La piel bajo los cálidos rayos del sol siempre se veía dorada, reluciente. La luz descendía sobre los jardines con una serenidad casi insultante, acariciando los senderos de piedra, las flores perfectamente cuidadas y las hojas que apenas se mecían con una brisa tibia. Era un día hermoso. Cualquiera que contemplara aquel paisaje habría pensado que el reino atravesaba una estación de abundancia, una de esas épocas en las que los campesinos podían mirar sus campos con tranquilidad y los nobles podían permitirse olvidar durante unas horas las preocupaciones que existían más allá de los muros del castillo.
La belleza de aquel lugar parecía incluso una contradicción.
Todo estaba exactamente como debía estar. Los jardines continuaban floreciendo, los árboles conservaban su color y los sirvientes seguían cumpliendo sus labores con la misma precisión de siempre. Desde aquel rincón del palacio, resultaba casi imposible imaginar que en algunos poblados comenzaban a contarse las reservas con más cuidado, que los pozos ya no ofrecían la misma cantidad de agua que antes y que cada decisión tomada dentro de la corte podía determinar el futuro de cientos de personas.
Everly siempre había apreciado el calor del sol sobre su pálida piel. Desde niña había disfrutado permanecer unos minutos bajo aquella luz antes de volver a refugiarse entre las frías paredes del castillo, sintiendo cómo el calor se impregnaba lentamente en sus manos y en su rostro. Durante años, el sol había significado tranquilidad, tardes en los jardines junto a sus padres y la promesa de cosechas generosas.
Había sido una presencia constante en sus recuerdos más felices.
Recordaba correr entre aquellos mismos senderos sin preocuparse por ensuciar su vestido, escuchar la voz de sus padres llamándola desde la distancia y creer que el castillo era un lugar donde nada realmente malo podía ocurrir. En aquel entonces, el cielo despejado era una bendición. Era una señal de días tranquilos, de reuniones que terminaban temprano y de tardes en las que la mayor preocupación podía ser una lección pendiente o una reprimenda de sus maestros.
Pero justo ahora solo era un recordatorio de lo rápido que se secarían las reservas de agua que mantenían con vida a sus habitantes.
Cada instante sin lluvia era un instante perdido.
Cada amanecer despejado hacía un poco más pesada la corona que descansaba sobre su cabeza.
Nunca había pensado que el sol fuese tan preocupante como ahora.
Sus ojos permanecieron elevados hacia aquel cielo completamente despejado, incapaz de encontrar siquiera una nube que alimentara un poco su esperanza. Todo parecía inmóvil. El aire era cálido, demasiado cálido para aquella época, y el perfume de las flores se mezclaba con la sensación constante de que el reino aguardaba algo que se negaba a llegar.
Una lluvia.
Solo una.
Una tormenta bastaría para aliviar, aunque fuera por unos días, el miedo que comenzaba a extenderse entre los poblados.
No necesitaba que resolviera todos los problemas. Sabía que el agua no devolvería de inmediato las cosechas perdidas ni borraría las dificultades que ya habían comenzado a aparecer. Pero sería una señal. Una prueba de que todavía existía algo fuera de su control dispuesto a ayudarla.
Y quizás eso era lo que más le pesaba.
Que por primera vez en mucho tiempo no existía una orden que pudiera dar, una estrategia que pudiera diseñar o una decisión política que pudiera tomar para cambiar el resultado.
El reino dependía de algo tan simple y tan inalcanzable como unas nubes apareciendo en el cielo.
—El baile será espectacular. He visto algunos de los postres que están preparando las criadas, tengo grandes expectativas. ¿A qué hora deberíamos presentarnos? Bueno... supongo que la reina no debe obedecer los mismos horarios que los demás.
La voz de Tristan era parte del jardín junto a los pájaros lejanos y sus melodías. Sonaba ligera, casi despreocupada, como si quisiera ofrecerle unos minutos en los que pudiera pensar en cualquier cosa que no fueran la sequía, las reservas de agua o las decisiones de aquella mañana.
No era que ignorara la gravedad de la situación. Everly lo sabía mejor que nadie. Tristan había estado presente en la corte, había escuchado las discusiones y había visto los rostros de los nobles cuando comprendieron la verdadera dimensión del problema.
Pero aun así encontraba la manera de hablar de algo más.
Como si se negara a permitir que una dificultad ocupara cada rincón de su vida.
Everly apartó lentamente la vista del cielo para observar al joven.
La expresión ilusionada de Tristan contrastaba con la preocupación que ella aún llevaba marcada en el rostro. Él hablaba del baile con la misma naturalidad con la que un niño esperaba una festividad importante, incapaz de ocultar la emoción que le producía una noche de música, vestidos elegantes y salones iluminados por cientos de velas.
Había algo casi extraño en verlo tan entusiasmado por una celebración cuando tantas personas estaban preocupadas por sobrevivir a los próximos días.
Pero también había algo reconfortante.
Porque Tristan siempre había sido así.
Incluso cuando eran niños, cuando el castillo parecía demasiado grande y las responsabilidades todavía pertenecían a otros, él encontraba pequeños motivos para sonreír. Era capaz de emocionarse por cosas sencillas, de disfrutar una tarde tranquila o una conversación sin buscar constantemente aquello que podía salir mal.
Por un instante, Everly sintió una ligera envidia de aquella capacidad para ilusionarse incluso cuando el reino atravesaba momentos difíciles.
Ella también había sido así alguna vez.
Antes de aprender que cada decisión tenía consecuencias. Antes de comprender que una equivocación suya podía afectar a personas que jamás conocería. Antes de que una simple celebración dejara de ser solo una celebración y comenzara a representar gastos, apariencias y responsabilidades que debía considerar.
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Editado: 28.08.2026