Mientras el castillo de los Midoriya descansaba bajo el manto del silencio, Selene permanecía despierta. A la luz de una vela que parpadeaba con un matiz lila, escribía con devoción en un pequeño diario desgastado. En esas páginas, desde que era apenas una niña, había registrado hechizos y teorías mágicas con la esperanza de que algún día dejaran de ser simples palabras. Ahora, con el calor de la magia fluyendo por sus venas, sus dedos acariciaban el papel con una nueva confianza: al fin, la teoría se convertiría en poder.
A kilómetros de distancia, en las altas torres de Lumus, el ambiente era radicalmente distinto. El Rey Evon no podía encontrar descanso. El estallido de luz violeta de la noche anterior había sido una sentencia de muerte para su tranquilidad. Sus sospechas más oscuras se habían confirmado: el Reino Olvidado no solo sobrevivió, sino que dejó un heredero.
Evon caminaba de un lado a otro en su despacho, atormentado por el recuerdo del hechizo de sangre que firmó años atrás. Aquel juramento inquebrantable que otorgaba al descendiente de Isis más derechos sobre el trono de Lumus que a su propio hijo primogénito. Durante años, el Rey había buscado en secreto una forma de romper ese vínculo, y al no encontrar rastro de descendencia, se permitió el lujo de la arrogancia. Decidió creer que estaba a salvo, que el pasado se había hundido en el olvido.
Pero ese resplandor púrpura fue la prueba irrefutable de su error. Ahora, el miedo se filtraba en sus huesos: sabía que sus días como soberano absoluto estaban contados. El pasado no solo lo había alcanzado, sino que venía a reclamar, por derecho y por ley, todo lo que él había construido sobre una traición.
Cuando los primeros rayos del sol bañaron las torres del castillo de los Midoriya, los jóvenes herederos se reunieron en el gran comedor para el desayuno. El ambiente era inusualmente tranquilo, hasta que Inuyasha se detuvo a medio paso antes de sentarse. Sus sentidos, mucho más afilados que los de un humano común, captaron una vibración distinta en el aire.
Fijó su mirada en Selene. Había algo en su aura, un matiz sutil pero electrizante, que antes no estaba allí. Era como si una llama fría hubiera sido encendida en su interior.
Una vez que todos se acomodaron a la mesa y la conversación comenzó a fluir, Inuyasha aprovechó un momento de calma para preguntar, con su tono directo de siempre:
—Selene... noto algo diferente en ti. Es algo sutil, pero está ahí. ¿Pasó algo anoche mientras los demás dormíamos?
Selene dejó su taza de té con elegancia y le dedicó una pequeña sonrisa, mirando de reojo a Izuku.
—Vaya, no creía que fuera tan notorio tan pronto... —admitió ella con suavidad—. Sí, pasó algo importante. Anoche, Izuku encontró el primer libro de mi familia y finalmente pude activar mi magia.
Un silencio de asombro recorrió la mesa. Shoto dejó de comer, observándola con una mezcla de alivio y renovada fascinación, mientras que Katsuki fruncía el ceño, procesando lo que esto significaba para el equilibrio de poder.
—Y hemos hecho un trato —continuó Selene, mirando al peliverde—. Izuku me llevará hoy mismo a un lugar seguro y apartado donde pueda practicar mis primeros hechizos para ver cómo funcionan. ¿Verdad, Izuku?
—¡Sí, es cierto! —respondió Izuku con entusiasmo, aunque algo nervioso por ser el único que compartió ese secreto nocturno—. Conozco el sitio perfecto fuera de los muros del castillo donde nadie nos molestará.
Tras el desayuno, Izuku y Selene abandonaron el castillo con paso ligero, dirigiéndose hacia un claro rodeado de sauces llorones que ocultaban la vista desde los caminos principales. Sin que ellos lo notaran, cuatro sombras se movían con sigilo entre los arbustos. Inuyasha, Shoto, Katsuki y Eijiro se habían escabullido, impulsados por una curiosidad que no podían frenar: necesitaban ver, por fin, de qué era capaz la verdadera heredera del Reino Eterno.
Al llegar al centro del claro, Selene sacó con cuidado un pequeño cuaderno de entre sus ropajes. Izuku, al notar el desgaste de las tapas y el cariño con el que ella lo sostenía, ladeó la cabeza con curiosidad.
—Selene, ¿qué es eso que tienes en las manos? —preguntó Izuku, acercándose un poco.
