Las luces de la ciudad chocaban con el cristal del coche, se mezclaba con la música demasiado alta y con el perfume caro que nos compramos el otro día.
– Oye Ruth, ¿dónde vamos exactamente? – pregunté, mientras miraba la ciudad desconocida por la ventana.
– A una fiesta. – me respondió mi mejor amiga, con una sonrisa picará que no me gustó ni un pelo.
Sabía cuándo me mentía, llevamos toda la vida juntas, la conozco más que ella misma.
El coche, finalmente, se detuvo en una calle demasiado estrecha para mi gusto, vacía y con la única luz de un cartel rojo que parpadeaba. No se escuchaba música, ni risas, ni ninguna fiesta. Solo el leve sonido de algo metálico, seco, como si fueran golpes.
– Ruth, dónde me has traído – susurré mientras ella iba hacia la puerta.
La seguí porque me daba demasiado mal rollo estar ahí sola.
Dentro, el aire olía a humedad, humo y sudor. La gente gritaba demasiado, empujaba como si fueran las rebajas, había gente que ¿estaba apostando dinero?
No me puedo creer que me haya traído aquí, a ese lugar al cual no pertenezco para nada.
Mi lugar es estar rodeada de lujos, cosas exclusivas que solo unos pocos pueden tener. Crecí acostumbrada a lo mejor. No lo digo por presumir, pero no me siento cómoda fuera de mi zona de confort. Fui criada por una de las familias más adineradas de la ciudad. La familia de mi padre tiene un prestigioso bufete de abogados de la ciudad, mientras que la de mi madre posee una renombrada empresa de moda. Pero mejor no hablar de esta última.
Un golpe seco me sacó de mis pensamientos.
Entonces entendí que estaba metida en un sitio de peleas clandestinas.
– Ruth, como me vean aquí me van a matar. – hablé por encima de los gritos a mi amiga.
– Tranquila Zoe, cuando acabé la pelea, nos vamos. Solo quiero ver pelear al chico del cual llevo dos años enamorada.
– Tía, ¿cómo vas a estar enamorada si nunca habéis hablado?
– Tu calla y observa a mi príncipe azul.
Mi amiga a veces podía ser muy intensa con los hombres, pero cuando digo intensa me refiero a que se le va la cabeza.
Entonces lo vi…
En el centro de aquel círculo de gritos y cuerpos con sudor, un chico se movía como si su vida dependiera de cada golpe.
Sudadera negra, sangre en la comisura del labio.
No sabía su nombre, pero cuando alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron, sentí una conexión.
Fue solo un segundo, pero bastó para que mi alrededor dejara de existir.
Sonó una campana excesivamente alta para mi gusto.
Fue declarado perdedor, se levantó del suelo, con la mirada perdida y se fue furioso del ring improvisado.
Miré a mi amiga que estaba gritando como una loca.
– ¿Sabes que no te va a escuchar con tanto grito? – le dije a Ruth.
– ¡Cállate! – me contestó riendo, mientras le brillaban los ojos. – Ha ganado, mira lo guapo que está.
Definitivamente, mi amiga y yo no compartíamos el mismo gusto por los hombres.
Mientras ella prefería a un chico bajo, con el pelo largo y unos músculos bien marcados, yo prefería a un chico alto, con cabello cortito y desordenado y con un físico atlético, pero tampoco muy marcado.
– ¿Podemos irnos ya? – pregunté incómoda por los empujones y la mezcla de olor entre alcohol y sudor.
– Un segundo, Zoe, quiero felicitarlo. – Dijo Ruth lanzándose entre la multitud, después me gritó.- Ahora vengo, no te muevas.
Me quedé sola, rodeada de desconocidos. Miré a lo lejos y lo volví a ver.
El chico del ring, estaba apoyado en la pared, limpiándose la sangre de la comisura del labio con el dorso de la mano y una expresión de dolor.
Estaba perdida en sus movimientos, cuando me di cuenta de que me estaba mirando otra vez. Puede ser porque debía ir demasiado arreglada para un sitio así, llevaba un vestido rojo de Valentino, con mis tacones Christian Louboutin y mi bolso de Prada.
No duró más de cinco segundos, pero sentí que me faltaba el aire, como si el ruido se apagara.
Editado: 05.01.2026