Las reglas del olvido

Capítulo 18

Tras el desvanecimiento del hilo rojo, Denki permaneció unos segundos en silencio, procesando la magnitud de lo que acababa de ver. Con una sonrisa radiante y el corazón latiendo a mil por hora, le agradeció a Selene de manera enérgica por su ayuda antes de retirarse a paso veloz, probablemente en busca de Ejiro.

​Selene lo vio marcharse, quedándose una vez más en la quietud del campo bajo la sombra del sauce llorón, con la única compañía de Suppi, quien la observaba con curiosidad desde una rama cercana.

​Sintiéndose vulnerable por lo que acababa de leer sobre las fases lunares y la impronta, Selene sacudió la cabeza para apartar la imagen de Inuyasha de su mente. No podía permitirse caer en ese laberinto de dudas ahora. Con un movimiento decidido, volvió a abrir su diario, pero esta vez pasó las páginas con rapidez, ignorando las advertencias familiares. Buscaba un hechizo, algo complejo, antiguo e interesante; una técnica que requiriera toda su concentración y energía para silenciar sus propios pensamientos.

​—Veamos qué secretos guardas hoy... —susurró para sí misma, mientras sus dedos se detenían en una página que parecía vibrar con una magia distinta.

Mientras pasaba las hojas, sus dedos se detuvieron en una sección del diario que parecía irradiar un frío antinatural. Allí, con una caligrafía más errática y punzante, se encontraban los hechizos que ella misma había escrito a los doce años.

​Recordó aquel momento con una nitidez dolorosa: el día que descubrió la historia completa de la caída de su madre, el destino de su familia y la ruina de su reino. En aquel entonces, cegada por una sed de venganza implacable, Selene no comprendía que la justicia no es sinónimo de revancha, ni que la ira es una brújula traicionera. A esa corta edad, no era consciente de que estaba jugueteando con las fibras de una magia oscura y devastadora, nacida del trauma y el rencor.

​Ahora, con dieciséis años y un poder mucho más vasto, Selene observó las fórmulas prohibidas. Quería silenciar el eco de Inuyasha en su mente y pensó que, si podía dominar el monstruo que creó a los doce, recuperaría el control total de sí misma.

​—Solo una prueba... —murmuró, ignorando el instinto de Suppi, que erizó su pelaje al notar el cambio de aura en su ama.

​Sin pensarlo más, se puso en pie en medio del campo, rodeada por el silencio del sauce llorón, y comenzó a canalizar la energía necesaria para desatar el primero de esos oscuros decretos.

Selene era plenamente consciente de que lo que estaba a punto de hacer rozaba lo prohibido. Con la prudencia de quien sabe que juega con fuego, decidió buscar un hechizo que, aunque oscuro, no fuera letal. El problema radicaba en la naturaleza del conjuro: para que las palabras cobraran vida, necesitaba un receptor con consciencia, alguien con mente y voluntad.

​Se negó rotundamente a usar a Suppi como su marioneta. Por ello, se internó en el denso claro de sauces llorones, donde la luz se filtraba como hilos de plata entre las ramas. No tardó mucho en encontrar su objetivo. Sus ojos lilas se fijaron en una pantera negra que merodeaba distraída entre las sombras, una criatura majestuosa y letal que, en ese momento, no sospechaba que estaba a punto de perder su libertad.

​Sin dudarlo, Selene recitó el hechizo que su yo de doce años había tallado con amargura en el papel:

​—~𝑅𝑒𝑖𝑛𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟, 𝑚𝑎𝑛𝑖𝑝𝑢𝑙𝑎 𝑙𝑜𝑠 ℎ𝑖𝑙𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑟. 𝐶𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑙 𝑎𝑔𝑢𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑐𝑒𝑠𝑎, 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑢 𝑣𝑜𝑙𝑢𝑛𝑡𝑎𝑑 𝑒𝑛 𝑠𝑢 𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑓𝑙𝑢𝑦𝑎. 𝐿𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑑𝑖𝑔𝑜, 𝑡𝑢́ 𝑙𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑠; 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑖 𝑝𝑎𝑙𝑎𝑏𝑟𝑎 𝑡𝑢 𝑖𝑚𝑝𝑢𝑙𝑠𝑜 𝑠𝑒𝑎.~

Al pronunciar la última sílaba, el aire pareció vibrar con una presión invisible. Los ojos de la pantera negra se encendieron con un sutil brillo violáceo, perdiendo su chispa salvaje para ser reemplazada por una obediencia absoluta. Selene sintió una conexión fría y líquida en su mente; los hilos estaban en sus manos. Ahora, cada músculo y cada instinto de la criatura le pertenecían.

Selene esbozó una sonrisa débil, dejando que el poder fluyera por sus dedos.

​—Primera orden: actúa como un pequeño gatito juguetón —declaró.

​De inmediato, la majestuosa pantera negra perdió su ferocidad. Al aparecer una mariposa entre los sauces, el depredador comenzó a dar saltos torpes y zarpazos inofensivos, rodando por la hierba con una inocencia artificial. Selene soltó una pequeña risa; la escena era tan absurda como divertida.

