Las reglas del olvido

Capítulo 17

El suave brillo del sol comenzó a filtrarse por los ventanales, bañando la habitación con una luz dorada que terminó por descansar sobre el rostro de Selene. Al abrir los ojos, la calidez del día parecía entrar en conflicto con el frío presentimiento que nacía en su pecho.

​De inmediato, una ráfaga de imágenes y sensaciones la golpeó sin piedad: el roce de la seda, el calor abrumador de Inuyasha, la fuerza de sus manos y la intensidad de aquel beso que casi consume su juicio. Por un segundo, Selene apretó las sábanas contra su pecho, rogando internamente que todo hubiera sido producto de un sueño febril o de la fatiga mágica.

​Sin embargo, al girar la cabeza, se encontró con la mirada de pocos amigos de Suppi. La quimera estaba sentada a los pies de la cama, con las alas plegadas rígidamente y una actitud tan desaprobadora que el aire en la habitación parecía pesado.

​—No fue un sueño... —susurró para sí misma, sintiendo un golpe de arrepentimiento que le revolvió el estómago.
​La vergüenza la inundó, tiñendo sus mejillas de un rojo furioso. Su mente, siempre tan lógica y calculadora, se convirtió en un torbellino de reproches: «¿En qué estaba pensando para actuar de esa forma?», «¿Cómo se me ocurrió jugar con él así... cómo pude siquiera planearlo y, peor aún, ejecutarlo?». Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo el peso de su propia imprudencia. «¿Cómo voy a mirar a Inuyasha a los ojos ahora sin recordar la forma en que me sujetó contra la puerta?».

​Un pequeño suspiro de alivio, amargo pero necesario, escapó de sus labios al recordar el final de la noche. Al menos, en un último destello de cordura, había logrado acordar con él que fingirían que nada había pasado. Pero mientras se levantaba para enfrentar el día, una pregunta seguía martillando en su cabeza:
¿Realmente se puede fingir que no hubo un incendio cuando todavía se siente el calor de las cenizas?

Selene se puso en pie, obligándose a abandonar el refugio de sus sábanas. Mientras se preparaba para bajar al desayuno, su ritual no fue solo estético, sino psicológico; cada prenda era una pieza de una armadura mental que necesitaba para enfrentar a Inuyasha y las consecuencias de sus propios impulsos.

​Eligió un vestido de terciopelo azul marino real, cuya silueta entallada abrazaba su torso antes de abrirse con elegancia hacia el suelo. El diseño de cuello halter, que nacía de un escote palabra de honor, dejaba sus hombros al descubierto, aportando una vulnerabilidad controlada que contrastaba con la severidad de las mangas largas y extremadamente amplias que caían casi hasta el dobladillo. En su espalda, una hilera de pequeños botones recorría su columna como una espina dorsal de plata. El cuello y los puños, adornados con bandas negras y bordados de filigrana plateada, le conferían un aire de autoridad ancestral.

​Frente al tocador, procedió a domar su cabello en un recogido trenzado y un moño chignon intrincado en lo alto de su cabeza. Adornó el peinado con sutiles plumas de cuervo y pasadores de plata que imitaban los bordados del vestido, creando una armonía oscura y perfecta.

​Al verse en el espejo, Selene no vio a la chica que se deshizo en besos la noche anterior, sino a la heredera del trono. Soltó un último suspiro, tratando de calmar el latido rebelde de su corazón, y se dirigió a la puerta. Era hora de bajar las escaleras y enfrentar el desayuno con los demás herederos... y con el hombre que ahora conocía el sabor de sus labios.

​Al bajar las escaleras y cruzar el umbral del comedor, Selene notó que el silencio se apoderaba de la sala. Todos estaban ya allí; ella era la última pieza en ocupar su lugar en el tablero. Con una disciplina envidiable, activó su máscara de serenidad y, con su habitual voz dulce y melódica, saludó a los presentes.

​—Buenos días a todos. Espero que hayan descansado —dijo, antes de tomar asiento cerca de Denki.

​Un murmullo de saludos le devolvió el gesto, pero las miradas permanecieron fijas en ella. El contraste del terciopelo azul marino con su piel morena y el brillo de la plata en su cabello la hacían parecer una deidad nocturna bajo la luz del sol. La imponencia de su vestido era tal que el ambiente se sentía más formal de lo habitual.

​Sin embargo, tras las sonrisas de cortesía, dos mentes trabajaban a ritmos distintos:

​Shoto: (Mente: Selene se ve realmente hermosa esta mañana... tan "perfecta". Quizás demasiado perfecta, como si esa elegancia fuera un muro para ocultar algo que ocurrió en las sombras. Además, se ha sentado cerca de Denki cuando su instinto siempre la lleva hacia Izuku. Es curioso... muy curioso).

​Inuyasha: (Mente: Dios... se ve increíble. Tan hermosa como anoche, o quizás más. Rayos, esto va a ser mucho más difícil de lo que pensaba. Fingir que no la tuve entre mis brazos cuando la tengo ahí delante es una tortura. Esto me va a traer problemas... muchos más de los que imaginé).

Tras sentarse junto a Denki, Selene notó de inmediato que el chico se ponía extremadamente nervioso. Su presencia imponente, sumada a la sutil tensión que vibraba en la mesa, era demasiado para él. Ejiro, notando la incomodidad de su amigo, decidió intervenir para romper el hielo con una pregunta que, irónicamente, era lo último que Selene quería discutir esa mañana.

​—Emm, Selene... —empezó Ejiro con cierta cautela—. He tenido una pregunta rondando por mi cabeza. ¿Puedo hacértela?

​—Claro, Ejiro —respondió ella, manteniendo su fachada de dulzura real—. Puedes preguntarme lo que quieras.

​—De acuerdo. Me he preguntado... como tu magia proviene de la Luna, y esta en muchos contextos representa el amor, quería saber si alguna vez has hecho un hechizo de amor o algo similar.

​La mesa quedó en un silencio sepulcral. Inuyasha casi se atraganta con su desayuno y Shoto agudizó el oído. Selene, sin embargo, no perdió la compostura.

​—Si te refieres a obligar a alguien a enamorarse, eso es magia lunar oscura, inestable y peligrosa —explicó con tono didáctico—. Aunque mi magia controla esa oscuridad, jamás haría algo así.
Pero... si te refieres a un hechizo para confirmar si los sentimientos son recíprocos o para dar un pequeño "empujón" a dos personas que ya se aman, sí, tengo uno. Pero, Ejiro... ¿por qué ese interés repentino?




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