Las reglas del olvido

Capítulo 12

Finalmente, tras días de incertidumbre y galope constante, las imponentes murallas del castillo de Izuku se alzaron frente a ellos. En las puertas principales, los padres de Izuku aguardaban con el corazón en un puño. Al ver a su hijo acercarse sano y salvo, la alegría iluminó sus rostros, pero el alivio se transformó rápidamente en una mezcla de asombro y desconcierto.
​Sus ojos no daban crédito a lo que veían: los herederos no regresaban solos. Entre ellos, montada sobre una quimera imponente que desprendía un aura de realeza olvidada, avanzaba una joven cuya presencia parecía sacada de sus recuerdos más profundos. Había algo en su mirada, en la forma en que el viento jugaba con sus trenzas, que les resultaba dolorosamente familiar.
​—Entremos —dijo Izuku con voz firme en cuanto sus pies tocaron el suelo, notando la conmoción de sus padres—. Tenemos mucho que explicar.
​Una vez bajo el resguardo de los muros del castillo, en la privacidad de las estancias reales, el ambiente se volvió solemne. Izuku no perdió tiempo y relató cada detalle de su viaje: el descubrimiento del pueblo oculto, la profecía de Saturno y la trágica historia de traición que había borrado al Reino Eterno de los mapas.
​Finalmente, Izuku se hizo a un lado para presentar formalmente a la joven que aguardaba con serenidad.
​—Madre, padre... ella es Selene —anunció Izuku con orgullo—. Es la hija de aquella heredera que ustedes conocieron y amaron. Es la última sangre del Reino Eterno y la líder de la rebelión que nos devolverá la paz.
​El silencio que siguió fue absoluto. Los padres de Izuku miraron a Selene como si estuvieran viendo a un fantasma de su juventud, dándose cuenta de que la promesa de proteger a su amiga ahora se personificaba en la chica que tenían frente a ellos.

​Al escuchar las palabras de su hijo y observar de cerca a la joven, a Inko se le saltaron las lágrimas. No había duda alguna: Selene era el vivo reflejo de la amiga que tanto había extrañado; tenía la misma dignidad en la mirada y la misma aura de serenidad que una vez iluminó su juventud. A su lado, los ojos de Toshinori brillaron con un reconocimiento profundo, guardando un silencio respetuoso que hablaba más que mil palabras.
​Inko se acercó lentamente, como si temiera que Selene fuera un espejismo, y tomó sus manos entre las suyas con una ternura infinita.
​—Oh, querida... —susurró Inko con la voz quebrada—. Te pareces tanto a tu madre. Ella estaría tan orgullosa de ver en quién te has convertido. Estoy segura de que estás aquí por lo que te pertenece por derecho... por el libro que hemos custodiado todos estos años.
​Selene le devolvió una sonrisa suave, conmovida por la calidez de la mujer.
—Gracias, Reina Midoriya. Sí, he venido por el legado de mi familia.
​—¡Oh, por favor, nada de "reina"! Dime Inko —respondió ella, secándose las lágrimas con una sonrisa—. Te entregaremos el libro de inmediato, pero antes que nada, debes estar agotada tras ese largo y tedioso viaje. Ven conmigo, querida; te prepararé la mejor habitación para que puedas descansar tranquila. Necesitas fuerzas para lo que está por venir.
​Selene asintió, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no estaba sola en esta lucha. Los demás herederos observaron la escena en silencio, notando cómo la presencia de Selene había transformado el ambiente del castillo en algo mucho más humano y esperanzador.

