Las reglas del olvido

Capítulo 11

Tras la intensidad de las revelaciones, Selene guio al grupo a través de las calles serenas del pueblo hasta un refugio cálido donde pasarían la noche. Sabía que, para que la rebelión tuviera éxito, los lazos entre ellos debían ser reales.
​Denki, siempre el más espontáneo, rompió el hielo con una ráfaga de preguntas que apenas dejaban espacio para respirar:
—¡Espera, Selene! Si vamos a ser un equipo, necesito saberlo todo. ¿Cuántos años tienes? ¿De qué planeta viene tu magia exactamente? ¿Qué corona vas a reclamar? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Tienes pareja o estás buscando a alguien? —preguntó con una energía que hizo que los demás lo miraran con una mezcla de vergüenza y curiosidad.
​Selene soltó una risa cristalina, una melodía que pareció iluminar la habitación. Con una paciencia infinita y esa voz dulce que ya la caracterizaba, respondió:
—Con calma, Denki. Si hablas tan rápido, mis oídos no podrán seguirte —dijo mientras sonreía—. Tengo 16 años. En cuanto a mi magia, aunque mi madre es de Saturno, la mía proviene de la Luna. Eso significa que, al despertar, controlaré la luz y la oscuridad, la hechicería antigua y la sanación. Es un poder que abarca todo lo que la Luna representa en las culturas antiguas.
​El silencio volvió a caer, pero esta vez cargado de asombro.
—¿De qué trono me haré cargo? —continuó ella con aire pensativo—. Aún no lo decido, pero mi corazón pertenece al Reino Eterno. Mi color favorito es el morado y, sobre la pareja... no tengo, ni es algo que me interese por el momento. ¿Satisfecho con mis respuestas?
​Denki asintió vigorosamente, radiante de felicidad, pero el resto del grupo estaba en shock. Saber que Selene solo tenía 16 años los dejó descolocados; ella cargaba con una sabiduría y un poder que opacaba incluso a los de 18 años.
​Para Shoto, la noticia fue un golpe silencioso. Se había enamorado de alguien mucho más joven, pero cuya presencia era imponente y cuyo linaje era superior al de cualquier reino conocido. Inuyasha, por su parte, sentía una curiosidad feroz. La impronta lo mantenía atado a ella, y saber que su magia era tan ancestral y ligada a la Luna —un astro tan importante para los guerreros salvajes— solo intensificó su deseo de protegerla y aprender los secretos de su cultura olvidada.

​El silencio que siguió a las confesiones de Selene se rompió de forma estrepitosa. Katsuki soltó una carcajada seca, cargada de ese tono burlón y esa superioridad que siempre lo acompañaba.
​—¡Ja! ¿Me están tomando el pelo? —exclamó Katsuki, cruzándose de brazos—. ¿Cómo rayos una simple mocosa de 16 años va a liderar una rebelión de este calibre? Ni siquiera puedes usar tu magia todavía. ¡Por favor! Esto no es un juego de niños; es una guerra, y no podemos dejar que una niña se encargue de algo tan serio.
​La atmósfera en la habitación cambió al instante. Selene no se inmutó. Su expresión se mantuvo calmada, pero la dulzura característica de su voz desapareció, siendo reemplazada por un tono sereno, frío y cargado de una autoridad que parecía emanar de lo más profundo de su linaje.
​—Katsuki —dijo ella, y el simple hecho de pronunciar su nombre hizo que el rubio guardara silencio por un segundo—. Entiendo que pienses así, pero te daré un consejo: nunca me subestimes.
​Selene dio un paso hacia él, sosteniéndole la mirada sin un solo rastro de miedo.
​—A pesar de tener solo 16 años, he logrado formar un ejército inmenso y fuerte, compuesto por gente de cada uno de sus reinos, incluido Lumus. He construido las bases de esta rebelión para que sea resistente y, sobre todo, leal a la causa. Es cierto que mi magia aún no ha despertado, pero mis estrategias y mis movimientos en el tablero han sido magistrales e imponentes hasta ahora. Te aseguro que no veo esto como un juego; veo esto como el futuro de mi pueblo.
​Katsuki apretó los dientes, sorprendido por la firmeza de la chica. Izuku observaba con admiración, mientras que Shoto e Inuyasha sintieron un renovado respeto por ella. No era solo una princesa hermosa; era una general.
​—Si vamos a trabajar juntos —concluyó Selene, recuperando un poco de su suavidad pero manteniendo la firmeza—, necesito guerreros, no críticos. Mañana al amanecer demostraremos de qué estamos hechos.

Tras la tensa discusión, Katsuki, aunque con un gruñido de insatisfacción y a regañadientes, aceptó el liderazgo de Selene. El respeto y la admiración que ella se ganó en ese momento se reflejaba en los ojos de Shoto, Eijiro y, especialmente, de Inuyasha. Poco después, el grupo decidió retirarse a descansar, sabiendo que el viaje al amanecer sería agotador.
​Sin embargo, el sueño no llegó para todos. Selene e Inuyasha abandonaron el refugio en silencio, buscando la frescura de la noche para hablar a solas. Una vez alejados de los demás, Inuyasha rompió el hielo con su voz ronca y directa:
​—Selene... quisiera saber más sobre tu cultura y tu reino... si no te molesta —dijo, mirando de reojo a la joven.
​Selene le dedicó una sonrisa dulce y serena que pareció suavizar la dureza del guerrero.
—¿En serio? —respondió ella—. Bueno... no sé mucho sobre cómo se ve el Reino Eterno ahora, ya que los súbditos más leales de mi madre me sacaron de allí cuando apenas era una bebé antes del hechizo. Pero conozco las tradiciones antiguas que hemos recreado aquí. Si quieres escucharlas...
​—Entiendo —asintió Inuyasha—. Pero me interesa mucho conocerlas. Si quieres, después puedo contarte algunas de las tradiciones de mi reino.
​La sonrisa de Selene se ensanchó, iluminando su rostro bajo la luz lila de Saturno.
—Me parece un trato justo. Una de nuestras tradiciones más antiguas ocurre en el solsticio de verano; realizamos un ritual sagrado para asegurar que las cosechas sean fértiles y no haya sequías. No puedo darte más detalles —añadió con un brillo de misterio en sus ojos lavanda—, ya que son rituales secretos y sagrados, pero creo que tú me entiendes.
​Inuyasha soltó una pequeña carcajada, asintiendo con respeto.
—Entiendo perfectamente. Es justo. En mi reino, tenemos un día específico donde nos reunimos para contar las historias de todas nuestras tribus. Es nuestra forma de mantener vivo el honor de los ancestros. Y, como tú, tampoco puedo revelarte los detalles profundos de esos relatos, aunque quisiera.
​—No te preocupes, lo comprendo —respondió Selene suavemente.
​Tras el intercambio, ambos se sumergieron en un silencio cómodo y reparador. Se quedaron allí, uno al lado del otro, observando el cielo nocturno salpicado de estrellas y el brillo imponente de Saturno, sintiendo que, a pesar de venir de mundos tan distintos, compartían el mismo peso del deber y el mismo respeto por lo sagrado.




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