La corte siempre se reunía en el mismo salón, un extenso recinto de altos muros de piedra gris oscurecida por los años, donde el eco parecía empeñarse en conservar cada palabra pronunciada, devolviéndola con un retraso casi burlón, como si el propio castillo se negara a olvidar lo que allí se decidía. Filas de sillas de madera oscura se distribuían a ambos lados de la larga mesa central, ocupadas por hombres cuyo valor dependía enteramente de un título heredado o ganado por la sangre de sus antepasados, más que de cualquier mérito presente. Algunos llevaban capas pesadas adornadas con los colores de sus casas; otros exhibían anillos y broches de plata con un orgullo apenas disimulado, como si aquellos metales pudieran sostener por sí mismos la legitimidad de sus palabras, y no solo adornar manos que rara vez habían empuñado algo más que una copa.
La luz gris de la mañana entraba por los estrechos ventanales, filtrándose en franjas frías que caían sobre la mesa como cuchillas inmóviles. Se mezclaba con el resplandor vacilante de los candelabros que seguían ardiendo pese a la claridad del día, más por costumbre que por necesidad, como si incluso el fuego se negara a abandonar la rutina de la corte. El aire olía a cera derretida, pergaminos envejecidos y al leve perfume de las hierbas que los sirvientes habían esparcido sobre el suelo de piedra para disimular la humedad persistente del castillo, aunque ni la mejor mezcla de aromas conseguía ocultar del todo ese fondo rancio de encierro y madera antigua.
Las voces llenaban el salón con la misma rutina de siempre, sin orden ni verdadera escucha. Unos hablaban al mismo tiempo que otros, algunos asentían antes incluso de escuchar la opinión completa de quien tenía la palabra, y más de uno parecía disfrutar simplemente del sonido de su propia voz, como si cada frase fuese una prueba de existencia ante los demás. Desde su asiento, la reina observaba el desfile de gestos conocidos mientras la punta de su zapato golpeaba el suelo con una cadencia casi imperceptible bajo la amplia falda azul de su vestido. Era un movimiento discreto, aprendido con los años, oculto a la vista de todos, pero suficiente para aliviar el creciente tedio que comenzaba a acumularse en su interior sin permiso ni descanso.
Sus ojos recorrían lentamente los rostros presentes, sin prisa, como quien ya conoce de memoria un mapa y aun así busca grietas nuevas en él. Algunos mostraban verdadera preocupación, esa tensión sincera que endurece la mandíbula y hace que las manos permanezcan quietas sobre la mesa. Otros solo buscaban una oportunidad para hacerse notar ante el resto de la corte, calculando cada pausa, cada inflexión de voz, como si el problema del reino fuera apenas un escenario conveniente. Después de tantos años asistiendo a aquellas reuniones, había aprendido a distinguirlos con apenas una mirada, incluso antes de que abrieran la boca.
—Es una preocupación más que razonable. ¿Qué pretendemos que coman si el trigo nunca llega? —destacó un hombre mientras se ponía de pie con tanta rapidez que la silla rechinó contra el suelo de piedra, rompiendo por un instante el murmullo general. Extendió una mano hacia el resto de los presentes, como si estuviera pronunciando un discurso frente a un ejército en lugar de participar en una reunión—. Si los pueblos continúan vaciando sus graneros, pronto no habrá nada que repartir. Y cuando no haya nada que repartir, no habrá orden que sostener.
La reina tuvo que contener una sonrisa apenas insinuada. Bajó la vista con lentitud, como si ajustara con extremo cuidado un pliegue de su vestido, aunque en realidad solo buscaba ocultar la expresión que le provocaba aquel exceso de dramatismo. Siempre encontraba curioso el modo en que algunos nobles convertían cualquier discusión en una representación casi teatral, como si la gravedad de sus palabras dependiera de la altura de su gesto o del ruido que dejaban tras de sí.
—Hay que actuar antes de que esta catástrofe afecte al resto del reino —concordó un hombre regordete desde el otro extremo de la mesa. A diferencia del anterior, ni siquiera se molestó en levantarse. Permaneció cómodamente apoyado contra el respaldo de su silla, cruzando las manos sobre el vientre mientras hablaba con una tranquilidad que contrastaba de forma casi insultante con la urgencia de sus palabras—. Si esperamos demasiado, no solo faltará trigo. Comenzarán las revueltas, y entonces estaremos discutiendo problemas mucho más difíciles de resolver... si es que aún queda alguien dispuesto a obedecer.
Un murmullo recorrió la sala, como una corriente subterránea que nadie quería admitir del todo. Algunos asintieron con gesto serio, midiendo el peso de la idea, mientras otros intercambiaban miradas breves sin decidir todavía de qué lado posicionarse, cuidando más la impresión que la convicción.
—El problema es la producción. No es suficiente para todo el reino; debemos buscar otro lugar donde cultivarlo —sugirió un cortesano de espeso bigote, inclinándose hacia delante sobre la mesa con un movimiento que arrastró consigo el crujido de su silla. Apoyó ambas manos sobre la madera como si aquella postura pudiera dar mayor peso a sus palabras, clavando la mirada en el regordete como si quisiera obligarlo a aceptar su lógica—. Hay tierras al oeste que apenas se utilizan. Si enviamos campesinos allí antes de la próxima temporada, podríamos compensar la pérdida sin depender de rutas inestables.
—La producción es más que suficiente. Siempre lo ha sido. El problema es que el transporte no está dando abasto para que llegue a los demás pueblos —lo interrumpió el regordete sin dejar que terminara, con un gesto seco de la mano que cerró la idea del otro como quien cierra una puerta—. Podemos llenar todos los graneros que quiera, pero de nada sirve si los carros nunca llegan a su destino. El reino no se alimenta de intención, sino de lo que efectivamente cruza los caminos.
El hombre del bigote frunció el ceño, ofendido no solo por la interrupción sino por la facilidad con la que su argumento había sido descartado delante de todos.
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Editado: 07.08.2026