Las Reglas que Rompí

Cap. 2. Hojas de otoño

Las cosas se complican y nos cuesta entender más a las personas cuando creemos que todo está bien. Hace poco más de dos meses que las cosas iban bien, pero mientras más intento o creo tener el control de mi propia vida, todo se viene abajo lentamente o en un par de horas. Son las nueve quince de la mañana y lo único que hice fue desayunar con Morthy, porque no logro entender, entenderme bien para poder respirar un segundo, solo uno.

Las hojas de otoño se hacen bulto en la esquina de la casa y a lo lejos una sombra parece seguirme, ya me acostumbré a ella, pues nunca me ha hecho nada y siempre se mantiene a cierta distancia. Así que, tomo el pincel y retrato el naranja y café de las hojas. Un viento fuerte se acerca y me envuelve junto con las hojas… cuando al fin cesa, a mi alrededor todo es blanco. Todo, excepto yo. Estoy manchada de sangre, mi sangre espesa y roja, oscura y silenciosamente deslizándose por mis manos… pero no me siento herida o lastimada, me levanto lentamente y cuando doy el tercer paso, caigo al vacío. Pero no es así, al caer, pétalos de girasol caen conmigo, intento sostenerme de algo que no existe. Cuando al fin dejo de caer, Sandy esta tirada en el suelo, pálida tal vez, incluso, más que yo. Me agacho para revisarla, pero no está herida, no tiene ni un solo rasguño y su ropa esta jodidamente limpia y pura, en cambio yo, sangro y la mancho poco a poco hasta que su cuerpo deja de moverse en mis brazos. Fue mi culpa su muerte…

Esas pesadillas han sido constantes desde que todo se complicó y para colmo de males ni siquiera mi relación con los Sentury es buena. Hoy en día no he podido hablar con Crien sobre la discusión. Pero tampoco es que hayamos tenido tiempo, porque Joshua se centra en sacarme toda la información que indique si mi padre dejo algún secreto escondido y Joe trata de animarme con sus chistes de mal gusto. Anne intenta por toda costa que me concentre en lo positivo más que en lo negativo.

El causante de todo esto tiene rostro y es por eso que lo odio «mucho más ahora». No tiene derecho de hacer nada en nuestra contra, aunque él diga lo contrario, porque de lo único que podemos ser culpables, es de existir. Ahora está amenazando a mi familia completa, parece que nadie va a salvarse, pero no puedo permitir que eso me afecte de nuevo. Yo siempre he luchado contra monstruos y he ganado «a un precio alto». El Dictador es solo uno más de montón… tal vez si lo pienso así sea más fácil.

—El clima es lindo. —conocía esa voz.

—Prefiero las nevadas. —me sinceré.

—No falta mucho. —se acercó a mi lado y procuro mantener la distancia.

—Crien, yo…

—Me excedí —no esperaba eso de su parte y preferí dejarlo continuar—. No quería verte así, tú puedes más que el Dictador, yo no…

—Entiendo, yo pensé que no podría con la presión, todo está siendo demasiado rápido y salió de mi control…

—Te lastime —interrumpió de golpe, aunque pronto parecía medir sus palabras—. No me lo perdonaré, es solo que no sé cómo ayudarte, no cuando te comportas así… Lo sé no es excusa, pero créeme que solo deseo que estes bien, disculpa, no supe cómo ayudarte, de nuevo. —las dos últimas palabras fueron casi un susurro para sí mismo.

—Al final tenías razón —agache ligeramente la cabeza—, de nada me sirve lamentarme. No es momento para ser débil, es momento de actuar.

Giro sobre sus pies y sentí como su índice y su pulgar sostenían mi mandíbula para dirigirme hacía él —Jamás dije que fueras débil, pero no voy a permitir que te sumerjas en tu dolor, no sola.

—Te prometo que no lo hare. —«no ahora…»

El clima estaba particularmente nublado, perfecto para sentarse y respirar el aire que indicaba el inicio del otoño. Así lo hicimos y no fue necesario hablar más, con nuestra presencia bastaba para recuperar un poco de lo que habíamos perdido estos días, para tener un respiro de todo… Teníamos cosas por resolver y personas a las cuales enfrentar, pero en este pequeño instante, con las hojas cayendo, el aire fresco rozando nuestro rostro y la opulencia del bosque pintando el día con los pequeños rayos de sol que brillaban en las partes correctas, se convirtió en nuestro todo, en el único momento que necesitábamos «el momento perfecto que será arruinado por nosotras, pero aún no lo aceptas». Maldita inseguridad.

—Dani despertó —Joe interrumpió el silencio y con eso, la voz amenazante en mi cabeza—, y pregunta por ti.

Cuando entramos a la casa, Dani estaba sentado en el sofá de la sala y su mirada estaba perdida en lo que había visto y el suelo. A su lado una mujer sostenía un vaso con agua fría. Era la señora Mercy, madre de Candy y enfermera de profesión, era de utilidad si ninguno sabía exactamente qué hacer ante una situación como la de hace unos días, no sospechaba que fuera una soplona o una persona mala, todo lo contrario. Ella fue una de las pocas que se revelo en las Campañas Normativas abiertamente por la injusticia de su hija, y claro que tenía razón, así que podía confiar en ella, un poco.

—¿Dani? —llame a su nombre, peor no respondía, solo movía su pierna inquietamente cuando la ansiedad le ganaba. Solo una vez lo había visto así y por eso sabía que lo que se venía, sería intenso.

—¡Dime que tienes las cartas! —me observo como si a través de mi pudiese ver un fantasma—. Las necesitamos y también a…a tu pa…padre —su voz era demasiado quebradiza y se le veían los ojos enrojecidos, algo no andaba bien.




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