​—Ahora, juega de manera amistosa con Suppi.

​La pantera se acercó a la quimera con movimientos suaves. Suppi, sin embargo, no compartía el entusiasmo de su ama. Se tensó, erizando el pelaje mientras olfateaba a la fiera controlada. Tras soltar un resoplido de advertencia, miró a Selene con una expresión de profunda duda y desaprobación.

​—Sé lo que estás pensando, Suppi —susurró Selene, sintiendo un pinchazo de culpa—. Sé que esto está mal, pero es solo esta vez, lo juro. No me mires así, me haces sentir peor.

​Suspiró, dispuesta a romper el vínculo y liberar a la criatura, pero antes de que pudiera pronunciar la palabra final, el aire a su alrededor se volvió gélido y pesado. De la nada, una voz despiadada y cargada de un odio ancestral susurró en su mente:

~𝕼𝖚𝖊́ 𝖙𝖆𝖑 𝖘𝖎, 𝖊𝖓 𝖛𝖊𝖟 𝖉𝖊 𝖑𝖎𝖇𝖊𝖗𝖆𝖗𝖑𝖔, 𝖑𝖔 𝖚𝖘𝖆𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖊𝖓𝖈𝖔𝖓𝖙𝖗𝖆𝖗 𝖆 𝖔𝖙𝖗𝖔𝖘 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖊́𝖑? 𝖀́𝖘𝖆𝖑𝖔𝖘 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖊𝖏𝖊́𝖗𝖈𝖎𝖙𝖔... 𝖆𝖘𝖎́ 𝖑𝖆 𝖎𝖓𝖋𝖆𝖒𝖊 𝖌𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖉𝖊 𝕷𝖚𝖒𝖚𝖘 𝖘𝖆𝖇𝖗𝖆́ 𝖖𝖚𝖊́ 𝖕𝖆𝖘𝖆 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖑𝖆𝖘𝖙𝖎𝖒𝖆𝖓, 𝖉𝖊𝖘𝖙𝖗𝖚𝖞𝖊𝖓 𝖊 𝖎𝖓𝖙𝖊𝖓𝖙𝖆𝖓 𝖔𝖑𝖛𝖎𝖉𝖆𝖗 𝖆𝖑 𝖕𝖔𝖉𝖊𝖗𝖔𝖘𝖔 𝖗𝖊𝖎𝖓𝖔 𝖉𝖊 𝕰𝖙𝖊𝖗𝖓𝖔~

Selene se estremeció, pero antes de que pudiera reaccionar, una segunda voz, más fría, calculadora y rebosante de una ambición aterradora, se unió al coro:

~𝓞 𝓹𝓸𝓭𝓻𝓲́𝓪𝓼 𝓾𝓼𝓪𝓻 𝓮𝓵 𝓱𝓮𝓬𝓱𝓲𝔃𝓸 𝓹𝓪𝓻𝓪 𝓬𝓸𝓷𝓽𝓻𝓸𝓵𝓪𝓻 𝓪 𝓮𝓼𝓪 𝓮𝓼𝓹𝓮𝓬𝓲𝓮 𝓭𝓮 𝓱𝓸𝓶𝓫𝓻𝓮𝓼 𝓵𝓸𝓫𝓸 𝓺𝓾𝓮 𝓷𝓸 𝓹𝓾𝓭𝓲𝓶𝓸𝓼 𝓬𝓸𝓷𝓿𝓮𝓷𝓬𝓮𝓻. 𝓝𝓸𝓼 𝓼𝓮𝓻𝓿𝓲𝓻𝓪́𝓷 𝓹𝓪𝓻𝓪 𝓺𝓾𝓮 𝓷𝓾𝓮𝓼𝓽𝓻𝓸 𝓮𝓳𝓮́𝓻𝓬𝓲𝓽𝓸 𝓼𝓮𝓪 𝓶𝓪́𝓼 𝓯𝓾𝓮𝓻𝓽𝓮 𝔂 𝓭𝓸𝓶𝓲𝓷𝓪𝓷𝓽𝓮. 𝓐𝓼𝓲́ 𝓷𝓸 𝓺𝓾𝓮𝓭𝓪𝓻𝓲́𝓪𝓷 𝓭𝓾𝓭𝓪𝓼 𝓼𝓸𝓫𝓻𝓮 𝓷𝓾𝓮𝓼𝓽𝓻𝓸 𝓹𝓸𝓭𝓮𝓻 𝔂 𝓭𝓸𝓶𝓲𝓷𝓲𝓸 𝓽𝓸𝓽𝓪𝓵~

Selene giró sobre sus talones, buscando desesperadamente el origen de aquellas palabras. No había nadie. En el silencio del claro, la verdad la golpeó con la fuerza de un rayo: las advertencias del libro familiar. Los aspectos de su personalidad vinculados al Eclipse Lunar y al Eclipse Solar no eran simples notas al pie; eran sombras latentes que habitaban en ella. Al usar magia oscura de manipulación, había creado la brecha perfecta para que esas versiones futuras y corruptas de sí misma se manifestaran.




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