Las Reglas del Silencio

Llegada al campamento

Capítulo 1
El autobús estaba estacionado frente al Instituto Northbridge, con el motor encendido y las luces delanteras reflejándose en el pavimento húmedo. El cielo estaba cubierto de nubes grises, como si el día hubiera decidido no empezar del todo. A nuestro alrededor, padres y madres se despedían de sus hijos con abrazos largos, advertencias innecesarias y sonrisas tensas que intentaban ocultar la nostalgia.
Pasaríamos dos semanas en el Complejo Natural Redfern Lake.
Mis padres insistieron en venir conmigo, pero les pedí que no lo hicieran. Nunca me gustaron las despedidas; siempre sentí que eran una forma lenta de abandono, incluso cuando solo duraban unos días.
—Cuídate, Alba —me dijo mi madre por teléfono, con la voz cargada de preocupación—. Escríbenos cuando llegues.
Prometí hacerlo, aunque no estaba segura de que allí hubiera señal.
La señorita Lowe apareció frente al autobús con su carpeta habitual bajo el brazo y esa sonrisa pulida que nunca lograba parecer del todo sincera.
—Buenos días, chicos. Es hora de partir —anunció—. Aún debemos recoger a la otra parte del grupo, así que por favor suban.
El viaje de graduación del Instituto Northbridge era una tradición. Solo doce estudiantes eran seleccionados cada año: los más disciplinados, los más brillantes, los más “ejemplares”. Durante años vi a otros emocionarse al escuchar sus nombres. Este año, el mío estaba entre ellos.
Subí al autobús y tomé asiento junto a la ventana. Mientras observaba cómo el edificio del instituto se hacía cada vez más pequeño, una chica se sentó a mi lado.
—Hola —saludó con una sonrisa amplia—. Soy Valeria.
—Alba.
—¿Nerviosa?
—Un poco.
—Yo no. Este viaje va a ser increíble.
Hablaba rápido, con un entusiasmo casi contagioso. Parecía genuinamente feliz de estar ahí, como si ese viaje fuera el inicio de algo importante para ella.
Media hora después, el autobús se detuvo frente a una sucursal del instituto para recoger al resto del grupo. La señorita Lowe se puso de pie en el pasillo.
—Pueden bajar a tomar aire, pero en veinte minutos regresan. No se alejen.
—¿Vienes? —preguntó Valeria mientras se levantaba.
—Creo que me quedo. No conozco a nadie aquí.
—Está bien. Ahora vuelvo.
La vi bajar entre la multitud de estudiantes.
Nunca volvió.
Cuando los chicos comenzaron a regresar al autobús, noté el asiento vacío a mi lado. Miré el reloj. Los veinte minutos ya habían pasado. Una incomodidad difícil de explicar se instaló en mi pecho.
La señorita Lowe subió, revisó la lista con rapidez y dio la orden de partir.
—Disculpe —intervine, poniéndome de pie—. Falta Valeria.
La mujer me miró apenas un segundo.
—Valeria no continuará con el viaje —dijo sin alterar el tono—. Tuvo un problema familiar de último momento.
—Pero ella estaba muy emocionada…
—No hay nada más que discutir.
Me senté con el estómago encogido. El autobús arrancó.
Minutos después, escuché voces bajas detrás de mí. No podía verlos, pero reconocí los tonos.
—No cuadra —murmuró Mateo.
—Nada —respondió Clara—. No se habría bajado así.
—Y menos después de lo de esta mañana.
El silencio que siguió fue denso.
—Baja la voz —susurró Clara.
—¿Crees que alguien más lo sabe?
—No. Solo nosotros.
El murmullo del motor cubrió el resto de la conversación, pero una última frase llegó clara hasta mí.
—Esto no fue un error.
No me moví. Fingí mirar por la ventana, aunque algo ya se había instalado en mi pecho. Valeria no se había quedado atrás por casualidad.
El resto del trayecto transcurrió sin palabras. A medida que avanzábamos, la carretera se volvía más estrecha y el asfalto daba paso a un camino irregular de grava. Los árboles se cerraban sobre nosotros, altos y densos, filtrando la luz hasta volverla verdosa y opaca.
Cuando el autobús se detuvo, nadie habló.
Un cartel de madera envejecida marcaba la entrada:
RED FERN LAKE – COMPLEJO NATURAL
No había música, ni risas, ni señales de bienvenida. Solo el sonido del motor apagándose y el crujido constante del bosque.
Al bajar, el aire era más frío de lo esperado, pesado, como si costara un poco más respirar. El lugar parecía detenido en el tiempo.
Nos reunieron en una plaza de grava rodeada de edificios de madera oscura. El director del campamento habló primero, seguido por el director Crowell. Ambos tenían un tono demasiado serio para tratarse de un viaje de celebración.
Entonces explicaron las reglas.
No se podía abandonar el complejo antes del cuarto día.
Las cabañas se cerrarían a las diez de la noche, sin excepciones.
Estaba terminantemente prohibido internarse en el bosque.
Algunos estudiantes murmuraron su descontento, otros rieron con nerviosismo. Yo sentí un escalofrío.
Durante el recorrido por las instalaciones, entramos al comedor. Allí noté un reloj grande, antiguo, colgado en la pared principal. Sus manecillas estaban detenidas exactamente en las 4:48.
Nadie parecía notarlo.
La cabaña que me asignaron olía a madera húmeda y flores secas. Tenía dos camas, un pequeño armario y una mesita de noche. Sobre ella reposaba un caballito de madera tallado, desgastado por el tiempo.
—Creo que seremos compañeras —comentó Clara al entrar, dejando su mochila en el suelo.
Asentí.
Mientras deshacíamos las maletas, hablaba sin parar: del lago, de lo mucho que necesitaba nadar, de lo bien que le hacía el agua cuando estaba estresada.
—El lago es enorme. El agua está fría, pero es perfecta para entrenar.
Yo escuchaba más de lo que hablaba.
—Voy a ir con Mateo ahora. ¿Te animas a venir?
—Tal vez luego.
—No te quedes encerrada —añadió con una sonrisa—. Te espero allá.
Asentí nuevamente, aunque no estaba en mis planes ir.
La vi irse con una toalla al hombro.
Intenté leer. Intenté descansar. El tiempo pasó lento, espeso. Cuando miré el reloj, habían pasado más de cuarenta minutos.
La puerta se abrió de golpe.
Clara entró jadeando, empapada, pálida. Cerró con seguro y se apoyó contra la madera.
—¿Clara?
Tardó en responder.
—Alba… —susurró—. Creo que alguien intentó ahogarme.
El silencio cayó como un golpe.
En ese momento lo entendí.
Redfern Lake no era un premio.




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