Las Reglas que Rompí

Cap. 5. Sello del Gran Poder

9:14 a.m. la hora no era muy importante para mí y aun así no pude evitar contar los minutos que faltaban para el receso y escapar de mis últimas tres clases, ya había recibido química y el Código del Nuevo Poder. Temprano no pude revisar el cuarto de Sandy porque ella se mantuvo ahí hasta que me fui y ni siquiera tuve la mínima oportunidad. Era una mierda.

Estaba a punto de sentirme derrotada cuando una mano tocó mi hombro, era Joe y su increíble manera de intentar asustarme lo cual nunca lograba. Se veía cansado y asustado, entendía el porqué, pero esa mirada se parecía a él cuando estaba serio. No dijimos nada, con acompañarnos era suficiente, no era incómodo, pero tampoco extraordinario, solo éramos dos personas compartiendo un entorno en común con “intereses” en común como la clase de Código del Nuevo Poder.

—Me llamaron.

—Lo sé. —No hacía falta explicar.

—Y no te has preocupado. —Era tristeza en su rostro.

—Claro, iba Sandy... ¿Esperabas que fuera por ti?

—No, solo... —Su mirada agachada decía lo contrario tal vez fui muy insensible, pero las despedidas y lastima no eran lo mío.

—Estás asustado. —Hubo un silencio largo antes de que hablara.

—¿Yo? Linda, siempre tengo un plan para escapar.

—Joe, te quiero, pero ese es tu orgullo hablando —la campana—, y pese a todo... Nunca hubiera dejado que se marchara, tal vez no por ti… Sino por el dolor que les hubiera causado a todos los que te aman. —«listo, así se habla…»

Sus ojos ahora reflejaban unas gotitas saladas que no podía contener, antes de verlo más destrozado, tuve que salir de esa sala sofocante.

Necesitaba aire y la verdad fue porque ni yo me reconocí en ese momento, esa frase, algo en mí nunca se sentía cómodo al reconfortar a alguien y darle esperanza, esas palabras me recordaron la manera en cómo Crien había expresado su dolor conmigo un día antes, en cómo se había pintado su semblante tan explosivo en algo adolorido. Y debo admitir que al pronunciar esas palabras la única mirada era la de mi padre y la de Crien, quien en un principio tampoco comprendió mi dolor, pero aun así me dejó…

Los días seguían pasando, pero no tenía oportunidad para buscar la carta, mi hermana se las había arreglado para pasar la mayor parte del tiempo en casa, mientras que yo simplemente buscaba una ventana para escabullirme, pero últimamente era imposible acércame a su cuarto, no es que antes fuera muy accesible, tampoco, pero era menos quisquillosa, seguro porque ese era el refugio de la carta. Mis días, incluso mis sueños giraban en torno a ese maldito sello, el sello del Gran Poder y la magnitud de su impacto, sabía que nos podía afectar, pero ¿Qué tanto? Una parte de mí sabía que no solo afectaría a Sandy sino a todas las personas a su alrededor.

En el instituto no eran más que rutina y aburrimiento, incluso para los cursos avanzados era difícil mantener la concentración. Esa concentración siempre se veía corrompida por la carta, el Gran Poder y la Sanación. Supe, en ese momento, que lo que sentía era ansiedad acumulada, por días, meses e incluso años porque el problema no inicio aquí, fue hace tanto, pero lo recuerdo tan claro. Supuse que las cosas se calmarían, se olvidarían, pero, ese problema me había alcanzado y con ello, a Sandy también.

Ya estando en casa, ellas disponían a salir para arreglar unos asuntos para su traslado a un sistema y al sistema, todo ese lío diplomático en el cual no dejaban pasar a nadie. Yo me quedé, necesitaba buscar la carta, así que, con la excusa de dormir, me quedé. En esa “dormidita” estaba ingresando al santuario del cuarto de Sandy, Dios está chica no puede ser más perfecta «Ni que fuera una diosa», sus libros de romance a la izquierda, sus fotos familiares a la derecha, en cada orilla de la cama una mesita con dos velas al centro, luego una cama con cinco almohadas en orden de tamaño, joder, su armario era el mejor del mundo, incluso estaba ordenado por colores y tamaños «Esto tardará años». Mi cuarto era ordenado, pero no tan… perfecto.

Y casi por sentido de instinto, debajo del colchón era una buena idea, levanté y he ahí una carta con sello del Gran Poder, es decir la casa y sede del Dictador, bueno una de las sedes del Gran Poder porque en total había cinco repartidas en cinco países diferentes. La carta estaba rota, por suerte y siendo yo un desastre no hubiera podido dejar la carta tan perfecta como había llegado, tal vez mi hermana en la desesperación la había roto. Entonces sí estaba ansiosa cuando la abrió.

Los nervios ya me estaban consumiendo porque no podía evitar pensar en todas las cosas que el Dictador era capaz de hacer por poder u opresión. Si de algo se trataba su sistema y su Código era de eso, detrás de cada artículo, de cada código y cada castigo, lo que se leía entre líneas era: siempre que incumplas lo que tu superior diga, te mandaremos al tren. A un lugar donde nadie sabe y ninguno regresa.

Mis manos casi temblaban y mis ojos, seguro leerían cada palabra como si fuera la última porque detrás de esas palabras había un secreto más grande, uno del cual nadie debía saber la verdad, ni siquiera Sandy. Mi padre juraba que nadie lo sabía así que en eso confiaba. No era un castigo de muerte, pero seguro se sentiría así si el Dictador le enviara ese secreto oculto a ella, a mi hermana.

“Saludos del Gran Poder.




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