.
​Mientras tanto, Shigaraki jugaba un juego mucho más oscuro. En vez de cansar físicamente a Inuyasha, decidió atacar su juicio, buscando que el heredero de Troyal se perdiera en la furia. Con una voz burlona y despectiva que cortaba el aire, Shigaraki soltó su veneno:
​—Fue tan fácil quebrar la mente de ese tonto chico peliverde... pero ahora que lo veo, tu voluntad parece aún más frágil. Te haré un favor: no usaré mi habilidad contigo. Considéralo un regalo, luego me lo agradeces.

Inuyasha sintió cómo la sangre le hervía tras el comentario de Shigaraki, pero en un destello de lucidez, decidió ser más inteligente que su oponente. En lugar de lanzarse al vacío, giró para auxiliar a su compañero en apuros. Sin embargo, el plan de Castiel ya había dado frutos: el agotamiento venció la guardia de Katsuki.
​Fue un solo error, un parpadeo, pero suficiente para que el ángel asestara un golpe final preciso y solemne. Al sentir la presencia de Inuyasha cargando hacia él por el flanco, Castiel fluyó como el viento, esquivando el ataque por un margen milimétrico. Ese microsegundo de descuido del príncipe de los lobos fue su sentencia; con un movimiento fluido y fulminante, Castiel también lo derribó.
​El estruendo de los cuerpos al caer fue seguido por un silencio absoluto en la arena. El enfrentamiento final había terminado.

Al terminar el combate, nuestro ángel vencedor tendió la mano a sus rivales para ayudarlos a levantarse. Aunque Katsuki e Inuyasha reaccionaron con su brusquedad habitual, no había rastro de rencor en sus ojos; el respeto se gana en la arena, y Castiel lo había logrado. Mientras tanto, Shigaraki se acercaba con paso lento y una mirada de triunfo oscuro, disfrutando del silencio que dejó la derrota de los príncipes explosivos.
​Desde sus tronos, los Reyes Evon y Eris anunciaron el fin de la etapa. Para sorpresa de los ocho reinos, la victoria oficial era para la improbable alianza de Castiel y Shigaraki.
​—La etapa final se realizará mañana —sentenció el Rey Evon—. Hasta entonces, todos los participantes permanecerán en el castillo para sanar sus heridas y recuperar sus fuerzas. Mañana, el destino de los reinos se decidirá definitivamente.

El eco de sus palabras marcó el inicio de una noche que prometía ser tan tensa como la batalla misma.




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