Las reglas del olvido

Capítulo 16

La noche se encontraba en su apogeo, envolviendo el castillo de Salemey en un manto de sombras y silencio absoluto. Sin embargo, en una de las habitaciones de invitados, Selene daba vueltas en su cama, incapaz de conciliar el sueño. Por más que cerraba los ojos, el peso de sus responsabilidades y la energía residual del entrenamiento mantenían su mente en un estado de alerta constante.
​Resignada, se sentó en el borde del colchón. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando tenuemente su pequeño diario de hechizos sobre la mesa de noche.

​𝑆𝑒𝑙𝑒𝑛𝑒: (𝑀𝑒𝑛𝑡𝑒: 𝑌𝑎 𝑚𝑒 ℎ𝑒 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑔𝑛𝑎𝑑𝑜... 𝑛𝑜 𝑣𝑜𝑦 𝑎 𝑑𝑜𝑟𝑚𝑖𝑟 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒. 𝐴𝑠𝑖́ 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑐𝑟𝑒𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑒𝑏𝑎 𝑑𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑐𝑖𝑎𝑟 𝑙𝑎 𝑜𝑝𝑜𝑟𝑡𝑢𝑛𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑝𝑟𝑎𝑐𝑡𝑖𝑐𝑎𝑟 𝑚𝑖 𝑚𝑎𝑔𝑖𝑎 𝑢𝑛 𝑝𝑜𝑐𝑜).

​Con decisión, tomó el diario entre sus manos. Se puso una chaqueta de satín sobre el pijama para protegerse del frío nocturno y, con movimientos felinos para no despertar a Suppi, salió de la habitación. Caminó por los pasillos alfombrados, guiada por su instinto, buscando un lugar lo suficientemente apartado donde pudiera canalizar su energía sin que el ruido del poder despertara a los demás.
​El castillo, que de día rebosaba vida y estrategia, ahora se sentía como un laberinto místico, custodiando los secretos de quienes dormían en su interior.

Tras recorrer los silenciosos pasillos, Selene encontró el lugar perfecto: una estancia amplia y olvidada, donde la luz de las estrellas entraba a través de un ventanal circular. Se sentó en el centro, con el diario sobre su regazo, y comenzó a hojear las páginas hasta que una caligrafía más infantil y descuidada detuvo sus dedos.
​Era un hechizo que había redactado cuando apenas tenía nueve años. En aquel entonces, su único deseo era romper la barrera de la distancia para ver a su madre. Con una sonrisa triste, acarició la textura del papel, recordando a la niña que solo buscaba un poco de consuelo. Cerró los ojos, dejó que su magia fluyera por sus manos y recitó las palabras prohibidas con una entonación casi musical:

​—~𝐸𝓈𝓅𝑒𝒿𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓉𝑜𝒹𝑜 𝓁𝑜 𝓋𝑒𝓈, 𝒶 𝓉𝒾 𝓉𝑒 𝒾𝓃𝓋𝑜𝒸𝑜. 𝑀𝓊𝑒́𝓈𝓉𝓇𝒶𝓂𝑒 𝑒𝓁 𝓈𝑒𝒸𝓇𝑒𝓉𝑜 𝑒𝓈𝒸𝑜𝓃𝒹𝒾𝒹𝑜, 𝓈𝓊𝓈𝓊́𝓇𝓇𝒶𝓂𝑒 𝓁𝒶 𝓋𝑒𝓇𝒹𝒶𝒹 𝓃𝑜 𝒹𝒾𝒸𝒽𝒶, 𝒶́𝒷𝓇𝑒𝓂𝑒 𝓁𝒶𝓈 𝓅𝓊𝑒𝓇𝓉𝒶𝓈 𝒹𝑒 𝓁𝑜 𝓅𝓇𝑜𝒽𝒾𝒷𝒾𝒹𝑜... 𝒴 𝓇𝑒𝓋𝑒́𝓁𝒶𝓂𝑒 𝒶𝓆𝓊𝑒𝓁𝓁𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓂𝒾 𝒶𝓁𝓂𝒶 𝒶𝓃𝒽𝑒𝓁𝒶~.