—Oh, esto... es un pequeño diario —respondió ella, acariciando la portada con el pulgar—. Desde que era niña, escribí aquí cada hechizo que imaginaba o que escuchaba en las historias, por si algún día mi magia se activaba. Ahora que ya no es un sueño, me gustaría practicar algunos de ellos para ver si funcionan de la forma en que los ideé... si no te molesta, claro.
—¿Molestarme? ¡Para nada! —exclamó Izuku con los ojos brillando de entusiasmo—. Me parece algo muy lindo y realmente interesante. Es como si hubieras estado preparándote para este momento toda tu vida.
Escondido tras un grueso roble, Katsuki soltó un bufido casi inaudible, mientras Shoto observaba con una intensidad renovada. Incluso Inuyasha, agachado entre la maleza, contuvo el aliento. Todos estaban a punto de presenciar cómo años de deseos escritos a mano se convertían en una fuerza capaz de cambiar el mundo.
Selene abrió el diario por la primera página, donde la tinta estaba más descolorida, y respiró hondo, dejando que la energía lila comenzara a rodear sus manos.
Selene cerró los ojos con fuerza, dejando que la energía lila fluyera desde su pecho hasta la punta de sus dedos. Colocó su mano sobre el diario y recitó el hechizo con una voz que, aunque suave, resonó por todo el claro como una campana de plata:
—𝒫𝑜𝓇 𝓁𝒶 𝓉𝒾𝑒𝓇𝓇𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝒹𝓊𝑒𝓇𝓂𝑒 𝓎 𝑒𝓁 𝓇𝑜𝒸𝒾́𝑜 𝒹𝑒 𝓁𝒶 𝓂𝒶𝓃̃𝒶𝓃𝒶, 𝒾𝓃𝓋𝑜𝒸𝑜 𝓁𝒶 𝒻𝓊𝑒𝓇𝓏𝒶 𝒹𝑒 𝓁𝒶 𝐿𝓊𝓃𝒶 𝑒𝓃 𝑒𝓈𝓉𝒶 𝓇𝒶𝓂𝒶. ¡𝒬𝒰𝑒 𝓁𝒶 𝓈𝑜𝓂𝒷𝓇𝒶 𝓈𝑒 𝓇𝑜𝓂𝓅𝒶, 𝓆𝓊𝑒 𝑒𝓁 𝓉𝒶𝓁𝓁𝑜 𝓈𝑒 𝑒𝓈𝓉𝒾𝓇𝑒, 𝓎 𝓆𝓊𝑒 𝓁𝒶 𝒷𝑒𝓁𝓁𝑒𝓏𝒶 𝒶𝓁 𝒾𝓃𝓈𝓉𝒶𝓃𝓉𝑒 𝓇𝑒𝓈𝓅𝒾𝓇𝑒! ¡𝐹𝓁𝑜𝓇𝒾𝒹 𝐸𝓉𝑒𝓇𝓃𝒶!
Durante un segundo, el aire se detuvo. Entonces, una onda de choque de color lavanda barrió el suelo. Lo que debía ser un pequeño truco de jardinería se convirtió en un milagro visual. Al instante, los sauces llorones se cubrieron de cascadas de lirios blancos y hortensias violetas; el césped bajo sus pies desapareció bajo un mar de lavanda y delicada gypsophila.
Cuando Selene abrió los ojos, se quedó sin aliento. El claro grisáceo se había transformado en un paraíso vibrante que desprendía un aroma dulce y místico.
—Increíble... —susurró Izuku, que estaba rodeado de flores que le llegaban a las rodillas—. Selene, se suponía que solo ibas a hacer florecer una pequeña rama, ¿verdad?
—Sí... —respondió ella, mirando sus manos con una mezcla de asombro y temor—. Solo quería una flor. No sabía que el hechizo se expandiría así. Es como si la magia hubiera estado esperando demasiado tiempo para salir.
Escondidos entre los arbustos, los demás herederos estaban paralizados. Shoto observaba los lirios con una fascinación que bordeaba la devoción; Inuyasha podía sentir cómo el aura de Selene ahora llenaba todo el lugar, reclamándolo como suyo; y hasta Katsuki guardó silencio, dándose cuenta de que la "niña de 16 años" tenía el poder de cambiar la naturaleza misma a su voluntad.
#1718 en Fantasía
#419 en Fanfic
fantasía épica y política, herederos y poderes únicos, misterio del noveno reino
Editado: 20.05.2026