En la habitación preparada por Inko, el aroma a flores frescas y la suavidad de las sábanas ofrecían un contraste casi irreal con la dureza del viaje. Selene, finalmente sola, se dejó caer sobre la cama, intentando procesar el torbellino de emociones: el reconocimiento de los padres de Izuku, el peso de la profecía y la inminente activación de su magia.
​Un golpe suave y rítmico en la madera de la puerta la sacó de sus pensamientos. Al abrir, se encontró con la mirada heterocromática de Shoto.
​—Siento interrumpir tu descanso —dijo él con su voz pausada—, pero quería saber cómo te encuentras. Ha sido un día... intenso. Si quieres hablar, aquí estoy.
​Selene asintió con una sonrisa suave y lo invitó a pasar. Ambos se sentaron al borde de la cama, sumergiéndose en una conversación cálida y entretenida. Shoto, generalmente reservado, se encontró abriéndose más de lo habitual, mientras Selene disfrutaba de ese pequeño refugio de normalidad antes de la tormenta.
​Mientras tanto, en la penumbra de la biblioteca del castillo, Izuku recorría los estantes con urgencia. Sus dedos rozaban los lomos de cuero antiguo, buscando el tomo de astronomía que ocultaba el legado de Saturno. Sin embargo, no estaba solo.
​Katsuki estaba apoyado contra una de las columnas de mármol, observándolo con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. El silencio en la biblioteca era absoluto, solo interrumpido por el sonido de los pasos de Izuku. Katsuki no estaba allí para ayudar a buscar; estaba allí porque necesitaba un momento a solas con el peliverde, lejos de la mirada de la princesa y de la presión de la corona.

En la biblioteca, Izuku saltó ante la voz de su rival.
​—¡Katsuki! Casi me das un susto de muerte. ¿Qué haces aquí?
—Deku... tenemos que hablar sobre esa chica —soltó Katsuki, ignorando el susto de Izuku.
—¿Selene? ¿Qué pasa con ella?
—Cuando contó cómo Lumus traicionó al Reino Eterno, dijo que el Tratado de Paz fue creación de su madre —Katsuki dio un paso hacia la luz, con una expresión inusualmente seria—. Una de las cláusulas dice que todos los herederos deben pasar un examen diseñado por el reino que redactó el tratado. Todos creímos que era Lumus porque eso fue lo que el Rey Evon nos hizo pensar... pero ahora sabemos que fue el Reino Eterno.
​Izuku se quedó helado, procesando las implicaciones legales.
​—¿Qué pasará cuando esa chiquilla tome el trono? —continuó Katsuki con voz áspera—. Ella será la dueña del tratado y de nuestras coronas. ¿Te has detenido a pensar en lo que hará cuando tenga el poder absoluto, tanto mágico como político? ¿Y si decide que no somos dignos?
—Entiendo tus preocupaciones, Katsuki —respondió Izuku con calma—, pero estoy seguro de que Selene será justa. No creo que debamos temerle a ella. No pensé que te importara tanto el protocolo...
—¡No es solo por la estúpida corona! Es por... —Katsuki se interrumpió, apretando los puños. Se dio la vuelta con brusquedad—. Olvídalo. Me largo de aquí.
​Mientras tanto, en la habitación de Selene, la atmósfera era mucho más suave. La conversación con Shoto se había vuelto profunda, un refugio del caos exterior. En un momento de descuido, la capa de Selene se deslizó ligeramente, revelando una pequeña pero marcada cicatriz en su hombro.
​Shoto, con un gesto lleno de cuidado, señaló la marca.
—Esa cicatriz... ¿cómo te la hiciste?
—Oh, esta... —Selene la rozó con sus dedos—. Tenía diez años. Estaba entrenando con las hoces de mano antes de que les pusiéramos las cadenas. Es la desventaja de usar armas así; si no las dominas a la perfección, terminas lastimándote a ti misma... o algo peor.
​Shoto abrió los ojos de par en par, visiblemente impactado.
—¿Una niña de diez años usando algo tan letal? ¿Por qué seguir usándolas si son tan peligrosas?
—En mi familia aprendemos a pelear casi antes de caminar —respondió ella con una sonrisa nostálgica—. Aunque no crecí en mi reino, los súbditos de mi madre mantuvieron esas tradiciones vivas en mí. Y las uso... porque me gusta lo complicado, Shoto. La verdad es que lo fácil nunca me ha interesado.




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