A la mañana siguiente, el salón principal se sentía extrañamente gélido. Los herederos estaban reunidos en el mismo sitio donde todo comenzó, pero el ambiente ya no era de simple competencia; la tensión se podía cortar con el filo de una espada.
Evon Evertri se adelantó, su sola presencia exigiendo un silencio absoluto. Con un gesto pausado, anunció el inicio de la fase final.
—Sé que han aguardado con inquietud este momento —comenzó el Rey, su voz resonando en las altas bóvedas—. Sin embargo, antes de proceder, deben comprender la naturaleza de este desafío. A diferencia de las pruebas anteriores, esta no medirá su destreza física ni su conocimiento académico. Esta prueba es para su mente y su alma.
Evon recorrió a los jóvenes con la mirada antes de continuar:
—Serán sometidos a un hechizo de inmersión profunda. Entrarán en una ilusión de la que solo podrán despertar al hallar el estandarte de su reino. Durante el trance, verán realidades distintas y enfrentarán sus propios laberintos internos. Pero tengan cuidado: aunque para nosotros solo transcurran cinco minutos, para sus mentes habrán pasado cinco largos meses de aislamiento. No se pierdan en sus propios pensamientos.
Mientras el Rey hablaba, Izuku sintió que el aire se volvía pesado. El pánico comenzó a trepar por su garganta como una hiedra fría. Apenas había logrado conciliar el sueño, con las palabras purgadas de las crónicas de Lumus martilleando en su cabeza. Si esa prueba hurgaba en el alma, ¿qué secretos vería el hechizo en él? El resplandor violeta del cáliz y la traición de la historia oficial eran una carga demasiado peligrosa como para llevarla a una ilusión donde no tendría control sobre sus propios miedos.
Mientras los Reyes guiaban a los herederos hacia el santuario donde se llevaría a cabo el ritual, el eco de sus pasos sobre la piedra era el único sonido que llenaba el pasillo. Katsuki, que no le quitaba la vista de encima al peliverde, notó que la rigidez de sus hombros no era la de un competidor nervioso, sino la de alguien que cargaba con un peso invisible.
Aprovechando un momento de distracción de la guardia real, se acercó a él con su arrogancia habitual, aunque sus ojos buscaban algo más.
—Oye, peliverde —soltó en un tono bajo pero mordaz—. ¿Por qué estás tan tenso? ¿Acaso crees que esta prueba es demasiado para ti o qué?
Izuku dio un pequeño salto, como si lo hubieran despertado de una pesadilla. Evitó la mirada carmesí de Katsuki, sintiendo que si lo miraba a los ojos, el rubio leería la verdad de los libros prohibidos.
—Oh, no... no es eso, Katsuki —balbuceó, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Es solo que no dormí bien anoche. Creo que no voy a poder dar lo mejor de mí hoy...
Era una mentira desesperada. Izuku sabía que no podía confiarle lo que había descubierto, mucho menos bajo el techo de Lumus y rodeado de los ojos vigilantes de los reyes. Solo podía rogar para que Katsuki no indagara más.
El rubio entornó los ojos, analizando el sudor frío en la frente de Izuku. No estaba convencido en absoluto; conocía a Izuku lo suficiente para saber cuándo el miedo era por la prueba y cuándo era por algo más profundo. Sin embargo, chasqueó la lengua y desvió la mirada, dejándolo pasar... aunque solo por esta vez.
Al llegar a la Gran Sala Ceremonial, el ambiente era pesado, cargado con el olor a incienso y magia antigua. Evon alzó la mano, dictando que todos se someterían al hechizo al mismo tiempo. Los herederos tomaron sus asientos en un círculo perfecto y, en cuestión de segundos, la conciencia de cada uno fue arrastrada hacia lo que todos creían ser una ilusión.
Sin embargo, estas "visiones" se sentían extrañamente diferentes a cualquier truco mental que hubieran experimentado antes. No eran imágenes borrosas; tenían peso, aroma y una nitidez que asustaba.
Por un lado, Denki despertó en una ilusión cálida y dorada. Se vio a sí mismo gobernando junto a Eijiro en una paz absoluta. En su propia mente, la ilusión de Eijiro era casi un espejo de la de Denki, solo que en la suya aún vivían la dulce anticipación del compromiso, soñando con el día en que sus coronas se volvieran una sola.
Pero el destino proyectaba sombras más complejas sobre otros.
Las ilusiones de Inuyasha y Shoto compartían un aura de misterio y nostalgia. Ambos se veían a sí mismos casados, viviendo una vida de plenitud, pero el rostro de sus parejas permanecía oculto tras un velo de luz. Aun así, el sentimiento era real: amaban a esa persona desconocida con cada fibra de su ser, aunque solo uno de esos dos caminos parecía tener la fuerza suficiente para sostenerse en el tiempo.
En otro rincón del hechizo, Shigaraki habitaba una ilusión donde Lumus ya no ostentaba el poder absoluto. Su propio reino gozaba de una autoridad imponente, aunque bajo la guía de alguien más. Lo que Shigaraki no entendía era por qué la extraña calma que sentía no nacía del respeto político, sino de un afecto profundo que su mente aún no se atrevía a reconocer.
Por el contrario, la ilusión de Castiel lo castigaba con su mayor temor: observaba desde las sombras cómo le arrebataban la corona de Lumus y alguien más tomaba su lugar en el trono.
Katsuki, en su trance, se encontró en una ilusión tan vívida que podía sentir el frío del metal de un anillo de compromiso en su bolsillo. Estaba a punto de pedírselo a Izuku, y su corazón latía con una ansiedad que se sentía demasiado física para ser un sueño.
Pero la ilusión de Izuku rompió cualquier molde.
Él no veía deseos ni futuros posibles. Sus pies se hundían en el barro real de un campo de batalla devastado. El cielo estaba teñido de un rojo violento y el aire sabía a ceniza y sangre. No era la guerra antigua de la que hablaban sus padres, ni una disputa entre los reinos conocidos; era una lucha contra una entidad malvada de un poder devastador.
Izuku caminaba por ese infierno creyendo que era una prueba de su mente, sin saber que sus ojos estaban viendo la historia de aquel Reino Olvidado que todos los demás habían decidido enterrar.
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fantasía épica y política, herederos y poderes únicos, misterio del noveno reino
Editado: 20.05.2026