Al pronunciar la última sílaba, el aire de la habitación vibró y se volvió gélido. Ante ella, una bruma plateada comenzó a solidificarse hasta formar un imponente espejo de marco tallado en cristal y sombras. Era magnífico y aterrador a la vez.
​Selene tragó saliva, sintiendo el latido de su corazón resonar en sus oídos. Se puso de pie, enfrentando su propio reflejo antes de que este cambiara, y ordenó con su voz característica: serena, dulce y, sobre todo, firme:
​—Muéstrame.

​—Muéstrame a mi madre —susurró Selene, con la esperanza latiendo con fuerza en su pecho.
​Sin embargo, el espejo no reflejó ningún rostro. En su lugar, la superficie se llenó de una estática grisácea y densa, como una niebla impenetrable. Selene no se sorprendió; sabía que el hechizo que su madre había usado para ocultar el Reino Eterno y protegerlo era de una magnitud legendaria. Un conjuro redactado a los nueve años, por muy puro que fuera, no sería suficiente para rasgar el velo de una de las magas más poderosas de la historia.
​Suspiró, aceptando el límite de su magia actual, pero no se rindió.
​—Muéstrame a Castiel Evertri.
​El espejo vibró y la niebla se disipó para revelar una imagen nítida: Castiel dormía plácidamente en su habitación del Castillo de Lumus, ajeno a las conspiraciones y al peso de la corona. Selene contempló la imagen durante largo tiempo con una sonrisa dulce y melancólica. A pesar de que la sangre de su padre corría por las venas de Castiel, ella no podía culparlo por los pecados de su progenitor. El cariño que sentía era instintivo, una conexión de sangre que ni el tiempo ni la distancia habían podido borrar.
​—Duerme bien, hermano —murmuró suavemente.
​Finalmente, su expresión se volvió seria. Sabía que esta sería la prueba de fuego para el espejo, una pregunta que el destino mismo tendría que responder. Inspiró hondo y, con los ojos fijos en el cristal plateado, pronunció la orden definitiva:
​—Muéstrame... al futuro Rey de Eterno.

El espejo vibró, y una silueta comenzó a formarse entre la bruma plateada. Selene contenía el aliento, con los ojos fijos en la imagen que estaba a punto de revelarse... pero, de repente, un estruendo seco resonó justo afuera de la estancia, rompiendo el silencio de la noche.
​Sobresaltada, Selene canceló el flujo de energía por instinto y se asomó con cautela por la puerta. Allí, en medio del pasillo, vio una escena que no esperaba: Katsuki, con las orejas ligeramente sonrojadas, mantenía acorralado a un Izuku que parecía una fresa viviente por el nivel de su rubor.
​—Esa fue la única forma que se me ocurrió para cerrarte esa estúpida y linda boca que tienes —gruñó Katsuki entre susurros, aunque su tono carecía de su agresividad habitual.
​—¡Katsuki, no digas eso en voz alta, por favor! —suplicó Izuku, tapándose la cara con las manos—. S-seguro había otra forma de que dejara de balbucear...
​Katsuki mostró una sonrisa traviesa, una expresión coqueta que rara vez dejaba ver.
—No, no la había. Esa fue la única que me gustó, y ahora me gusta todavía más, así que te aguantas.
​—¡C-cállate, Kacchan! —exclamó Izuku, hirviendo de vergüenza.
​La sonrisa de Katsuki se desvaneció para dar paso a una determinación feroz. Con un movimiento brusco pero posesivo, tomó a Izuku del brazo y comenzó a arrastrarlo hacia su habitación temporal.
—Estúpido nerd... tú lo provocaste, así que no te quejes. Ahora asume la responsabilidad de tus palabras —sentenció mientras se alejaban a paso veloz por el pasillo.
​Selene observó la escena con una mezcla de confusión y una pequeña sonrisa divertida. Sin embargo, al recordar su hechizo, se giró rápidamente hacia el centro de la habitación. Pero ya era tarde. El espejo se había disipado por completo, dejando solo el rastro de unas pocas chispas plateadas en el aire. El destino le había cerrado la puerta en la cara.




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