Antes de que el primer carruaje se pusiera en marcha, Izuku, Shoto y Katsuki se apartaron del resto del grupo. Para los ojos de los Reyes y los demás herederos, solo era una despedida cordial entre compañeros que habían compartido semanas de pruebas intensas. Sin embargo, tras esa fachada de cortesía, las palabras que intercambiaban eran el primer cimiento de una revolución.
—Izuku, tú eres el que mejor conoce los textos antiguos —susurró Shoto, con la mirada fija en el horizonte para no levantar sospechas—. En cuanto llegues, busca cualquier rastro de ese Reino Olvidado en tus bibliotecas. Nosotros nos encargaremos de tantear el terreno y reclutar a quienes sean de confianza.
Katsuki asintió con una seriedad inusual, bajando el tono de voz para que solo ellos pudieran escucharlo:
—Mantendremos el contacto mediante cartas codificadas. Nada de mensajes directos; usen la clave que acordamos. Si una sola palabra cae en manos equivocadas, estamos muertos antes de empezar.
Izuku sintió un escalofrío, pero su determinación no flaqueó.
—Entendido. Nos mantendremos en las sombras hasta que sea el momento de reunirnos de nuevo.
Justo antes de que los guardias de Lumus les indicaran que debían subir a sus transportes, los tres se lanzaron una última mirada. Fue un contacto visual breve pero eléctrico; un pacto silencioso que confirmaba que, a partir de ese segundo, ya no eran solo herederos regresando a casa. Eran los arquitectos de una rebelión que estaba a punto de cambiar la historia de todos los reinos.
Sin mirar atrás, Izuku subió a su carruaje. El viaje hacia lo desconocido había comenzado.
Mientras el carruaje se alejaba de las tierras de Lumus, Izuku observaba el paisaje pasar a través de la ventana, con la mente sumida en un rompecabezas histórico. El desafío era inmenso: si los registros de la Gran Guerra habían sido destruidos en todos los reinos —a excepción de los archivos manipulados de Lumus—, ¿dónde podría encontrar la verdad?
Entonces, una idea cruzó su mente. Los actuales Reyes, incluyendo a sus propios padres, fueron protagonistas y testigos directos de aquel conflicto. Ellos portaban la memoria viva de lo que los libros habían borrado.
«Tengo que preguntarles», pensó Izuku con determinación. «Pero debo ser sutil. Un paso en falso y sospecharán que he descubierto el secreto que Lumus tanto protege». Su plan era claro: llegar a casa, observar y buscar el momento exacto para desenterrar los recuerdos de sus padres sin levantar alarmas.
A kilómetros de distancia, en sus propios transportes, Katsuki y Shoto trabajaban en la otra parte del plan.
Katsuki, con los brazos cruzados y la mirada feroz, ya tenía un nombre grabado en la mente: Eijiro. Conocía su sentido del honor y su valentía; sabía que si alguien era capaz de mantenerse firme cuando las cosas se pusieran feas, era él. Por su parte, Shoto analizaba las posibilidades con frialdad. Su mente se dirigió de inmediato a Inuyasha. Su naturaleza híbrida y su perspectiva externa a la política tradicional de los reinos lo convertían en un candidato ideal, alguien que no dudaría en cuestionar la autoridad de Lumus si la verdad fuera revelada.
Con estos nombres como punto de partida, ambos herederos comenzaron a formular planes de acercamiento. El tablero estaba listo y las piezas empezaban a moverse, cada una hacia un destino que cambiaría el futuro de sus reinos para siempre.
Sin darse cuenta, el traqueteo del carruaje de Izuku cesó. Al asomarse, las puertas de su hogar se alzaron ante él. Al bajar, fue recibido de inmediato por el calor de sus padres, quienes lo envolvieron en un abrazo lleno de alivio y ternura. Al darles la noticia de que había aprobado el examen, el orgullo en sus rostros fue radiante; lo estrecharon con más fuerza, celebrando su éxito con una alegría genuina. Mientras caminaba con ellos hacia el interior del castillo, Izuku sentía el peso de la culpa: disfrutaba de su cariño, pero sus ojos ya buscaban entre las sombras del palacio el rincón perfecto para iniciar su peligrosa investigación.
Por otro lado, la llegada de Katsuki fue distinta, pero fiel a su linaje. Sus padres lo esperaban en la entrada con una presencia imponente. Tras escuchar su respuesta afirmativa sobre el examen, el ambiente se llenó de una satisfacción ruda pero profunda. No hubo abrazos excesivos, pero sí gestos de respeto y palabras firmes que expresaban el orgullo que sentían por él. Katsuki entró en su fortaleza con la cabeza en alto, ya trazando en su mente el mapa para localizar a Eijiro.
En el reino de Shoto, el recibimiento fue el más gélido. Al pie de la escalinata, sus padres aguardaban con la solemnidad de las estatuas. Cuando Shoto anunció su éxito, las muestras de afecto de su padre fueron mínimas, casi mecánicas, limitándose a una validación del deber cumplido. Sin embargo, el contraste llegó con su madre, quien rompió el protocolo para abrazarlo con un cariño que Shoto correspondió en silencio. En su abrazo, él encontró la fuerza para recordar por qué estaba haciendo esto.
Al cruzar los umbrales de sus respectivos hogares, los tres herederos compartían un mismo sentimiento: la paz de estar en casa era solo una ilusión. La verdadera misión acababa de comenzar.
Después del emotivo reencuentro, Izuku se retiró a sus aposentos para trazar su plan de acción. Sabía que no podía interrogar a sus padres juntos; la agudeza de su madre era legendaria y ella notaría cualquier rastro de nerviosismo en su voz antes de que terminara la primera frase. Decidió que su primer objetivo sería su padre. Aunque lo conocía bien, no poseía esa intuición casi telepática de su madre, lo que le daba a Izuku un margen de maniobra.
Encontró a su padre en el estudio real, revisando algunos mapas de las fronteras. Tras una charla trivial sobre el viaje, Izuku respiró hondo y lanzó la pregunta, tratando de que su tono sonara como simple curiosidad académica.
—Padre, durante el examen en Lumus, vi algunos relieves antiguos que me hicieron pensar... —comenzó Izuku, acercándose a la mesa—. En los registros de la Gran Guerra que estudiamos, casi todos los estandartes están claros, pero, ¿alguna vez escuchaste de un reino que usara los colores violeta oscuro y lila? ¿Hubo alguien más en esa guerra que la historia oficial haya decidido omitir?
El silencio que siguió a la pregunta fue denso. Izuku observó atentamente la reacción de su padre, buscando cualquier cambio en su postura o un destello de reconocimiento en sus ojos que confirmara que esos colores no eran solo una coincidencia de su imaginación, sino el estandarte de la nación olvidada.
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fantasía épica y política, herederos y poderes únicos, misterio del noveno reino
Editado: 20.05.2026