Un cortesano de apariencia refinada se levantó con la sutileza de quien no tenía que justificar su presencia. A diferencia de otros nobles, no hizo ruido al apartar la silla ni buscó llamar la atención con gestos exagerados. Se limitó a incorporarse con elegancia, acomodó con calma los pliegues de su túnica y aguardó unos instantes hasta asegurarse de que toda la sala había reparado en él. No parecía disfrutar de ser observado; más bien daba la impresión de concederle a la corte el tiempo necesario para comprender que lo que estaba a punto de decir no podía perderse entre interrupciones.
Su expresión era distinta a la del resto.
No había ansiedad por destacar ni intención de impresionar a la reina. Solo una gravedad que parecía pesarle sobre los hombros, como si hubiera ensayado aquellas palabras muchas veces antes de decidir que ya no podía seguir callándolas. Sus dedos permanecían entrelazados frente al cuerpo con una rigidez impropia de alguien acostumbrado a hablar en el consejo, y por un instante pareció debatirse entre continuar o volver a tomar asiento.
—Podríamos hablar de la "plaga" —sugirió finalmente.
La palabra cayó sobre el salón con un efecto inmediato.
No necesitó ser explicada.
La mayoría de los cortesanos se removieron con incomodidad en sus asientos. Algunos desviaron la mirada hacia la mesa de madera, fijándola en las vetas oscuras como si allí encontraran algo digno de mayor atención; otros carraspearon en un intento poco convincente de romper el silencio que acababa de instalarse. Hubo quien acomodó innecesariamente una manga, quien fingió revisar unos pergaminos y quien simplemente permaneció inmóvil, evitando cualquier reacción que pudiera delatar sus pensamientos. Incluso quienes momentos antes habían participado con entusiasmo en la discusión sobre el trigo parecían haber perdido repentinamente el interés por intervenir.
Everly observó cada una de aquellas reacciones con atención.
No necesitó escuchar una sola palabra para comprenderlas.
Odiaba la corte por ese motivo.
Aquellos hombres podían pasar horas enteras debatiendo inconvenientes cómodos e inofensivos, proponiendo teorías, contradiciéndose unos a otros y defendiendo con orgullo opiniones que apenas cambiaban el destino de unas cuantas caravanas. Eran capaces de discutir el número de caballos necesarios para un transporte o el lugar donde sembrar un nuevo campo durante una mañana entera sin mostrar el menor cansancio. Sin embargo, bastaba mencionar un problema verdaderamente peligroso para que el salón entero quedara en silencio, como si ignorarlo pudiera hacerlo desaparecer o, al menos, retrasar el momento en que alguien tuviera que asumir la responsabilidad de enfrentarlo.
Era una cobardía elegante.
Disfrazada de prudencia.
Todos sabían que aquella problemática existía.
Todos preferían fingir que aún no era necesario hablar de ella.
Desde hacía semanas los informes llegaban de manera irregular. Siempre con pocas certezas y demasiadas preguntas. Un pueblo donde varias familias habían enfermado al mismo tiempo. Otro donde los pozos habían comenzado a despedir un olor extraño antes de que aparecieran los primeros enfermos. Ningún mensajero hablaba de una catástrofe, pero tampoco de hechos aislados. Eran noticias dispersas que, vistas por separado, podían parecer accidentes. Vistas en conjunto, comenzaban a formar un dibujo que Everly llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
La reina apoyó lentamente la espalda contra el respaldo del trono sin apartar la vista del hombre que había tomado la palabra.
—¿La plaga de las aguas contaminadas? —preguntó Everly.
Su voz conservaba la misma serenidad de siempre, aunque en su interior ya conocía la respuesta. No necesitaba confirmarla para comprender hacia dónde se dirigía la conversación; únicamente necesitaba escuchar hasta qué punto el problema había dejado de pertenecer a los rumores.
El cortesano asintió con gravedad.
El simple movimiento de su cabeza bastó para que varios nobles cerraran los ojos durante un instante o soltaran el aire con discreción, como si aquella confirmación pesara más que cualquier discurso.
Everly apretó los labios de forma casi imperceptible.
Había esperado que aquel asunto tardara más en llegar a la corte. No porque creyera que desaparecería por sí solo, sino porque sabía que, una vez pronunciado en voz alta durante una reunión oficial, dejaría de ser un rumor lejano para convertirse en un problema del reino entero. Ya no sería posible dejarlo en manos de alcaldes, sacerdotes o administradores locales. Desde ese momento, cualquier decisión —o cualquier demora— recaería directamente sobre la corona.
El hombre respiró profundamente antes de continuar. Su mirada descendió un instante hacia la mesa antes de volver a alzarse.
—Hemos estado evitando el tema, pero los enfermos se multiplican cada día, su alteza.
Aquellas palabras no fueron pronunciadas con dramatismo.
Precisamente por eso resultaban mucho más inquietantes.
No hablaba un noble intentando imponer su opinión ni un hombre defendiendo los intereses de su territorio. Hablaba alguien que ya no encontraba argumentos suficientes para seguir posponiendo una conversación incómoda. Había resignación en su voz, pero también culpa, como si él mismo se reprochara haber esperado tanto para pronunciar aquella palabra delante de todos.
Era la preocupación más sincera que Everly había escuchado desde que la reunión había comenzado.
Alrededor de la mesa, varios cortesanos evitaron levantar la cabeza.
Otros intercambiaron miradas breves que desaparecieron tan rápido como habían surgido, conscientes de que cualquier gesto podía interpretarse como conocimiento previo o, peor aún, como indiferencia. Nadie parecía dispuesto a ser el primero en romper aquel silencio.
Tristan dejó de apoyarse sobre el respaldo de su silla. La expresión relajada que había mantenido durante el asunto del trigo desapareció por completo, sustituida por una atención mucho más seria. Sus ojos buscaron los de Everly apenas un instante, no para obtener respuestas, sino para comprobar si ella también había comprendido la magnitud del cambio que acababa de producirse en la reunión.
#6047 en Novela romántica
#2178 en Otros
#435 en Acción
juegos de poder, sentimientos prohibidos, amor que no debería existir
Editado: 28.08.2026