Las Reinas No Se Arrodillan

Capítulo 3

Everly recorría el amplio pasillo de piedra que conducía hacia los jardines del castillo con el mismo porte sereno que había mantenido durante toda la sesión. La luz del mediodía se filtraba por los altos ventanales arqueados, extendiendo largas franjas doradas sobre el suelo pulido. El aire era más fresco allí que en la sala de la corte, aunque seguía cargado por el calor de un verano que parecía no dar tregua. Desde las ventanas abiertas llegaba el murmullo lejano de las fuentes del jardín y el canto disperso de algunos pájaros que encontraban refugio entre los árboles del patio interior, sonidos que contrastaban con el ambiente rígido que acababan de abandonar.

El eco acompasado de sus pasos resonaba entre las paredes de roca clara.

A cada lado del corredor, algunos guardias inclinaban la cabeza a su paso sin pronunciar palabra. Criados que transportaban bandejas o rollos de pergamino se apartaban de inmediato para dejar libre el camino. Nadie se atrevía a interrumpir el silencio que envolvía a la reina después de una audiencia tan extensa. Bastaba observar su expresión para comprender que seguía pensando en los asuntos tratados, como si todavía permaneciera sentada frente al gran trono.

Unos metros detrás, Agatha la seguía con la misma discreción de siempre. La anciana caminaba sin apresurarse, con las manos entrelazadas frente a su vestido oscuro y la vista baja, como si llevara toda una vida aprendiendo a ocupar el menor espacio posible. Su presencia apenas alteraba el silencio del corredor. Sin embargo, Everly sabía que la mujer no dejaba escapar un solo detalle. Aunque pareciera absorta en sus propios pasos, seguramente ya había advertido el estado de ánimo de todos los que habían participado en la reunión y recordaría cada palabra importante cuando llegara el momento de analizar lo ocurrido.

Tristan, en cambio, aumentó ligeramente el ritmo hasta trotar apenas un metro para quedar solo un paso por detrás de la reina. No quería obligarla a detenerse, pero tampoco dejar pasar la oportunidad de hablarle lejos de las decenas de ojos que observaban cada uno de sus movimientos dentro de la corte. Esperó unos instantes antes de hacerlo, como si buscara el momento adecuado para romper un silencio que intuía necesario.

Durante unos instantes caminaron sin decir nada.

El silencio entre ellos nunca resultaba incómodo.

No necesitaban llenarlo constantemente con palabras. Habían compartido demasiados años para sentir esa obligación. A veces bastaba caminar juntos para comprender el estado del otro mejor que después de una larga conversación.

—Lo has hecho muy bien —comentó finalmente el rubio con una sonrisa amable.

Everly giró apenas el rostro para mirarlo.

Siempre apreciaba aquella sonrisa.

Había algo profundamente tranquilizador en ella, una sencillez que el tiempo no había conseguido borrar. Era la misma sonrisa del niño que corría junto a ella por los jardines del castillo, del muchacho que permanecía a su lado durante los interminables días de luto, del único que nunca parecía verla primero como reina.

Por un instante casi pudo olvidar el peso de la corona.

Su sonrisa la transportaba inevitablemente a un pasado donde todo era mucho más sencillo, donde las decisiones importantes pertenecían a sus padres, donde el reino seguía sintiéndose inmenso e invulnerable y las culpas nunca recaían sobre sus hombros.

También le recordaba algo más.

Que todavía existía al menos una persona capaz de felicitarla sin esperar obtener nada a cambio.

En la corte cada elogio escondía un interés, una alianza o una deuda futura. Tristan, en cambio, nunca medía sus palabras buscando una ventaja. Si aprobaba una decisión era porque realmente la consideraba correcta; si discrepaba, también lo decía. Quizá por eso Everly seguía confiando en él cuando cada día le costaba un poco más confiar en los demás.

Everly dejó escapar una pequeña exhalación antes de volver la vista al frente.

—Gracias.

Su voz fue tranquila, aunque el cansancio comenzaba a abrirse paso bajo la compostura que había mantenido durante horas.

Durante unos pasos ninguno volvió a hablar.

El silencio regresó con naturalidad, pero ya no era el mismo de antes. Las palabras de Tristan habían aliviado apenas una parte de la tensión que Everly llevaba sobre los hombros desde el comienzo de la audiencia.

—No parecías muy convencida mientras hablabas —añadió él al cabo de unos instantes, con un tono mucho más suave que el que habría empleado cualquier consejero.

Everly tardó unos segundos en responder.

—No lo estaba.

La sinceridad de aquella respuesta hizo que Tristan desviara la vista hacia ella.

—Creí que era obvio.

Él dejó escapar una sonrisa apenas más amplia.

—Lo noté yo. No estoy seguro de que ellos lo hicieran.

Everly negó muy levemente con la cabeza.

—Eso da igual.

Sus ojos permanecieron fijos en el corredor que tenían por delante.

—No necesito parecer convencida. Necesito tomar la decisión que tenga más posibilidades de funcionar.

Guardó silencio un instante antes de continuar.

—A veces ambas cosas coinciden.

Su expresión se endureció apenas.

—Hoy no.

Tristan no respondió enseguida.

Comprendía demasiado bien lo que aquellas palabras significaban. Desde que Everly había ascendido al trono, había visto cómo la joven aprendía a decidir incluso cuando ninguna opción le parecía correcta. Aquella mañana no había elegido entre un buen camino y uno malo. Había elegido entre varias pérdidas inevitables.

—Eso también es gobernar —murmuró finalmente.

Everly no contestó.

Solo siguió caminando, dejando que el sonido de sus pasos volviera a llenar el pasillo mientras la luz del mediodía se extendía delante de ellos, tan serena e indiferente como si el destino de tres pueblos no acabara de decidirse unas pocas paredes más atrás.




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